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9 DICIEMBRE 2016
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¿Qué es el populismo?

Benigno Blanco | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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No pretendo formular una respuesta académica a la pregunta del título, sino analizar el nuevo fenómeno presente en la política europea y de algunos países latinoamericanos que suele englobarse bajo ese término. ¿Qué tienen en común Maduro en Venezuela, Iglesias en España, Le Pen en Francia y Tsipras en Grecia para que los califiquemos de “populistas”? Dos cosas: una inequívoca voluntad de llegar al poder (o mantenerlo) como fin en sí mismo y una manipulación de las emociones y los sentimientos populares como medio para el asalto al poder. Dicho en negativo: el populismo se caracteriza por la renuncia a hacer presente la razón y la reflexión, las ideas, como el arma política para conformar mayorías que permitan acceder al poder. Por eso el populismo es intrínsecamente antidemocrático aunque se mueva como pez en el agua en la charca relativista y maloliente en que se han convertido algunas de las modernas sociedades democráticas.

El populismo, aunque juegue aparentemente en la cancha de juego de la democracia partidista, de hecho practica un juego con reglas distintas; o mejor dicho, para él no hay reglas; la única regla o norma de conducta es ganar (o conservar) el poder. Esta primacía incondicionada de la toma del poder hace que a veces los populistas nos parezcan leninistas pues Lenin creó una máquina de toma del poder inmisericorde pero sin los condicionamientos de Lenin, pues no hay ideología concreta que les condicione y Lenin sí estaba limitado por su marxismo; por eso mismo en ocasiones sus métodos nos recuerdan a Hitler pues éste fue un maestro del asalto al poder; y a la vez pueden ser anarcoides, libertarios, liberticidas, nacionalistas o lo contrario, defender los derechos humanos o cercenarlos, coincidir con la derecha clásica o con la izquierda según países y circunstancias; todo eso es para ellos accesorio. Para el populismo todo es instrumental: la estrategia, la táctica, los programas y las ideologías son meramente instrumentales y, por tanto, cambiantes y adaptables. Las clásicas categorías de análisis de los partidos en las democracias, con el populismo fallan y no son útiles. Por eso desconciertan tanto a analistas, intelectuales y periodistas que pretenden entenderlos y clasificarlos con las categorías convencionales… que en este caso no son útiles o, al menos, resultan insuficientes.

La segunda característica del populismo es que no apela a la razón sino al corazón de las gentes: como no sirve a una ideología o sistema de ideas, pretende auparse al poder sobre estados de ánimo que coadyuva a crear. Por eso el populismo es un parásito que vive a gusto en las épocas de profunda crisis intelectual, cuando las convicciones de fondo que identifican a una sociedad se cuartean y se vuelven fofas; es decir, en una época como la nuestra o como la de la Europa de los años treinta del siglo XX. Por eso el populismo encuentra su caldo de cultivo ideal en épocas de grandes problemas colectivos que hacen dudar a muchos de nuestra instalación en el mundo, en tiempos de gran desesperanza y angustia, en momentos de inseguridad y miedo, como es la nuestra y lo fue la de la Europa que se intentaba recrear sobre las cenizas de la primera guerra mundial.

El reciente referéndum griego es un ejemplo prototípico de populismo: nadie sabe exactamente qué se votaba ni importa; nadie sabe cuál es el escenario del día siguiente ni importa. Lo que importa es una emoción colectiva, un estado de ánimo efervescente… al servicio de que el Gran Populista Griego refuerce su poder…, aunque nadie –ni él mismo, probablemente– sepa exactamente qué quiere hacer con ese poder que acumula. El poder en sí mismo es el fin, sin importar ni Grecia ni los griegos ni la UE. Esto es el populismo, mal enemigo.

Otro ejemplo de populismo es el nacionalismo desaforado convertido en fin en sí mismo como vemos actualmente a pocos cientos de km de Madrid. Ya no importa más que la toma del poder absoluto –independiente– por parte del Gran Nacionalista sobre la base de un sentimiento colectivo: qué hará con ese poder el Gran Nacionalista el día después es algo accesorio a lo que no se presta atención. Lo que importa es el asalto al poder y el cultivo de las emociones que se piensa pueden facilitarlo. Lo demás es accesorio, incluidas las personas y su bienestar; la justicia y los derechos humanos son detalles intrascendentes que pueden ser instrumentalizados al servicio de lo único relevante: que nosotros, los populistas, tengamos todo el poder.

El líder populista es un hombre de fe, de fe en sí mismo y en su misión histórica. A él le toca llegar al poder para salvar a la humanidad (o, al menos, a los de su pueblo o parroquia) y como esa es su misión mesiánica los medios son todos lícitos: mentiras, travestismos ideológicos, engaños, manipulaciones, violaciones de derechos… si se juzgan necesarios o convenientes bienvenidos son si coadyuvan a la gran misión: la toma (o la conservación) del poder. Por eso el populismo suele ir unido al caudillismo: hay un líder que encarna la misión, un führer, un duce… con coleta o sin ella. El líder es necesario para el populismo pues al fundarse en emociones hay que despertarlas y las emociones las despierta mejor una cara concreta que un slogan abstracto.

El populismo creciente es hijo y expresión de la crisis humanista de nuestra época. Y tiene futuro, mientras no apostemos por recuperar la confianza en la razón, la fe en la verdad, la conciencia de que la realidad (empezando por la naturaleza humana) es normativa. El populismo es políticamente contagioso: en España el PSOE ya está muy contaminado de populismo y el PP se desliza –aunque tímida y vergonzosamente– hacia planteamientos populistas.

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