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9 DICIEMBRE 2016
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Grecia, Ucrania, crisis... ¿pero Europa no era un sueño de democracia, paz y prosperidad?

Rodolfo Casadei | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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En 2004, las insistentes intrigas de una comisión del Parlamento europeo consiguieron que se le negara el nombramiento como comisario de justicia, libertad y seguridad, discriminándole en virtud de sus convicciones religiosas y morales, pero Rocco Buttiglione nunca dejó de ser un ferviente europeísta. Toda su carrera política se ha desarrollado en Italia, donde ha sido ministro dos veces, diputado en cinco legislaturas (incluida la actual) y senador en una, más un periodo de dos años, entre 1999 y 2001, que pasó en el Parlamento europeo.

Durante décadas, la Unión Europea ha representado un sueño posible de democracia, paz y prosperidad. Ahora la prosperidad ya no está asegurada, como vemos en el caso de Grecia y otras economías de la Europa meridional. La paz está peligro, como vemos con la guerra en Ucrania; y la democracia corre el riesgo de hacerse irrelevante en un momento en que todas las políticas más importantes se deciden en Bruselas. ¿Cómo hemos llegado a este punto y cuál es el camino para salir de él?

Después de la gran etapa de los padres fundadores (De Gasperi, Adenauer y Schumann), en los años ochenta, con el pontificado de Juan Pablo II, vivimos un gran empuje para redescubrir las razones de la unidad de Europa, que es ante todo una unidad cultural, y solo después económica. Estas razones se presentaron bajo la forma de una nueva evangelización, que volvió a actualizar el encuentro con la fe cristiana, que constituyó a los pueblos europeos como tales, y las relaciones de fraternidad que los han convertido en una familia de pueblos. Este redescubrimiento de la fe cristiana generó un gran testimonio frente al comunismo, provocando su caída. La mayor potencia policial del mundo se derrumbó ante un testimonio indefenso.

Cuando sucedió esto, en Europa una clase política responsable, encarnada por Helmut Kohl, supo atraer la energía moral necesaria para realizar un gran proyecto político, que debía ligar indisolublemente Alemania con Occidente. Con la caída de la Unión Soviética, era inevitable que Alemania volviera a moverse hacia el este, con el riesgo de dividir Europa con el nacimiento de un nuevo imperio alemán en su centro. En cambio, Kohl optó por una Alemania europea, en vez de por una Europa alemana, y quiso el euro como instrumento para unir firmemente a Alemania con la Europa occidental. La ampliación de la Unión al este no representaba una expansión, sino una reunificación de Europa: eran los pueblos del este yendo hacia Europa, y no Alemania avanzando hacia el este. Fue un gran éxito. Hay que recordar la Europa de 1991: los pueblos del este habían perdido las seguridades que, aun en la indigencia, el comunismo les garantizaba, y todavía no había un nuevo sistema económico. El peligro de que la Europa centro-oriental se dividiera en dos, con unos países acercándose a Berlín y otros volviendo bajo el ala de Moscú, llenos de resentimiento, en cuanto Rusia volviera a ser una potencia de nivel mundial, era muy fuerte. Pero fueron capaces de construir, con nuestra ayuda, sistemas funcionales, dando lugar a un extraordinario desarrollo económico que ha dado esperanza a millones de personas.

Luego esta serie de éxitos se interrumpió y empezaron las derrotas. Entre 1998 y 2005 encajamos unas cuantas. Primero se decidió dejar los valores cristianos fuera de la constitución europea y luego los pueblos rechazaron la constitución. Hay una lógica que subyace a estos dos hechos. Si no nos une la fe cristiana, ¿qué es lo que mantiene unida Europa? ¿Por qué debería sentir como un hermano, por ejemplo, a un búlgaro? Al decaer el ímpetu ideal, decayó también el ímpetu político. Y así hemos tenido quince años marcados por los egoísmos nacionales, durante los cuales la clave europea no ha sido la tradición cristiana común sino el fin de todos los valores, y lo máximo que hemos logrado expresar ha sido apertura a los derechos LGBT. Europa es como un magnífico castillo que guarda dentro obras de arte, muebles y tapices maravillosos, pero donde falta el techo. Mientras luce el sol puede funcionar, pero cuando llueve todo se descompone. Y la lluvia ha llegado con la crisis financiera y económica. Ante esta crisis Europa parece indefensa, sin espíritu de solidaridad ni voluntad de reaccionar.

La política de la Unión Europa se ha presentado estos años como “promoción de una integración y unidad cada vez mayores”, pero esta integración no se ve cuando los problemas afectan a los países más débiles, como ante la masiva llegada de inmigrantes o la mutualización de la deuda. Entonces, ¿no sería mejor renunciar a la retórica y volver a los objetivos más modestos del Tratado de Roma de 1957 y del Mercado Único de 1986: aumento de los intercambios económicos dentro del continente y colaboración entre estados soberanos?

Sería la muerte. Con un retorno a los bloques comerciales cerrados y a las rivalidades intracontinentales, todas las tensiones del mundo se volcarían sobre Europa, como en el siglo XVI todas las tensiones de Europa se descargaron sobre Italia, que aún no había resuelto la cuestión de su integración como estado nacional y lo pagó con tres siglos de servidumbre y pobreza. No, hay que ir hacia adelante y retomar el programa de una integración cada vez mayor. En parte lo estamos retomando, porque desde el punto de vista técnico todas las medidas tomadas contra la crisis financiera son medidas de mayor integración. Pero hay que darles también una línea política. Hay que seguir adelante no solo porque no hay alternativa sino para recuperar las razones. Hay que volver al gran proyecto que pertenece culturalmente a Juan Pablo II y políticamente a Helmut Kohl, y llevarlo a cumplimiento.

