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7 DICIEMBRE 2016
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¿Dónde están los enemigos del 'moderado' Al Sisi?

Caleb J. Wulff | 0 comentarios valoración: 2  54 votos
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Se ha citado mucho al presidente egipcio, el general Al Sisi, como precursor de un islam más “abierto” después de su intervención a principios de año en la universidad islámico Al Azhar. En efecto, Al Sisi es un ejemplo de musulmán practicante pero no extremista y su invitación ante el instituto religioso más autorizado del mundo suní es muy significativo, aunque de momento no ha obtenido grandes resultados.

Entre los motivos que lo explicarían está la represión de su gobierno hacia los Hermanos Musulmanes, un movimiento que cuenta con muchos seguidores en numerosos países árabes. Es la otra cara de Al Sisi y su régimen, la dura represión contra sus opositores, no solo los Hermanos Musulmanes, sino también los líderes de ese mundo laico que tuvo un importante papel en la plaza de Tahrir. La magistratura también se encuentra en el punto de mira, igual que los medios, con las consiguientes purgas y acusaciones a periodistas. La situación en Egipto empieza a parecerse a la del régimen de Mubarak, según algunos incluso peor, muy alejada de lo que deseaban las masas que se congregaron en la plaza de Tahrir.

Se confirma así la imposibilidad en Egipto de un régimen estable no gestionado o controlado por militares, en cuyas manos está buena parte de la economía. Una situación que recuerda a la Turquía anterior al giro islámico de Erdogan, pero sin las connotaciones laicistas impuestas en su momento por los Jóvenes Turcos de Kemal Atatürk. Los “moderados” de la Hermandad ganaron en su momento las elecciones libres, pero con su pretensión de imponer un régimen islámico, reformando en esa línea la Constitución, se ganaron la enemistad de buena parte de la población, lo que provocó la intervención del ejército y la subsiguiente represión.

El caos en Libia, el avance del Isis y la amenaza de Al Qaeda dan más motivos al régimen autoritario de Al Sis. Además, las elecciones al Parlamento previstas para el pasado mes de marzo se suspendieron tras la declaración de inconstitucionalidad de las leyes electorales vigentes. La estabilidad de Egipto, en la encrucijada entre Oriente Medio y África, es fundamental para toda la zona. Cuna de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, incluso después de la conquista árabe y durante el periodo otomano, Egipto siempre mantuvo su identidad y autonomía. En 1952, el golpe de estado de los militares guiados por Naguib y Nasser puso fin a la monarquía, que se desvinculó del protectorado inglés en 1936, y desde entonces el país estuvo dirigido por generales, con la reciente y breve interrupción de las elecciones de 2012 que ganaron los Hermanos Musulmanes y la elección presidencial de Morsi, que luego fue depuesto por los militares en 2013.

Con más de 80 millones de habitantes, Egipto es el tercer país más poblado de África, después de Nigeria y Etiopía, y la tercera economía del mundo árabe por su PIB total, después de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, pero su economía cada vez sufre más, con elevadas tasas de desempleo, sobre todo juvenil, y una pobreza rampante. La situación de inestabilidad interna y de toda la región ha golpeado especialmente al turismo, muy importante para la economía egipcia. Tras las diversas guerras árabe-israelíes, Egipto fue el primer estado árabe en firmar la paz con Israel en 1979, con los Acuerdos de Camp David, seguido de Jordania en 1994. Egipto volvió así a poseer la península del Sinaí, que había perdido en la guerra de 1967, y normalizó sus relaciones con Israel, que en este último periodo han vuelto a enfriarse.

Pero a pesar de este enfriamiento, ambos estados siguen teniendo intereses convergentes en la lucha contra el extremismo islamista y sobre todo los Hermanos Musulmanes, vinculados a Hamás, que desde Gaza les causan problemas a los dos. El control de Egipto sobre el Sinaí se ha hecho muy frágil y los atentados terroristas han provocado muchas víctimas entre los militares egipcios. Egipto se encuentra en una situación cada vez más evidente de antagonismo frente a la nueva Turquía de Erdogan, cuya política exterior, en muchos aspectos ambigua, muestra el objetivo de convertirse en una superpotencia regional, con tonos “neo-otomanos” que no pueden dejar de preocupar en El Cairo. También frente a otra potencia regional suní, Arabia Saudí, las divergencias son notables precisamente en el ámbito denunciado por Al Sisi en Al Azhar, pues el tipo de islam que domina en la península arábiga y que defiende la dinastía reinante está muy lejos de su invitación a un islam más “abierto”.

Occidente se encuentra ante una alternativa similar a la que tuvo que afrontar con Saddam Hussein y Gadafi: tolerar un régimen represivo pero que sirve de barrera al extremismo islámico, o llevar a estos países, incluso con las armas, su propia versión de la democracia. Los ejemplos iraquí y libio hacen muy difícil responder a este dilema, al menos en los términos en que hasta ahora se ha planteado. En el caso de Egipto, su historia tal vez hace posible un camino distinto, partiendo de fuertes inversiones en su economía para evitar que la pobreza creciente haga más fácil a los movimientos extremistas el reclutamiento de nuevos adeptos. Estas intervenciones solo podrán ser gestionadas por los militares y la clase empresarial vinculada a ellos, pero podrían ser la clave para obtener un mayor respeto al derecho y un alejamiento de la represión.

Es un camino difícil, pero se puede recorrer, ¿pero quién puede hacerlo? El sujeto más interesado sería Europa, pero la UE ya ha demostrado ampliamente su incapacidad para gestionar las crisis internas, como la griega, y para mantener sus promesas al exterior, como con Ucrania.

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