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22 AGOSTO 2017
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>Entrevista a Miguel Ángel Quintana, profesor de ética

'Mucha gente agradecería una Iglesia que fuera menos una ONG o un museo de tradiciones inalteradas y fuera más un espacio de libertad'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  33 votos
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Miguel Ángel Quintana Paz es profesor de la Universidad Europea Miguel de Cervantes (UEMC), ha sido uno de los promotores de la Plataforma Libres e Iguales y ha estado vinculado a la corriente crítica de UPyD. Repasa enwww.paginasdigital.es la actualidad y algo más.

¿Cuál podría ser, a su juicio, una valoración de las elecciones municipales y autonómicas?

Hay algunas valoraciones sobre las últimas elecciones municipales y autonómicas en España que ya se han repetido por muy diversos analistas, así que por lo tanto solo mencionaré de pasada para no aburrir con ellas al lector. Son conclusiones como que, por ejemplo, el bipartidismo PP-PSOE en España confirma las horas bajas que ya mostró en las elecciones europeas de hace un año. PP y PSOE han obtenido juntos el 52% de los votos de los españoles; hace apenas 8 años esos dos mismos partidos obtenían más del 70%. Además, y a diferencia de lo que sucedía antaño, la pérdida de votos de PP y PSOE no ha ido a candidaturas nacionalistas o a otras candidaturas de viejo cuño, como IU, sino a dos partidos de ámbito nacional pero de muy reciente creación: por un lado Podemos (que, aunque por motivos tácticos no se ha presentado con sus siglas a estas elecciones municipales, ha dejado bien claro a todo el mundo quién contaba con su apoyo explícito); por otro lado, Ciudadanos. Esto nos conduce a la tercera evidencia de estas últimas elecciones, y es que partidos como IU o UPyD, que aspiraban a ser los sustitutos del antiguo bipartidismo, no solo no logran serlo, sino que sufren los peores resultados de su historia, que les lleva incluso a su desaparición en parlamentos autonómicos en los que parecían asentados, como el de Madrid, y en Ayuntamientos relevantes, como también el de la capital de España.

En suma, digamos que si hace 8 años nos dicen que la pareja PP-PSOE iba a obtener apoyos tan menguados de los españoles, muy probablemente nos hubiese costado creerlo; pero más nos habría costado creer aún que, ante esa mengua de ambos partidos, IU y UPyD iban no solo a ser incapaces de aprovechar para crecer, sino que incluso menguarían de modo aún más rotundo que "peperos" y socialistas. Y naturalmente tampoco habríamos podido imaginar que un partido entonces reducido prácticamente a una sola autonomía, Ciudadanos, y un partido repleto de personas ubicadas en una izquierda aún más radical que la de IU, como es Podemos, serían los beneficiarios de esta transformación.

Todo esto nos fuerza a replantearnos muchas cosas que hemos dado por descontadas durante los últimos 37 años, los 37 añitos que tiene nuestra joven democracia. Para empezar, recordemos cierta sorpresa que produjo en 1977 (y que se revalidó en las primeras elecciones posteriores a la aprobación de la Constitución, las de 1979). El Partido Comunista de España (¡un partido comunista de los de la Guerra Fría!) no había obtenido el protagonismo que se esperaba de él como actor principal que había sido de la oposición a Franco durante los años previos a su muerte. Si a eso le sumamos que las numerosas candidaturas ubicadas entonces a la izquierda de la izquierda del PCE (siglas como LCR, POUM, PCOE, ORT... que hoy nos resultan crípticas, pero que entonces poseían cierto predicamento) habían cosechado resultados paupérrimos, podemos aseverar que España tras 1977 dejó claro que sensatamente huía de los radicalismos en política (con la desgraciada excepción de la no desdeñable fuerza de los batasunos en Euskadi). Pues la extrema derecha de Fuerza Nueva y Falange había resultado igualmente capitidisminuida. Y bien, esa tónica general que hemos disfrutado bajo el amparo de la Constitución de 1978 ya no nos cabe darla por descontada. Hoy tenemos a un partido, Podemos, protagonizado por figuras que proceden de formaciones no menos radicales que las citadas, y que está obteniendo un predicamento con el que aquellas jamás pudieron soñar.

