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10 DICIEMBRE 2016
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El proyecto europeo amenazado

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 3  22 votos
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El resultado del plebiscito que Tsipras convocó, con nocturnidad y alevosía, ha abierto la más peligrosa de las crisis que la Unión Europea ha sufrido en sus más de sesenta años de andadura. Hay muy serios motivos para estar hondamente preocupados, porque la democracia y el proyecto europeo mismo están en juego. Basta con hacer el recuento de quienes en toda Europa celebraban exultantes en la noche del domingo la victoria de Tsipras, en Gran Bretaña, en Francia, en Italia, en Portugal o en España: todos ellos declarados enemigos del proyecto europeo e instalados en la ola del populismo antidemocrático, que como un fantasma recorre hoy Europa.

Algunos de los dirigentes europeos han expresado su “respeto” al pronunciamiento del pueblo griego. Pero en esta hora grave resulta necesario ir al fondo de las cosas. ¿Es respetable un plebiscito convocado en medio de una negociación en el marco de las reglas existentes en el seno de la Unión Europea? ¿Un plebiscito sin tiempo para hacer una campaña en la que se suministrara a los ciudadanos griegos toda la información para conocer razonablemente las consecuencias de la encrucijada griega? ¿Un plebiscito que, como todos los que se conocen en las peores páginas de la historia europea, apelaba a los sentimientos más primarios en una sociedad convulsa por las medidas que ha adoptado el gobierno griego? ¿Un plebiscito en el que se ha buscado un enemigo exterior y se han atizado los sentimientos de odio que queríamos desterrar siempre en Europa?

Pensemos por un momento que otros países de la Unión Europea se lanzaran a seguir el camino emprendido por Tsipras. Que los plebiscitos se convirtieran en un arma en manos de cada uno de los gobiernos de los Estados de la Unión Europea para no someterse a las reglas de la Unión. Sencillamente, el proyecto europeo estaría muerto. Pero no sólo por la incompatibilidad del propio mecanismo con el espíritu de la construcción europea, sino porque –como ha pasado en Grecia– este tipo de procedimientos inevitablemente provoca el auge de los nacionalismos, alimenta la búsqueda del enemigo exterior a los propios males y errores, y la pérdida del concepto del “bien común” europeo.

Los desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea en esta situación inédita son formidables. Porque en estas frenéticas jornadas posteriores al plebiscito se está configurando un clima de opinión que nada ayuda al proyecto europeo. Muchos griegos creen que han derrotado a los crueles oligarcas de la Unión Europea. Los populismos están envalentonados y hablan ya de “otra Europa”, con argumentos fundados en una concatenación de mentiras. Los críticos de la Unión Europea están cargando sus baterías para denunciar las debilidades de la Unión, sus imperfecciones institucionales, la incapacidad de sus dirigentes para haber hecho frente a la crisis. En los medios de comunicación se empieza ya a distinguir entre “halcones” y “palomas”: unos guardianes de la ortodoxia, otros tendentes a la compasión. No nos engañemos: todas las tendencias anti-europeístas que habitan en el continente han encontrado la mejor ocasión para poner en cuestión la integración europea.

Sí. Es un momento grave para Europa. Resolver la cuestión griega no es un asunto de paños calientes. Es posible que se logre un acuerdo in extremis. Pero los males creados exigen unas soluciones más profundas. Las familias políticas que han construido la Unión Europea deben hacer una profunda reflexión y adoptar decisiones que vayan más allá del caso griego. Deben saber que para combatir eficazmente a los populismos, que si avanzan minarán el proyecto europeo, es imprescindible fortalecer las instituciones de la Unión, caminar hacia un mayor federalismo, alimentarse del espíritu de los “padres fundadores” y supeditar los intereses particulares al bien común europeo. Es una batalla política que todos los verdaderos demócratas europeos deben afrontar con coraje, porque hoy más que nunca se puede decir que el proyecto europeo y nuestras democracias están indisolublemente unidos: no pueden salvarse por separado.

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