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5 DICIEMBRE 2016
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Reflexiones éticas sobre el secesionismo catalán

Benigno Blanco | 0 comentarios valoración: 3  30 votos
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Obviamente una reflexión sobre un problema político nunca es apolítica, pero con el título he querido indicar que pretendo atenerme a una óptica de análisis o perspectiva ajena a la lucha partidista en curso en España a raíz del expreso propósito secesionista de una parte de los políticos y la sociedad catalanes que tendrá concreción electoral el próximo 27-S. Y hablo de secesionismo porque eso es lo que Mas y quienes le acompañan en el proyecto se proponen: romper la unidad política, jurídica, económica y moral de España por el procedimiento de segregar una parte del todo al margen de la voluntad del todo y del marco jurídico común existente.

Parto de la base de que la unidad de España no es un bien moral absoluto: al igual que hubo un tiempo en que no existió, probablemente habrá un momento en que ya no exista, bien por haberse disuelto en unidades más pequeñas (como en la historia les ha sucedido a los imperios romano, otomano o español) o bien por haberse diluido en una unidad mayor (como les sucedió a los estados norteamericanos que se integraron en los USA actuales o a los principados germánicos medievales que se incorporaron a lo que hoy es Alemania). Defender intelectualmente y trabajar políticamente por la superación de la realidad actual de España me parece legítimo y discutible en paz.

Pero en el actual planteamiento del secesionismo catalán hay factores que no me parecen moralmente neutros, sino sumamente erróneos y peligrosos para la construcción de una sociedad justa y humana. Entre ellos –y sin ser exhaustivo– me permito resaltar los siguientes que comentaré a continuación: la defensa del voluntarismo al margen del Derecho como forma legitimadora en política; la consagración del derecho a decidir como fuente de la justicia; la sustitución de la razón por la emoción y el sentimiento colectivos como palanca de las decisiones políticas; el desprecio al bien moral que supone la convivencia en paz; la conversión de la mentira en argumento habitual de la política; la subordinación acrítica de la sociedad civil al poder político del momento con técnicas totalitarias de exclusión y muerte civil.

Lo sorprendente –y también a ello me referiré– es que los que se oponen al secesionismo catalán, incluido el Gobierno de España, han incurrido también en los mismos desafueros morales, aunque en general en medida y con intensidad menores.

El voluntarismo al margen del Derecho como forma legitimadora en política

El secesionismo catalán afirma su legitimidad a partir del principio de que si una mayoría lo quiere la secesión es legítima; olvidando así que la voluntad, el mero querer, no es el último criterio de legitimidad ni en las relaciones personales ni en las familiares o económicas ni, por supuesto, en las políticas. La libre voluntad es requisito imprescindible para que una conducta humana sea legítima o buena, pero no es condición suficiente para ello. Al revés: afirmar la exclusiva primacía de la voluntad como criterio legitimador de la bondad o malicia de un acto supone la total abdicación de la moral y la afirmación política del relativismo más absoluto en moral y del totalitarismo en política. Con tal criterio, sería bueno o legítimo lo que yo (persona particular o grupo social o nacional) quiero y al margen de si lo que quiero sea objetivamente un bien o un mal. El violador quiere violar pero ese querer no hace buena o legítima la violación.

La mera voluntad, para adquirir legitimidad moral, necesita actuar en el ámbito del respeto al bien moral objetivo y –si de decisiones de trascendencia social y política se trata– en el ámbito del Derecho vigente, pues el respeto a la ley es un bien moral a respetar (no trato aquí los casos límite de una ley opuesta radicalmente al bien moral absoluto, pues no es el caso que nos ocupa, dado que la independencia de Cataluña no es un bien moral absoluto como no lo es la unidad de España según dije más arriba). En mi opinión este es el gran error del secesionismo: se basa en un error moral de inmensa trascendencia. Sobre ese error no se puede construir nada bueno ni justo pues lleva en sí mismo el germen de la autodestrucción.

En la reacción gubernamental frente al intento secesionista no suele analizarse esta dimensión del problema porque, en el fondo, los portavoces de la mayoría gubernamental están inmersos en el mismo voluntarismo que lleva a creer que lo que aprueba la mayoría de por sí es legítimo. Por eso se limitan a argüir, frente al voluntarismo del secesionismo, el voluntarismo del parlamento español; este argumento es válido pero insuficiente y de escaso recorrido.

La consagración del derecho a decidir como fuente de la justicia

Este error es consecuencia del anterior pero no se identifica con él; por eso merece un análisis autónomo. Llama la atención –aunque no puede sorprender a quien piense en serio en estos temas– que se utilice la misma expresión y concepto (derecho a decidir) para defender cosas tan aparentemente distintas como la secesión de Cataluña y el aborto o la eutanasia. Bajo esa expresión se oculta en uno y otro caso la presunción de que no existen bienes ajenos a la propia voluntad que sean dignos de consideración y respeto; es un prejuicio ideológico, hijo del voluntarismo ajeno a la ética realista; error que coloca el propio discurso más allá de la razón y lo hace inmune a la crítica o al contraste con otro. Si la única fuente de legitimidad es “yo quiero”, sobran todas las razones; e incluso la consideración de la realidad, la ética y la reflexión racional devienen imposibles o irrelevantes. Esto sucede con quienes defienden el aborto como si el no nacido no existiese o fuese indigno de consideración alguna. Lo mismo sucede con el secesionismo: la única fuente de legitimidad es el “yo quiero” separarme, luego lo que ayude a ese propósito es bueno y lo que lo obstaculice es malo; todo lo demás –y todos los demás– no importa, como el niño no nacido no le importa al abortista.

