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9 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Giorgio Vittadini

Guareschi o la grandeza de las pequeñas cosas

Egidio Bandini | 0 comentarios valoración: 3  20 votos
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Giorgio Vittadini, aparte de ser el presidente de la Fundación para la Subsidiariedad, es profesor de Estadística metodológica en la Universidad Bicocca de Milán. Un hombre de números y ciencias exactas, lo más alejado que podríamos pensar de la fantasía, la imaginación y la ilimitada capacidad creativa de un escritor como Giovanni Guareschi. Pero a pesar de todo ello, Giorgio Vittadini ha comprendido perfectamente, quizás más que muchos críticos literarios y estudiosos, periodistas y analistas, la esencia y actualidad de los textos del escritor italiano, ninguneado durante años por la crítica oficial pero adorado desde siempre por sus “veintitrés lectores”.

¿Cómo nació su “amor” por Giovanni Guareschi?

Siento especialmente cercano a este gran escritor porque habla de la experiencia humana, y en particular de la capacidad del corazón para percibir las cosas reales y verdaderas. Se entiende muy bien cuando presenta al personaje central del triángulo protagonista de su “Mundo pequeño”, junto a don Camilo y Pepón: el Cristo. Él dice “mi Cristo, esto es, la voz de mi conciencia”. Parece una afirmación irónicamente subjetiva, pero es la afirmación de la conciencia del hombre como capaz de percibir en su profundidad lo que es verdadero, justo y bueno. Un bien que se presenta como sugerencia, fascinación y belleza, no impuesto, tal como hace el Cristo de sus textos. Esto es en el fondo lo que más admiro. Guareschi presenta al hombre hecho de esta conciencia, no determinado por la división maniquea entre bien y mal. Este deseo de bien que está en todos y que en todos se rompe, se fractura, que no es perfecto. ¿Cómo no amar a un escritor que describe así la realidad?

En el Meeting del año pasado usted ofreció un enfoque que, a primera vista, podría definirse como locura, cuando no unión imposible: Guareschi y Jannacci, ligados por eso que el Papa Francisco llama “periferias existenciales”. ¿Qué le llevó a unir a estos dos autores?

Jannacci habla del mendigo con sus deportivas, del soldado Nencini, del telegrafista enamorado Giovanni, del hombre a medias, habla de los hombres que nos rodean, pero de cuya existencia no nos damos cuenta. Les mira de un modo profundo, verdadero; en su irreductible búsqueda de significado, de felicidad, de compañía, son como nosotros. Guareschi hace lo mismo con sus personajes. No en vano uno hablaba de “Mundo pequeño” y otro de “Cosas mínimas”, ambos ironizando sobre sí mismos… Los de Guareschi también son personajes aparentemente marginales, pero están dotados de una profundidad, de una verdad inmensa, aunque para la sociedad sean marginales, aunque no parezcan importantes. Ninguno de ellos habla de sus personajes, sino que les hacen hablar a ellos, y ellos hablan de cada uno de nosotros. En las canciones y en los relatos. Por eso son profundamente parecidos en su diferencia, y nos dicen algo que no es una periferia sino el centro.

Usted ha definido a Guareschi como un "escritor caravaggesco", ¿qué significa este paralelismo entre un artista y un literato tan distantes entre sí en el tiempo?

Guareschi fue conocido en todo el mundo gracias a las películas, que están bien, pero como el propio Guareschi subrayaba en sus continuos enfrentamientos con productores y directores, no mostraban su mundo, porque eran películas en blanco y negro. No lo decía en el sentido de que faltara el color sino que se centraban en simplificaciones extremas, en contrastes netos entre el bien y el mal, en puntos definidos. Guareschi en cambio es un autor caravaggesco porque cada personaje, como  sucede en Caravaggio, está hecho de luces y sombras a la vez, es bien y mal, grandeza y miseria. En los relatos prevalecen los difuminados y nunca las superficialidades banales. De hecho, nunca se terminan de captar. Podría utilizarse una frase de Tomas Mann: “es insondable el misterio del hombre”, insondable el misterio que en la vida cotidiana aparece en los personajes que describe. Es lo contrario de la caricatura, de lo superficial, del puntillismo, porque describe lo profundo, lo que anida bajo las máscaras con las que sus personajes, igual que nosotros, intentan ocultarse, casi con mido a que alguien pueda ver su profunda herida.

