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2 DICIEMBRE 2016
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El mensaje del Papa al Meeting de Rímini

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Con motivo de la 36ª edición del Meeting por la Amistad entre los Pueblos que se celebra en Rímini bajo el lema «¿De qué es ausencia esta ausencia, corazón, que de repente te llena?» (inspirado en un verso del poeta Mario Luzi), el Santo Padre Francesco ha enviado al obispo de Rímini, Mons. Lambiasi, mediante el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, el siguiente mensaje:

La sugerente y poética expresión elegida como lema de este año ¬–“¿De qué es ausencia esta ausencia, corazón, que de repente te llena?” (Mario Luzi)− pone el acento sobre el “corazón” que reside en cada uno de nosotros, que san Agustín describió como “corazón inquieto”, que nunca se contenta y que busca algo a la altura de su espera. Es una búsqueda que se expresa mediante preguntas sobre el significado de la vida y de la muerte, sobre el amor, el trabajo, la justicia, la felicidad.

Pero para ser dignos de encontrar una respuesta, hay que tomar seriamente en consideración la propia humanidad, cultivando siempre esta sana inquietud. Con tal compromiso –nos dice el Papa Francisco– «es posible acudir simplemente a alguna experiencia humana frecuente, como la alegría de un reencuentro, las desilusiones, el miedo a la soledad, la compasión por el dolor ajeno, la inseguridad ante el futuro, la preocupación por un ser querido» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 155).

Aquí vemos salir a la luz una de las grandes cuestiones del mundo actual: ante tantas respuestas parciales, que solo ofrecen «falsos infinitos» (Benedicto XVI) y que producen una extraña anestesia, ¿cómo dar voz a los interrogantes que todos llevamos dentro? Ante el sopor de la vida, ¿cómo despertar la conciencia? Para la Iglesia se abre un camino fascinante, como al inicio del cristianismo, cuando los hombres se afanaban en la vida sin el coraje, la fuerza o la seriedad necesarios para expresar las preguntas decisivas. Como le sucedió a san Pablo en el Areópago, hablar de Dios a quienes han reducido, censurado u olvidado sus porqués genera una extrañeza que nos parece lejana de la vida real, con sus dramas y sus pruebas.

Por eso ninguno de nosotros podrá comenzar un diálogo sobre Dios si no alimenta la llama humeante que arte en su corazón, sin acusar a nadie por sus límites –que son también los nuestros– y sin pretender, pero sí acogiendo y escuchando a todos. La tarea de los cristianos –como le gusta repetir al Papa Francisco– consiste en abrir procesos más que en ocupar espacios (cfr ibid., 222). Y el primer paso es precisamente volver a despertar el sentido de esa ausencia de la que el corazón está lleno, y que tan frecuentemente yace bajo el peso de fatigas y esperanzas desilusionadas. Pero “el corazón” está, y siempre está buscando.

El drama de nuestros días consiste en el peligro que se refiere a la negación de la identidad y de la dignidad de la persona humana. Una preocupante colonización ideológica reduce la percepción de las verdaderas necesidades del corazón para ofrecer respuestas limitadas que no toman en consideración la amplitud de la búsqueda de amor, verdad, belleza, justicia que reside en cada hombre. Todos somos hijos de este tiempo y sufrimos el influjo de una mentalidad que ofrece nuevos valores y oportunidades, pero que también puede condicionar, limitar y engañar al corazón con propuestas alienantes que apagan la sed de Dios.

Pero el corazón no se contenta porque, como decía el Papa Benedicto XVI dirigiéndose a los jóvenes de San Marino, «es una ventana abierta al infinito» (19 de junio de 2011). ¿Por qué debemos sufrir y al final morir? ¿Por qué existe el mal y la contradicción? ¿Vale la pena vivir? ¿Todavía se puede esperar en medio de una “tercera guerra mundial por partes” y con tantos hermanos perseguidos y asesinados por motivo de su fe? ¿Aún tiene sentido amar, trabajar, hacer sacrificios y comprometerse? ¿Dónde acabará mi vida y la de las personas que no querríamos perder nunca? ¿Para qué estamos en el mundo?... Son preguntas que todos se plantean, jóvenes y adultos, creyentes y no creyentes. Antes o después, al menos una vez en la vida, a causa de una prueba o de un acontecimiento alegre, reflexionando sobre el futuro de los hijos o sobre la utilidad del propio trabajo, cada uno tiene que hacer cuentas con una o varias de estas preguntas. Ni siquiera el negador más empedernido consigue extirparlas totalmente de su propia existencia.

La vida no es un deseo absurdo, la ausencia no es el signo de que hemos nacido “tarados”, sino al contrario, es la campana que nos anuncia que nuestra naturaleza está hecha para cosas grandes. Como escribió el siervo de Dios monseñor Giussani, «las exigencias humanas constituyen una referencia, una afirmación implícita de la realidad de una respuesta última que está más allá de las modalidades existenciales que se pueden experimentar. Si se elimina la hipótesis de un “más allá”, esas exigencias se ven sofocadas de forma antinatural» (<i>El sentido religioso</i>). El mito de Ulises nos habla del <i>nostos algos</i>, la nostalgia que solo puede hallar satisfacción en una realidad infinita.

Por eso Dios, el Misterio infinito, se ha inclinado sobre nuestra nada sedienta de Él ofreciendo así la respuesta que todos esperan sin ni siquiera darse cuenta, mientras la buscan en el éxito, el dinero, el poder, las drogas de cualquier tipo, en la afirmación de los propios deseos momentáneos. Solo la iniciativa de Dios creador podía colmar la medida del corazón; Él nos ha salido al encuentro para dejarse encontrar por nosotros como se encuentra a un amigo. De tal modo que podemos descansar hasta en un mar en tempestad, porque estamos seguros de su presencia. Dice el Papa Francisco: «Aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. (…) Aunque la vida de una persona sea terreno lleno de espinas y hierbajos, alberga siempre un espacio en que puede crecer la buena semilla. Es necesario fiarse de Dios» (<i>La Civiltà Cattolica</i>, 19 de septiembre de 2013).

Con el lema de este año, el Meeting puede cooperar en una tarea esencial de la Iglesia, a saber, «no consentir que alguien se conforme con poco, sino que pueda decir plenamente: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20)» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 160), porque el de Jesús «es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano» (ibid., 165). Jesús «vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. (…) Un amor activo, real. (…) Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida» (Papa Francisco, discurso en un Centro de rehabilitación en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 10 de julio de 2015). Aquí está la contribución que la fe cristiana ofrece a todos, y que el Meeting puede testimoniar sobre todo con la vida de las personas que lo realizan.

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