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3 DICIEMBRE 2016
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¿Qué es la política?

Benigno Blanco | 0 comentarios valoración: 3  19 votos
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Interesa en estos momentos históricos de forma especial reflexionar sobre qué es la política pues muchos de nuestros políticos parecen ignorar en qué consiste la política y actúan como si fuesen –sin más– gestores de una cuenta de resultados. Esta forma de ver las cosas es errónea, reduccionista y peligrosa pues el político de verdad se parece más al padre de familia que al contable de empresa. El buen padre de familia (esta expresión clásica en nuestro Derecho incluye a las madres; que no se me escandalice ningún adalid del lenguaje de género, por favor) es –por supuesto– responsable de la cuenta de resultados familiar y trabaja para que los ingresos sean acordes a los gastos necesarios para que la familia salga adelante cumpliendo sus fines; pero para él –en cuanto tal– el fin no es el resultado positivo de esa cuenta de resultados, sino contar con los recursos necesarios para lo que sí es importante: que la familia se sostenga, cuide, eduque, tenga futuro y esté en condiciones de ayudar a sus miembros necesitados.

El buen contable, por el contrario, se preocupará solo de que la columna de activo y pasivo sean proporcionales y de que el resultado de la cuenta de resultados sea positivo. La realidad humana y social que hay más allá de esas cifras no es responsabilidad del contable. Pero sí es responsabilidad del político; la figura del político es más similar a la del padre de familia que a la del contable. Esto no significa que al político, como al padre de familia, no le deba preocupar la cuenta de resultados (ingresos y gastos); significa que para él eso siempre será instrumental, un medio, no un fin. Si un padre de familia creyese que es un gran padre porque a casa llegan más ingresos que los gastos existentes, sin preocuparse de si cada hijo es buena persona, recibe excelente educación, los miembros de la familia se cuidan entre sí, el abuelo no se muere de hambre o está solo y la madre está feliz… sería buen contable de la economía familiar, pero podría (seguro que lo es) ser un desastre como padre de familia.

Lo mismo les pasa a los políticos: si creen que limitándose a cuadrar las cuentas públicas son buenos gobernantes, cometen un grave error y defraudan a la sociedad a la que se supone sirven. Más allá de ese cuadre contable (control del déficit, optimización de los ingresos fiscales, contención del gasto público, gestión de la prima de riesgo, de la presión fiscal, de la deuda pública, etc) están las personas; y estas son lo importante; lo demás es instrumental; importantísimo, pero instrumental. Como en una familia, los recursos económicos suficientes son importantes –¡esenciales!– pero meramente instrumentales; por sí mismos no nos dicen nada sobre la calidad de la vida familiar ni sobre la bondad de la política desarrollada; son condición necesaria, pero no suficiente, para un juicio positivo sobre esa familia o ese gobierno.

Los políticos que presentan un buen resultado contable de su gestión (han reducido el déficit, hay más empleo, la prima de riesgo se ha reducido, etc) y creen que con eso la población debe aplaudirles y votarles, cometen el mismo error que esos padres de familia que aportan muchos recursos económicos, pagan caros colegios y máster de lujo y no entienden que sus hijos sean infelices, se enmierden en la droga o el sexo irresponsable y vegeten en la cultura de la irresponsabilidad y la molicie y que además su mujer sufra y no esté encantada con ellos y sus hijos piensen que son los peores padres de familia que conocen.

Esos padres y esos políticos, aunque trabajen mucho, generen muchos recursos económicos y garanticen solvencia financiera a la institución de que son responsables (en un caso, la familia; en el otro, la comunidad política), son un desastre y presidirán la destrucción de tal institución… aunque quizá nunca lleguen a entender su responsabilidad en ese inmenso daño causado por ellos mismos. Con el paso del tiempo se irán a su casa (en el caso de los políticos) o a su piso de divorciado (en el caso del padre de familia), pensando que ellos se han sacrificado por su país –por su familia–, que han obtenido resultados positivos, que nadie les entiende y que los responsables del desastre que ha seguido a su gestión son los demás; pero ellos son los responsables pues no han acabado de entender qué se esperaba de ellos, de unos líderes de comunidades humanas –familiares o políticas– para las que lo humano, las personas, son lo importante y la economía lo meramente instrumental.

Además, cuando el político o el padre de familia reducen su papel al de proveedor de recursos o contable, generan un vacío que alguien llena. En el caso de la política ese vacío lo llenan los populismos, es decir el voluntarismo arbitrario que promete el paraíso más allá de la economía convirtiendo la política en mera voluntad de poder. En el caso de la familia, ese vacío lo llenan los voluntarismos privados llámense droga, sexo irresponsable o comuna o secta, es decir algo que dé sentido a lo que ha dejado de tenerlo, la propia vida. En uno y otro caso la razón ya no importa, los datos objetivos son irrelevantes; es solo el ansia de sentido lo que mueve; y éste, sin razón, sin criterio, es una bomba potencialmente destructora de las personas y las comunidades. Y en eso estamos.

La política reducida a oficio de contables, como la paternidad reducida a responsabilidad de proveedor de recursos materiales, ayudan a entender algunas de las cosas que nos pasan y a entender algunas claves esenciales de la actual y futura dinámica electoral española y de –por ejemplo– la reacción europea ante la llamada “crisis griega”.

Frente a este estado de cosas, cabe otra forma de ver las cosas: contemplar la comunidad política y la familia y su gobierno como una expresión de la virtud de la prudencia para trabajar por el bien común, entendiendo éste como el conjunto de circunstancias que permiten a todos los miembros de la familia o a todos los ciudadanos estar en condiciones óptimas para ser buenas personas, lo que presupone el óptimo económico pero no como fin en sí mismo sino como mera condición sine qua non. Esta óptica permitiría formular nuevas políticas en España y en Europa.

¿Alguien se atreverá a hacer presente en nuestra vida política este nuevo, aunque viejísimo, paradigma político?

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