Según usted, Guareschi no solo era moderno, o sea, un escritor de 2015, sino además con proyección en el futuro. A casi cincuenta años de su muerte, ¿cómo puede definir al creador de Pepón y don Camilo como futurista?

Porque el valor de la experiencia es algo que apenas hemos empezado a descubrir. Guareschi escribe en los años cincuenta, cuando parece que la modernidad de la Iglesia consiste en el progresismo contrapuesto al conservadurismo. Dos esquemas, dos manierismos, dos rigideces, dos formas que prescinden del hombre. Pero Guareschi habla de la experiencia personal, la misma experiencia de la que hablaba Luigi Giussani desde los años cincuenta, es decir, de la capacidad de toda conciencia personal para captar la verdad en la realidad. En otras palabras, la correspondencia entre la propia necesidad y algo que se ve, en un ambiente, en una persona o en un pueblo, incluso en un objeto o en un animal. Pero sobre todo en un Cristo que habla desde un crucifijo aparentemente inerme; o bien desde lo profundo de lo que sucede, de lo que se encuentra, porque constituye la naturaleza de esa realidad misteriosa y fascinante en que se vive. Es algo aún totalmente por descubrir, porque apenas hemos salido del mundo de las ideologías. La ideología financiera, la ideología política, la de las verdades caídas desde lo alto que prescinden del hombre y que insinúan que todo es relativo, contingente, sin un valor objetivo. La experiencia que nos narra Guareschi es lo que hace posible a hombres comunes, aparentemente insignificantes, ser felices, vivir en plenitud su propia humanidad, vivir de cosas pequeñas sin necesidad de poderes que lo validen o lo permitan. Es la revancha del hombre que redescubre que la realidad es fascinante, llena de una promesa y misterio que nadie nos puede quitar, a excepción de nosotros mismos. Por eso Guareschi, como por otro lado también hacía Jannacci, no solo se adelantó a su tiempo sino que además puede definirse como postmoderno, porque intuyó que esta es la forma de caminar en un mundo donde todo está por reconquistar a nivel personal. Este es el reto del hombre postmoderno, alejado tanto de la duda sistemática como de las certezas, también religiosas y apriorísticas, impuestas desde lo alto, que no han pasado por la conquista de su libertad.

Entre los textos de Guareschi, ¿cuál es el preferido de Giorgio Vittadini?

Tres grandes obras: “Mundo pequeño”, “Vida en familia”, y “El destino se llama Clotilde”. Este último es el del Guareschi-¬Ionesco, el gran escritor del absurdo. “Vida en familia” es el afecto cotidiano proyectado a nivel universal. “Mundo pequeño” es el mundo de los personajes más tocados, más heridos, como el episodio del hijo que odia toda su vida a su padre porque nunca se ha sentido valorado por él, pero cuando el padre muere se da cuenta en cambio de que le amaba profundamente y que toda su vida ha seguido todo aquello que tenía que ver con él. O el campesino arruinado que, en vez de odiar a su jefe que le explota, tiene “piedad de su carne maldita”; o Giobà, el tonto del pueblo que en realidad es el más honesto, porque no renuncia a su sentido de la dignidad. Pero mis personajes preferidos son siempre los niños y los que persiguen hasta el fondo sus verdaderos deseos, como los nuevos Romeo y Julieta, la hija del ricachón que se va a bailar a la fiesta de la Unità, o los viejos vagabundos que como no quieren terminar en un hospicio deciden empezar a trabajar juntos, en cooperativa, como nunca antes lo habían hecho. Personajes que nos hablan de la grandeza de nuestro pueblo, que es un pueblo hecho de personas que dicen “yo”, que huyen de los grandes héroes, de los grandes generales, de los grandes políticos, de los grandes príncipes, y llevan la grandeza a una cotidianidad llena de luz y misterio. Como siempre hizo Guareschi, no se someten a un poder que quiere homologarles: “no me muero aunque me maten”.

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