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9 DICIEMBRE 2016
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Geometría no relativa pero sí variable

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  31 votos
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Ha sido una semana de paradojas. El presidente estadounidense más errático en política internacional desde la época de Carter (1977-1981), el que más se había equivocado en Oriente Próximo hasta este momento, ha conseguido firmar un acuerdo con Irán que supone el paso más decisivo en décadas. Puede aportar algo de estabilidad a una de las regiones determinantes del planeta, región sometida en estos momentos a una tensión como la que sufría Europa en la I Guerra Mundial. Sin paz en el eje que va desde Egipto hasta Pakistán es difícil que haya algo de sosiego en el resto del mundo. Obama erró al apoyar a los Hermanos Musulmanes en Egipto, al desentenderse de Iraq, al apoyar en Siria primero a la oposición y luego al régimen. Y sin embargo ha acertado de pleno al sacar a Irán de su aislamiento con el acuerdo de Viena.

Para comprender lo sucedido en la capital austriaca no hay más que viajar a cualquiera de los pueblos cercanos a Baalbek, en el este del Líbano. Basta preguntarle a los refugiados sirios qué piensan de esas localidades controlados por Hezbollah, todas ellas decoradas con grandes carteles de su líder Nasrallah. Los que huyen de la limpieza étnica puesta en marcha por el Daesh se sienten al fin a salvo bajo la protección de la milicia pro-iraní. Irán se han convertido en el mejor aliado en la guerra civil que se desarrolla en Oriente Próximo, guerra civil en el interior del islam, guerra entre chiítas y suníes, y sobre todo, entre las diferentes facciones suníes. No habrá victoria sobre el Daesh sin la ayuda de los persas. No son demócratas pero gestionan un Estado digno de semejante nombre con capacidad de hacer frente al terrorismo. Abandonar los programas ideológicos de construcción nacional de Bush, que hace 11 años provocaron un desastre sin precedentes en Iraq, y alejarse un poco de Arabia Saudí y de Qatar han sido aciertos de Obama. Aciertos paradójicos promovidos por un presidente con muy poco bagaje al que incluso el título de pragmático le puede venir grande. Paradoja es apostar por un país que a finales de los años 70 del pasado siglo inauguró el islamismo político.

Paradójico es que Europa –con toda su historia y con todos sus méritos–, 27 horas antes del acuerdo de Viena, a 1.105 kilómetros, cerrara in extremis una fórmula para renegociar el tercer rescate de Grecia que ha puesto en evidencia las debilidades del Viejo Continente. La solución adoptada en el Consejo Europeo del pasado lunes, después de años de intentonas y de meses de negociaciones, ha sido un parche provisional. No está nada claro que el crédito-puente, el tercer paquete y las reformas acordadas vayan a deshacer ese círculo vicioso que han generado los incumplimientos y las obligaciones inatendibles. Europa se ha limitado a salir del entuerto durante unos meses, quizás sean solo semanas. No ha dado un solo paso para reforzar políticamente el euro. Bruselas, París y Berlín parecen cada vez más prisioneras de la tecnocracia y de ese nacionalismo que tiene forma de fondo de pensiones. Falta músculo para aportar una solución a la altura del reto populista.

Paradojas propias de una edad disruptiva, de un cambio de época en el que muchos edificios se mantienen en pie por inercia. Es cada vez más evidente: las tradiciones de las que surgieron esas construcciones se han convertido en esqueletos sin vida. Por eso quizás sea ingenuo confiar tanto como lo hemos hecho hasta ahora en fórmulas, partidos, sistemas. Ya no tiene capacidad para mantener la estabilidad social, la paz y cierto grado de humanidad.

Lo apunta con acierto Martin Wolf, el columnista de Financial Times en su libro "La gran crisis: cambios y consecuencias" (Deusto, 2015). Wolf es el gran gurú del mercado financiero. Durante décadas profesó una fe en el liberalismo casi religiosa. Pero ahora señala que nuestro modo de ver el mundo, basado en los progresos de la Revolución Industrial, de la Revolución Americana y de la Revolución Francesa, útil en los dos últimos siglos y medio, ha desaparecido. Los fundamentos ilustrados han dejado de ser un terreno sólido. Wolf confiesa que no sabe dónde nos van a llevar las fuerzas de la globalización. Estamos ante un tiempo cuyas reglas no acabamos de comprender.

Muy probablemente la globalización ha puesto al descubierto un proceso que estaba dentro de nosotros desde hace tiempo. Los educadores lo conocen bien porque ven en los jóvenes las consecuencias de lo que los adultos hemos transmitido de forma inconsciente: una debilidad sin precedentes en la historia, una falta de energía para lo que cuenta que nos deja indefensos ante las fuerzas del mercado.

La geometría –geoestratégica, económica, política y existencial– se ha vuelto radicalmente variable. Variable no es lo mismo que relativa. La geometría sigue teniendo sus formas y sus ángulos pero la costumbre y lo aprendido no sirven ya para entenderlos. Más bien requieren una distancia crítica e irónica, un saber bien lo que reamente cuenta y lo que no, un volver a examinarlo todo. ¿Con qué criterio?

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