Bien es verdad que los resultados electorales reales de Podemos y sus sucursales no han sido mejores, en su conjunto, que los que obtuviera una Izquierda Unida, por ejemplo, en sus mejores tiempos (los de Julio Anguita). Pero lo que sí es nuevo es que logre adelantar al PSOE en lugares de tanta relevancia como Madrid, Barcelona, Zaragoza, La Coruña... Y que el PSOE haya optado en esos municipios tan importantes por darles sin vacilaciones el poder. La Izquierda Unida de Julio Anguita podía tener más votos que el Podemos actual, pero nunca gobernó municipio alguno de mayor peso que Córdoba. Todo esto es nuevo: la extrema izquierda crece, lo hace con una imagen muy fresca y moderna, juega con el factor triunfalista de que ese crecimiento es muy rápido, y el PSOE no vacila en concederle cotas cada vez más altas de poder.

Los que creemos que la Constitución de 1978 ha colocado a España en una posición mundial envidiable tanto en términos de libertades como en prosperidad económica (incluso a pesar de los graves problemas que nos afectan en uno y otro campo: he hecho una afirmación comparativa, y solo un ignorante de lo que se cuece hoy en el planeta Tierra podría aseverar que en esos términos comparativos y en los ámbitos citados estemos mal); quienes creemos que hay muchas cosas que reformar en España, pero que no debemos destruir nada, podemos estar un tanto preocupados. Hay gente que sí que quiere romper de arriba a abajo con lo que hasta ahora hemos obtenido. Y no estamos jugando bien nuestras cartas para impedírselo.

Hay un libro no muy famoso que me encanta y del que aprendí muchísimo: "Los españoles de la conciliación", de José María García Escudero. Se publicó en 1987 y creo que anda descatalogado. Es un repaso a todas las figuras que, en los últimos dos siglos y medio, han intentado instaurar una España de encuentro, no de confrontación. García Escudero critica ahí la perenne obsesión española con llegar al poder para desmontar lo que "los otros" han hecho antes, en vez de para reformarlo. Esto último suele ocurrir mucho más en la tradición anglosajona. Estaría bien aprender eso de ellos aunque Pablo Iglesias, que pasó un tiempo en Cambridge, dudo de que lo aprendiera (de hecho durante su etapa en aquella universidad escribía cosas tan rocambolescas como que la Complutense era una universidad muchísimo mejor que la de Cambridge, dónde va a parar).

En el editorial de este periódico con motivo del resultado de las elecciones se afirmaba: “La dinámica amigo-enemigo que practican los partidos ha acabado por dominarlo todo. No hay conversación. Para que la hubiera sería necesario aceptar el esfuerzo de formularse, de narrarse. Y hasta que los más sinceros no hacen ese ejercicio no se dan cuentan de cuántas cosas se han dado por supuestas. El diálogo requiere también dejarse interpelar”. ¿Qué le parece esta afirmación?

Creo que esta pregunta conecta perfectamente con lo que estaba diciendo antes. Necesitamos dejar de ver al español que discrepa de nosotros como el enemigo, el hereje, el malvado, el que debemos exterminar (al menos ideológicamente) para que España recupere vete tú a saber qué pureza originaria. Es muy cómico (trágicamente cómico) ver cómo gente que proviene de una izquierda muy radicalizada y anticlerical copia tan exactamente ese modo de pensar intolerante de la España más inquisitorial y derechosa (o, al menos, de la imagen que ellos mismos tienen de esa España inquisitorial y derechosa).

