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4 DICIEMBRE 2016
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Perseguidos, no aplastados

Davide Giuliani | 0 comentarios valoración: 3  50 votos
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Un testimonio conmovedor porque abre el corazón de par en par. En el espacio de dos horas los kilómetros que separan a Rímini de Iraq y Siria se borran y el pueblo del Meeting se estremece. Todo el bullicio del recinto ferial se detuvo. Miles de personas escuchando el testimonio de Douglas Al-Bazi, párroco iraquí en Erbil, y el padre Ibrahim Alsabagh, franciscano responsable de la comunidad latina de Alepo. Todos son atraídos por sus palabras que hablan de sufrimiento, sí, pero también de certeza en el presente y esperanza en el futuro. El impacto emotivo en la sala es fuerte y se ven varias lágrimas.

El primero en intervenir es el padre Douglas: “Yo soy el pueblo de los cristianos en Iraq”, dice con fuerza. Ha huido en dos ocasiones de ataques con explosivos, estuvo secuestrado durante nueve días, sin agua, y ha sido víctima de disparos. Su historia está marcada por el sufrimiento, que se refleja en su intervención. “El padre Douglas pasará al número de nuestros mártires”, oyó decir al sacerdote que se encargó de negociar su liberación. Por eso comprende por qué de los dos millones de cristianos presentes en Iraq antes de la intervención americana de 2003 para abatir a Saddam Hussein solo queden 200.000, un pueblo que en los últimos cien años ha sido atacado hasta ocho veces.

“Atacan a los cristianos porque somos los últimos formados”, porque somos los últimos en difundir la cultura. Pero como todos los cristianos iraquíes, el padre Douglas no se deja aplastar por lo que sucede: “Cuando estaba en prisión, usaba los diez eslabones de la cadena con que me ataron para rezar el rosario. Miradme a la cara, ¿os parezco asustado? Pues así es mi gente”.

“No me toméis por uno que ha renunciado”, prosigue el padre Douglas. “Soy un sacerdote y creo que me matarán, pero me preocupo por mi comunidad igual que haría una madre. Creo que nos destruirán en Oriente Medio, pero la última palabra será la nuestra y será ‘Jesús nos ha salvado’”. Concluyó con una petición a todos los cristianos que viven en Occidente: “Sed nuestra voz”.

Distinto todo tuvo la intervención del padre Ibrahim, uno de los trece frailes franciscanos aún presentes en Siria. En su visita al Meeting de tres días, quiso aclarar inmediatamente cuál era su objetivo: “Estoy aquí para compartir la alegría de la fe”. Su parroquia se encuentra bajo protección del gobierno regular sirio, pero los yihadistas están tan solo a unos metros. De los bombardeos constantes no se libran las iglesias, las mezquitas, los niños ni los ancianos; al problema de la seguridad se añade también el coste de la vida, que cada vez es más cara. Un tiempo que el padre Ibrahim compara con el Apocalipsis: “Estamos en el caos, nos falta todo. ¿Cómo convencer a los cristianos de que se queden en este país? Muchos lo han abandonado y lo harán en el futuro”.

Lo que está en juego es muchísimo y es evidente para los que viven todos los días en Siria: “Si el Señor ha plantado la semilla de la cultura cristiana en Oriente Medio, nosotros tenemos derecho a llevar adelante este árbol. Nuestra tarea consiste en dar fruto allí, seguir testimoniando nuestra fe. ¿Cuánto tiempo haría falta si no para replantar el cristianismo en nuestra tierra?”

Así, en el compromiso cotidiano la fe se hace inteligente y creativa. “Hay gente pobre que espera de nosotros muchas cosas”, afirma el padre Ibrahim. “Nuestras respuestas no pueden ser solo pasivas, no podemos limitarnos a invitar a resistir. La acción que llevamos adelante es positiva: Jesús nos enseña en el Evangelio a donar el perdón a los que nos crucifican, incluso aunque no lo pidan”.

Los franciscanos intentan responder a las necesidades primarias, como el agua potable. El pozo de su parroquia es un punto de referencia para los que viven alrededor, ya sean cristianos o musulmanes. Muchos ancianos no pueden transportar el agua hasta sus casas, y por eso han creado un pequeño grupo de voluntarios que se la hacen llegar. “Enamorado de los estudios”, admite el padre Ibrahim, “me encuentro haciendo de bombero, enfermero y, como último papel, sacerdote. Esta es la vida de un consagrado para ayudar a la Iglesia”.

Como muestra un botón. El padre Ibrahim vio en una ocasión a un hombre llevando el agua, iba muy sucio, bañado en aceite, así que el franciscano se ofreció a ayudarle. El hombre lo rechazó, preocupado porque el hábito del religioso se echase a perder. “Nuestro hábito está hecho para ensuciarse al servicio de los demás”, fue la respuesta del franciscano: “Esta es nuestra vocación”.

Después de estos recuerdos volvió a hablar de sufrimiento, del miedo de la gente, que intenta evitar cualquier discurso sobre fundamentalismo. “No sabemos cuándo acabará, pero no importa el cuándo ni el cómo. Lo importante es testimoniar a Cristo, solo después viene la solución política, humanitaria... Testimoniar la vida cristiana amando, perdonando y pensando también en la salvación de quien nos causa este mal”. El padre Ibrahim no consigue contener su conmoción a causa de la que provocan sus palabras en muchos de los presentes entre el público. “Ofrecemos nuestra sufrimiento por su salvación, rezamos por ellos”.

Es imposible quedar encerrado en uno mismo, es necesario mantener abiertas las fronteras del diálogo. “El cristiano es tan fuerte que puede confrontarse con todos los demás sin perder su propia naturaleza, que está hecha de diálogo, de intercambio de experiencias. Esto es lo que intentamos hacer con nuestros vecinos musulmanes”.

Al acabar el encuentro, un regalo inesperado para los presentes. Giacomo Fiordi, voluntario de AVSI en el campo de refugiados de Erbil, envía un video con una entrevista a Myriam, una niña de diez años que huyó de Qaraqosh con su familia y cuyo video en YouTube ha conmovido al mundo entero. Un testimonio de esperanza que hace sonreír hasta al padre Douglas y que anticipa el próximo Meeting, al que el padre de Myriam ha expresado el deseo de acudir.

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