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4 DICIEMBRE 2016
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Una sociedad que incentiva la violencia

Benigno Blanco | 0 comentarios valoración: 4  47 votos
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Cada vez son –tristemente– más frecuentes en los medios de comunicación las noticias de adolescentes que acosan a otros adolescentes hasta provocar el suicidio, las informaciones sobre difusión de imágenes sexuales de la exnovia en la red como venganza por la ruptura sentimental entre quinceañeros, los casos de violencia entre alumnos en la escuela. Y a la par, sigue sin contenerse la llamada (ideológicamente) “violencia de género”, el fracaso escolar, la caída de la nupcialidad y el incremento de las rupturas familiares. ¿Tendrán algo que ver todos estos fenómenos? ¿Hay algo en común y subyacente?

No estoy en condiciones de dar una respuesta científica a estas preguntas, pero creo que es razonable hacerlas como hipótesis de trabajo digna de ser analizada dado que la historia de la humanidad nos demuestra que familias estables y permanentes en el tiempo ayudan a la socialización pacífica de las nuevas generaciones, a generar solidaridad entre las personas, a crear una actitud habitual de preocupación y atención al otro que previene la violencia y facilita la formación de los jóvenes en los valores compartidos por la sociedad. También la historia nos muestra (la literatura universal es testigo de ello) que el descontrol sexual egocéntrico es fuente de ruptura interpersonal generalizada y de incapacidad para la creación de estructuras basadas en un amor comprometido. Donde hay estabilidad afectiva la violencia no aparece y donde hay ruptura afectiva las causas de enfrentamiento brotan.

Creo que no es exagerado decir que la sexualidad responsable está en el origen de la civilización, pues la relación hombre-mujer basada en la mutua lealtad comprometida en un proyecto común –la vida– es la fuente de la sociedad, como ya los primeros pensadores políticos griegos constataron hace veinticinco siglos observando las sociedades de su época. Por contra, una sociedad que siente repugnancia hacia la responsabilidad sexual como si de una atadura insoportable se tratase, se autoincapacita para generar el clima social en que la construcción de estructuras interpersonales estables y pacíficas sea lo normal. La ideología de género es un virus mortal para la sociedad de nuestra época pues exalta una sexualidad autorreferencial que encierra al individuo en el ombligo de su propia satisfacción como horizonte vital, incapacitándole para abrirse al otro generando sociabilidad. Así no se puede construir una sociedad.

Individuos aislados –cuyo horizonte vital se agota en la autosatisfacción– chocan con los demás generando violencia. Personas incapaces de reconocer una común naturaleza humana se hacen insolidarios y se autocastran inhabilitándose para ser fecundos en la construcción de estructuras interpersonales solidarias. Jóvenes que no son criados en estructuras estables de amor ven la construcción de la propia vida como un mero esfuerzo por crear un espacio vital para el propio ego, donde los demás son o instrumentos para la propia satisfacción (de usar y tirar) u obstáculos para ella (a eliminar o humillar). Esta es la lógica del aborto y, por extensión, de tantas otras conductas de esas que se convierten en noticia periodística y generan un cierto escándalo pasajero y superficial.

El ser humano es constitucionalmente relacional (a imagen de la Trinidad: acotación para cristianos). Cuando pierde esta conciencia y se considera mónada aislada, se deshumaniza y su conducta es, lógicamente, cada vez más inhumana, es decir, más inmoral pues lo moral es lo humano. Esto es lo que nos sucede... pero no se quiere analizar porque sería políticamente incorrecto desde la óptica de la ideología de moda: el seudoprogresismo laicista de género.

Último comentario: lo más grave –en términos de responsabilidad histórica– de la gestión gubernamental del presidente Rajoy es que bajo su mandato el PP ha abandonado sus raíces intelectuales en la vieja sabiduría sobre el hombre propia del humanismo cristiano y así ha entregado a la sociedad española –en términos políticos– al monocultivo intelectual del antihumanismo de género. Por eso, ahora lo que toca es hacer una revolución cultural desde la base para reconstruir una sociedad humanista a fin de crear nuevas mayorías sociales que algún día obliguen a los políticos a reflejar en sus decisiones eso que la sociedad siente y reclama.

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