En cualquier caso, su pregunta apunta hacia otra cosa muy importante que no me gustaría dejar pasar. Y es hacia el sistema de partidos que tenemos hoy en España. Tenemos unos partidos excesivamente cerrados, con un funcionamiento interno excesivamente autoritario y que por lo tanto solo saben practicar, como usted bien dice, la lógica amigo-enemigo. No voy a intentar venderle a usted nada: pertenezco a UPyD y UPyD nació con el objetivo, entre otros, de cambiar ese sistema de partidos. Sin embargo, me parece muy significativo lo que ha ocurrido con la propia UPyD, algo en lo que soy el primero en reconocer que debemos ser autocríticos. El Manifiesto que Fernando Savater redactó para la fundación del partido fue muy clarito sobre lo importante que era, cito textualmente, "proponer reformas que revitalicen la democracia mermando el poder de los aparatos de los partidos en beneficio de una deliberación pública y abierta, más allá de la alienación sectaria y del dogmatismo carente de ideas". Como ve, algo similar a lo que usted me comentaba. Ahora bien, me temo que con miras a lograr tan loable objetivo, Rosa Díez y su equipo más próximo ha terminado construyendo un partido... en que el aparato posee un poder tan agobiante o más que el que se criticaba. Espero que ello cambie en el próximo congreso de UPyD (mi impresión es que la candidatura de Irene Lozano es muy consciente de que una de las cosas que está matando a UPyD es esta paradoja). Pero no deja de ser significativo esto: que incluso un partido que se propuso el objetivo de acabar con ese modo de ser de los partidos, haya acabado poseyendo un aparato excesivamente cerrado y autoritario.

(Y una buena prueba de lo que le digo es que es bien probable que mucha gente de UPyD, cuando me lea esta crítica interna que me permito hacer al aparato de mi partido con miras a mejorarlo, reaccionará... acusándome con todos los denuestos que tienen los partidos viejos y autoritarios contra quien osa discrepar de sus aparatos de partido. Y así confirmarán, curiosamente, justo lo que digo. De hecho ese ha sido el error de Rosa Díez: cuando ella o su número dos, Martínez Gorriarán, reaccionaron al famoso artículo de Sosa Wagner en agosto, donde este catedrático criticaba algunas de estas cosas, de modo tan virulento y autoritario como lo hicieron, confirmaron de hecho que algo raro pasaba dentro de UPyD; el votante percibió esa paradoja y ahí empezó nuestro descenso brutal en la apreciación pública).

Una cosa es la crítica justificada a una mala gestión o a la corrupción y otra es pedirle a la política que sea un bálsamo de Fierabrás que lo sane todo. En la encíclica Caritas in Veritate, Benedicto XVI afirmaba: “El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera […] se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo […] En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión transcendente de la persona”. Desde su experiencia, ¿encuentra alguna correspondencia con las palabras de Joseph Ratzinger?

Me gustaría dividir estas declaraciones de Joseph Ratzinger (sin duda uno de los grandes intelectuales del siglo XX e inicios del XXI) en dos partes, con el fin de analizarlas mejor.

Por un lado, Ratzinger afirma que la política, las instituciones, no pueden ser la solución de soluciones, la respuesta maravillosa que logre por sí sola la felicidad eterna en la Tierra, el bálsamo de Fierabrás del que usted me hablaba. Coincido plenamente con esta aseveración. De hecho, esta es una idea muy rara en la historia de la humanidad. Hasta el siglo XVIII, a nadie en sus cabales se le hubiese ocurrido que la política fuese a ser la panacea maravillosa que nos ayudara a crear el paraíso en la Tierra. Más bien al contrario: muchos autores, como los epicúreos, destacaron siempre que, si quieres obtener cierta felicidad en tu vida, una de las cosas que deberías hacer cuanto antes es despreocuparte por completo de lo que sucede en la vida política de tu país. La política siempre te traerá más quebraderos de cabeza que satisfacciones. Y los gobernantes tienen una inveterada manía de meterse en tu vida, así que poco más puedes esperar de ellos que el que te dejen en paz.