¿No sería más realista una Europa de geometría variable? ¿Se puede imaginar una desintegración controlada que produzca una Europa a más velocidades?

Europa ya va a más velocidades. Las naciones del euro tienen en común, evidentemente, más intereses que las demás. Hay que construir un núcleo fuerte de Europa, formado por los países del euro, que dé pasos rápidos hacia la unidad política. Necesitamos una política económica común. Solo se puede mutualizar la deuda si se pone un freno eficaz al derecho a gastar sin límites mediante una autoridad presupuestaria común, y si existe una política común de inversiones, que lleve a Europa a liderar sectores como el digital, nuevos materiales, nuevas tecnologías, es decir, aquellos donde tenemos una ventaja competitiva frente a los países emergentes. Hay que volver a la agenda de Lisboa del año 2000, que se ha quedado sin aplicar porque le faltaba la vertiente política.

El drama griego de estos días podría desembocar en una crisis irreversible del euro. ¿Cuál sería entonces la mejor solución? ¿La salida por arriba de Alemania y sus socios, con la creación de dos valores? ¿O la salida por abajo de los países en crisis, que podrían entonces intentar volver a crecer devaluando su moneda nacional?

La inflación es un feroz animal al que es fácil sacar de la jaula pero luego es difícil volverla a hacer entrar. Que los países del sur salgan voluntariamente del euro es algo que no me parece adecuado. La solución pasa por más soberanía europea, un gobierno común legitimado por el voto popular, un ministro europeo de Finanzas que retire a los estados el derecho a endeudarse libremente. Entonces una mutualización razonable de la deuda se hace posible, pues nadie mutualizaría una deuda que no controla.

¿Pero se puede pensar en una voluntad por parte de Alemania y Francia, los dos países más fuertes, de avanzar en esta dirección?

Nadie se lo ha propuesto seriamente. Alemania es un gran país, donde están los de Alternativa para Alemania, que querrían salir del euro y caminar solos, y los que son sinceramente europeístas como lo era Helmut Kohl. El tímido avance de Angela Merkel al que estamos asistiendo es un efecto de la línea Kohl-Juncker-Draghi. Alemania también puede quedar en minoría. Hay que tener argumentos, muchas alianzas, e incluso en la alianza debe haber también una parte de Alemania, minoritaria pero importante. El problema es crear una opinión europea que razona en términos de bien común para Europa, como sucedía en tiempos de Juan Pablo II y Helmut Kohl. Debemos ser capaces de volver a crearla, pues no hay otra vía de salvación. La crisis de Europa empieza cuando, tras la muerte del Papa Wojtyla, se desvanece la idea de la nueva evangelización. Esa era el alma de Europa.

La crisis de Ucrania ha puesto a Europa ante dos problemas que hasta el año pasado parecía que no existieran. La relación con una Rusia que no tiene ninguna intención de quedar fagocitada por Occidente, y las fronteras finales de la Unión Europea, que hasta el año pasado razonaba como si pudiera extenderse hasta el mundo entero, y ahora ya no. ¿Qué hay que entender de estos dos problemas para poder afrontarlos?

Creo que Putin se alegraría de ser fagocitado por Europa, pero la verdad es que nosotros lo hemos alcanzado. Juan Pablo II tenía clarísimo que Europa respira con dos pulmones, uno occidental y otro oriental. Cuando gobernaba Kohl se desarrolló una política que tendía a favorecer la democratización de Rusia y su transición hacia una economía moderna y eficiente. Se planteó la hipótesis de crear una Comunidad de Estados Independientes (CEI) de la ex Unión Soviética que luego se federara con la Unión Europea bajo el techo común del Consejo de Europa. Hoy es difícil volver a aquella idea, porque un país como Ucrania tendría grandes dificultades para formar una CEI con Rusia. A los rusos debemos decirles “quita tus manos de Ucrania”, pero también “en Europa hay sitio para vosotros”. Sabemos que Rusia es europea y no la queremos expulsar de Europa, pero con una política mezquina, solo orientada por los intereses del gas y el petróleo, hemos generado en el pueblo ruso la idea de que no les queremos. También tenemos que afrontar la cuestión de Ucrania. Putin debe renunciar a sus miras expansionistas, pero Poroshenko debe entender el problema de las minorías rusófonas. No puedes conservar la unidad de Ucrania sin una constitución ampliamente federal, que reconozca a los rusófonos todos sus derechos y les tranquilice respecto al hecho de que no existe voluntad alguna de oprimirlos. Tenemos que hablar con Poroshenko, porque los dirigentes ucranianos también han cometido muchos errores.

¿Y las fronteras de Europa? ¿Europa tiene sus propios confines o debe abrirse hasta el infinito a todos aquellos que acepten sus principios y valores?

Europa debe reunir a todos los países que comparten sus principios y valores, pero estos principios y valores no son una declaración abstracta, sino que coinciden con una historia. Existen países que comparten una historia, y esa historia es la historia del cristianismo en Europa. Esto es lo que define históricamente a Europa. Los valores se hacen concretos mediante rostros, hombres, historias. No es lo mismo aprender el valor de la mujer a través de Dante o Shakespeare, así que imaginemos cómo será si nos distanciamos a miles de kilómetros de distancia. El patriotismo no va ligado a las constituciones, va ligado a la historia, a la cultura, a la lengua, a la fe. Existe una familia de pueblos que son pueblos europeos. Todos los pueblos europeos tienen derecho a entrar en la Unión Europea, los pueblos no europeos, no. Cuando seamos lo suficientemente maduros, inventaremos formas de colaboración y avanzaremos hacia ese gobierno global donde Europa regirá los destinos del mundo junto con Estados Unidos, China, India, etc. Debemos realizar nuestra integración continental y luego dialogar con los demás.

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