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5 DICIEMBRE 2016
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La Iglesia no combate

Marta Dell`Asta | 0 comentarios valoración: 3  25 votos
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Este verano ha estado marcado por acaloradas polémicas en Rusia por los ataques de jóvenes ultra-ortodoxos contra obras de arte consideradas “sacrílegas” y ofensivas contra los sentimientos cristianos. Primero en Moscú, donde el 14 de agosto un grupo autodenominado sin ningún tipo de modestia “Voluntad de Dios”, destrozó cuatro obras del escultor Vadim Sidur expuestas en una muestra colectiva. Otra incursión similar tuvo lugar el 26 de agosto, cuando una pareja repitió este tipo de acción al grito de “¡acabemos con ello!”. Después, en San Petersburgo, algunos "observantes celosos" han arrancado de una histórica plaza de estilo liberal un bajorrelieve que representaba a Mefistófeles. Dicho sea de paso que la citada exposición, titulada “Las esculturas que no vemos”, no era especialmente agresiva, y estaba dedicada a algunos autores que cayeron en el ostracismo en la época soviética por pertenecer a grupos “no conformistas” y considerados entonces artistas religiosos. De hecho, encontramos obras de Sidur en Düsseldorf, Berlín o Princeton.

La cuestión es que durante las últimas semanas han llovido chispas entre dos campos que parecían no tener posibilidad alguna de diálogo. El bando laico, malvado y despectivo, impreca contra el oscurantismo de los creyentes que pretenden imponer en el arte sus propios criterios morales. Por su parte, la Iglesia grita contra el sacrilegio y afirma que la ofensa internacional al sentir religioso es presagio de desastre para la sociedad. En este “muro contra muro”, la verdadera cuestión, en mi opinión, no está en lo que dicen muchos ortodoxos, es decir en el odio contra la Iglesia, sino antes que eso en la pregunta radical que estos incidentes plantean perentoriamente a la propia Iglesia. Esto es, en qué consiste su presencia en el mundo, su testimonio en la verdad. Si la defensa del bien, de la moral, se convierte en la afanosa o agresiva contraposición frente a sus enemigos, es casi inevitable que la especificidad del cristianismo, su “insensata” misericordia, en vez de piedra angular sea fuente de escándalo para los propios cristianos.

Esta impostación belicosa, que en realidad es débil y defensiva, comenzó a tomar forma en 2013, cuando el Patriarcado de Moscú empezó a presionar para que la Duma aprobase la nueva ley de “defensa de los sentimientos de los creyentes”. Algo tan volátil como los “sentimientos”, comentó entonces el experto Massimo Introvigne, en una entrevista con una publicación rusa: "En el derecho de la Europa continental no se defienden sentimientos sino derechos, la inviolabilidad de la persona y de la propiedad, la reputación, etc”. El problema que ha estallado este verano viene por tanto de allí, del hecho de que la Iglesia ortodoxa, marcada por décadas de persecución y burla, haya pretendido públicamente un resarcimiento y una visibilidad “de oficio” de sus propios sentimientos. Muchos de sus miembros, sacerdotes y fieles, están convencidos de que no defender activamente el bien equivale a apoyar el mal. Ahí está el equívoco, y de ahí la tentación de hacer gestos demostrativos, como afirmó el padre Chaplin, portavoz del Patriarcado: de ahora en adelante, “en los procesos sociales, al señalar la frontera entre el bien y el mal en el espacio público, ya no se decidirá en secreto en los despachos, con una llamada o en los pasillos sino en el debate abierto y en la acción civil. Si alguien aún no ha comprendido, así lo comprenderá”.

Ante expresiones tan desafiantes como estas, donde se percibe una cierta aprobación a “acciones civiles” entendidas como enfrentamiento, un párroco moscovita, el padre Aleksei Uminskij, apuntó que algunos creyentes ponen sus propios “sentimientos ofensivos” por encima del mismo Cristo, tanto que parecen amar más la lucha que a Cristo y la realidad de su salvación. En nombre de una instintiva y generosa defensa de la fe, terminan por convencerse de su deber de salvar algo, olvidando que somos nosotros quienes en primer lugar somos salvados.

Este fuego combativo y apologético, duro pero en último término frágil por su apelación a sentimientos, no solo contagia a los cristianos rusos; también en Europa, ante desafíos graves y globales, muchos cristianos se movilizan pero al mismo tiempo se dejan llevar por el sentimiento de ofensa y por el pánico al asedio. El primer efecto es el de crear cada vez más distinciones y divisiones, por lo que rápidamente se identifican enemigos fuera y dentro de la Iglesia. El frenesí del mal a combatir y del enemigo a combatir hace olvidar cuál es la naturaleza de la esperanza cristiana, como sugiere con radicalidad el padre Uminskij: "Cuando se combate contra el mal, siempre se empieza condenando a alguien, sus acciones, luego se le identifica con sus acciones, después le adjuntamos una etiqueta y por último lo deshumanizamos, entonces ya podemos destruirlo”.

En cambio, “diré algo un poco extraño, pero la Iglesia no tiene el objetivo de combatir el aborto, la criminalidad, la droga, las uniones homosexuales. Por el sencillo motivo de que la Iglesia no lucha contra el mal, sino que le hace frente con lo que es…”.

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