En el siglo XVIII, sin embargo, empieza a surgir un grupo de autores que defienden justamente lo contrario. A medida que van perdiendo la fe en un Paraíso ultraterrenal, van acrecentando su fe en poder crear un paraíso aquí en la Tierra. Ese paraíso se construiría gracias a los avances científicos pero también gracias a los avances políticos; gracias a las revoluciones científicas al igual que gracias a las revoluciones políticas. Seguramente es Jean-Jacques Rousseau el representante más conspicuo de esta nueva forma de pensar. Para Rousseau el ser humano nace bondadoso y justo para con sus semejantes (justo la idea contraria a la que había defendido siempre el cristianismo: que nacemos con un pecado original). De modo que, continúa razonando Rousseau, si no estamos rodeados de seres bondadosos y justos es por culpa de la sociedad, que nos envilece. Cambiemos la sociedad y el ser humano cambiará (hacia mejor, naturalmente). Esta idea de Rousseau es recogida entusiastamente por Karl Marx o por el movimiento anarquista, por ejemplo; y unos y otros se afanan durante todo el siglo XIX y buena parte del XX en cambiar radicalmente la sociedad, pues gracias a eso el paraíso estará ahí, a la vuelta de la esquina histórica. Como dice Pablo Iglesias, al buen modo marxista: el cielo lo vamos a tomar por asalto pasado mañana, ya están sonando las manecillas del reloj. Tic, tac.

Creo que el cristianismo en general, y Ratzinger en particular, han hecho bien en mostrarse siempre escépticos ante este cuento de hadas. Aunque el cristianismo sea una religión, y no una disciplina racional, curiosamente aquí se ha mostrado siempre mucho más razonable y buen conocedor del ser humano: hoy en día sabemos que no hay absolutamente ningún dato científico que nos permita afirmar que los seres humanos nacemos bondadosos, pacíficos o especialmente reacios a la agresividad. Por tanto la política, que es una cosa que hacen los humanos, siempre adolecerá de las carencias propias de los humanos. ¿Hace la política posible un mundo un poquito mejor? Sin duda. ¿Permite crear el mejor de los mundos posibles? En absoluto.

Eso sí, no ha sido solo el cristianismo quien ha desconfiado de las esperanzas rousseuniano-marxista-anarquistas de crear un paraíso en la Tierra. Los pensadores liberales también han dado siempre buenos argumentos contra esa ilusión (en los dos sentidos de la palabra "ilusión"). Para ellos el ser humano no es especialmente bueno o especialmente malo, sino simplemente libre: así que puede, como bellamente describiera Pico de la Mirándola, elevarse a las alturas de un ángel o precipitarse a las zafiedades de la bestia peor. Y también se ha opuesto a las prédicas rousseaunianas otra tradición de pensamiento muy potente, la tendencia conservadora, cuyos autores siempre han estado más preocupados de lo que se puede perder con los cambios que de lo que se pueda ganar con ellos (como bien lo ha expresado uno de ellos, el británico Roger Scruton). Por ello los conservadores también se han mostrado siempre muy escépticos ante las ganas de revolucionarnos el mundo que exhiben Marx o Rousseau.

Una vez explicado, pues, por qué coincido con Ratzinger en esa primera parte de sus declaraciones, vamos ahora con la segunda parte de las mismas que ha tenido usted la amabilidad de citarme. Al constatar que la política no es ningún curalotodo, ¿a dónde nos cabe acudir si nos preocupa la suerte de nuestros congéneres? Ratzinger propone que no nos olvidemos, en este sentido, de la trascendencia. Cabe deducir que cuando habla de "una visión trascendente de la persona" alude a la religión o a la espiritualidad, o a ambas. Ese es, si me permite la expresión, uno de sus "negociados". Pues bien, si me lo permite me gustaría reflexionar un tanto, para acabar ya esta entrevista, sobre ese "negociado".

¿Está hoy en día la religión o la espiritualidad cristiana, y más específicamente católica, cumpliendo esa tarea de hacer mejores las vidas de los humanos? Naturalmente, esta pregunta es muy amplia, así que me gustaría acotarla un poco más: ¿Está la Iglesia católica, de la que Ratzinger ha sido hasta hace poco el principal representante, cumpliendo correctamente la tarea de ofrecer la religión y la espiritualidad cristianas como un modo de perfeccionamiento de la vida humana?

A mi juicio, nos encontramos dentro de la Iglesia católica, curiosamente, con una reproducción, a escala más pequeña, de dos de las tendencias que hemos citado antes. Yo detecto que buena parte de los católicos poseen una actitud rousseauniana: creen que el activismo "social" es la principal misión que los cristianos deben ejercer en la Tierra, que "cambiar el mundo" es la principal obligación del cristiano, y que Jesús de Nazaret (que curiosamente jamás ejerció ningún rol político durante su vida, a diferencia de otros grandes líderes espirituales, como Mahoma o incluso en cierto modo Buda hasta determinada edad) es el inspirador de ese mundo nuevo que hay que ponerse a construir ya aquí. Esta actitud "rousseauniana" suele predominar entre cristianos de izquierdas o, como a veces les gusta denominarse, "de base", o "críticos" (con la jerarquía eclesial), o próximos a la teología de la liberación.

Por otro lado, tenemos también católicos de carácter netamente conservador, que creen que la tradición religiosa debe mantenerse inalterada (con lo cual, entre otras cosas, demuestran conocer bien poco no ya la tradición católica, sino todas las tradiciones, que siempre han durado a lo largo de los tiempos precisamente por su flexibilidad para adaptarse a los nuevos ídem). A los católicos conservadores se les reconoce pues enseguida arguyen, ante cualquier propuesta de cambio dentro de la Iglesia católica, que eso sería hacer una concesión "al mundo", a la "modernidad", que en su opinión son por supuesto siempre peores que ellos mismos. Es llamativo que haya por ahí cristianos que puedan considerarse a sí mismos siempre mejores que los demás y que sin embargo no les venga entonces a las mientes la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18, 9-14); pero de momento no profundizaré en esa curiosa circunstancia.

En lo que sí me gustaría profundizar, y con esto ya termino, es en que, si se ha fijado bien, lo que he descrito es una Iglesia católica copada por rousseaunianos y por conservadores, pero donde falta la tercera pata a la que nos referimos antes: la liberal. Creo que hoy se echa en falta, y de modo especial en España, una espiritualidad, un modo de vivir la religión o la transcendencia, como diría Ratzinger, más liberal y menos conservadora o "progresista". Creo que mucha gente agradecería una Iglesia que se esforzara menos en ser una ONG, o en ser un museo de tradiciones inalteradas, y más en ser un espacio de libertad en que cada uno, sin sentir imposición alguna, sino simplemente acompañado por otros, pudiese crecer en esa transcendencia a la que se refería Ratzinger. Sin negar la importancia de las obras pías o de los ritos, ¿la gente ve a la Iglesia hoy como un ámbito donde podría aprender a ser libre, o como una institución que le encarga siempre "deberes", ya sean caritativos (estos los suelen preferir los rousseaunianos) o sexuales (estos los suelen preferir los conservadores)?

Hay un texto en la carta de San Pablo a los Gálatas con el que me gustaría terminar. Dice el capítulo 5, versículo 1: "Para ser libres nos ha liberado Cristo". Siempre me ha llamado la atención que esto es lo que en filosofía llamaríamos una tautología, y en lenguaje coloquial podríamos llamar una perogrullada: claro que para ser libres se libera, en eso consiste "liberar". Parece que ese texto se ha quedado a medias, parece que esperaríamos que dijera algo así como "para ser buenas personas nos ha liberado Cristo", o "para ser caritativos y dar mucho dinero a los pobres y viajar de misioneros hasta África nos ha liberado". Y sin duda eso es lo que esperaría un "rousseaniano" de los que antes hemos descrito. Un conservador esperaría en cambio que San Pablo nos dijera algo así como "para ser buenos cristianos nos ha liberado Cristo" o "para cumplir con los mandamientos de la Santa Madre Iglesia" o "para poder ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar". Ahora bien, la carta a los Gálatas no dice ni una cosa ni la otra. Dice solo que la mera libertad es un buen motivo para liberarse. Que no hace falta someter esa libertad a ningún deber; que esa libertad ya es valiosa por sí misma. Creo que una espiritualidad más liberal debería tirar de este hilo si quiere ofrecer a nuestra sociedad algo diferente a lo que se le ofrece hoy y hoy no le acaba de satisfacer.

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