Este trasfondo intelectual del secesionismo es incompatible con una sociedad humana. Si quienes piensan así llegan a construir una sociedad en la que imponer sus ideas, no envidio a sus ciudadanos pues van a sufrir muchas arbitrariedades abusivas en nombre de los mismos principios que les han movido a la secesión.

El Gobierno de España, al hacer frente al secesionismo, desde el mismo planteamiento positivista (ley contra ley, parlamento contra parlamento, gobierno contra gobierno) incurre en el mismo error de fondo y por eso –entre otras cosas– no es eficaz y nos aboca a una situación sin salida. Falta aliento ético, democrático de verdad, en la oposición gubernamental al secesionismo.

La sustitución de la razón por la emoción y el sentimiento colectivos como palancas de las decisiones políticas

Cuando se renuncia a la razón y la moral para construir la propia vida o la política y se echa uno en manos del mero voluntarismo, el terreno de la movilización se reduce al emotivismo y el sentimentalismo ayunos de racionalidad. Ya no se trata de analizar la realidad y ver lo que tiene de valioso y digno de respeto, sino de agitar emociones alimentándolas a través de eslóganes y de medios de comunicación afines que machaquen las conciencias como el Gran Hermano de Orwell. Así la mentira se adueña progresivamente del lenguaje y el discurso, sustituyendo progresivamente a la razón; hasta que llega un momento en que en un clima de exaltación emocional colectiva ya no se escucha la verdad sino solo lo que excita y ratifica el propio sentimiento: ya el debate racional es imposible y es sustituido por escenificaciones colectivas que exciten aún más a las masas, generando aún mayor coacción sobre el discrepante. En estas técnicas los nazis fueron maestros, pero estamos viéndolas también en Cataluña estos últimos años como las vemos en la defensa del aborto.

Desde el Gobierno de España y sus medios afines se intenta frecuentemente jugar en el mismo terreno: se usan y manipulan casos concretos de abuso secesionista para excitar sentimientos contrarios y beligerancia emotiva contra el secesionismo. ¡Qué poca cosa y qué superficialidad!

El desprecio al bien moral que supone la convivencia en paz

El secesionismo no tiene en cuenta para nada que la convivencia en paz existente como fruto de la historia es un bien moral por el hecho de existir: España –como cualquier otro país– es un ámbito de convivencia en paz para las familias y las personas fruto de la historia; y cargarse esa convivencia en paz de forma voluntarista y al margen del conjunto de los afectados supone un daño moral de inmensa trascendencia. Esto no significa sacralizar lo existente, sino poner de manifiesto que volar las estructuras en que millones de personas vivimos en paz para ver qué pasa es una irresponsabilidad moral de alto calibre.

Yo soy hipercrítico con algunas de las leyes de España y en cuestiones esenciales como la defensa de la vida y la familia, pero no por eso me creo legitimado para impugnar la convivencia pacífica en nuestro país. Lo que no me gusta, intentaré cambiarlo; pero no generando un mal añadido como sería desestabilizar la base de la sociedad. A los secesionistas les falta el aprecio a la libertad y la paciencia necesarias para defender sus ideas y proyectos sin causar males generales para todos.

En el discurso político del Gobierno de España se nota una cierta incapacidad intelectual para defender ese bien moral con legítimo orgullo; como mucho se defiende la UE como mercado, pero no la sociedad española como ámbito de convivencia en paz. Parece que la sombra de la manipulación franquista de la idea de España sigue pesando como una losa sobre la derecha española a la hora de defender España como espacio de libertad y convivencia.

La conversión de la mentira en argumento habitual de la política

Cuando la actuación política se basa en el mero voluntarismo ayuno de razón y se apoya en las emociones colectivas, debe acudir necesariamente a la mentira para construir su discurso, pues demostraría su desnudez intelectual exhibirse como lo que es. Eso les sucedió a los totalitarismos del siglo XX y les sucede hoy al abortismo y a los ideólogos de género, como le sucede al secesionismo. Es inevitable: la mentira habitual es la falsa apariencia del voluntarismo irracional para presentarse en sociedad bajo la apariencia de estar vestido de razones.

Así se reconstruye, se inventa, la historia; se falsea el marco jurídico aplicable; se niega la evidencia de la voluntad de los demás como inexistente o irrelevante. Por ejemplo, nos dirán que ningún demócrata puede oponerse al “derecho a decidir” obviando que el derecho a decidir es legítimo solo en el marco del ordenamiento jurídico vigente y cuando pueden decidir todos los afectados por la decisión a tomar y no solo una parte de ellos. Se negará que la secesión implica la autoubicación fuera de la UE por propia decisión a pesar de la evidencia jurídica en contrario y hasta se dirá que se puede estar fuera de España y que el Barça jugará en la liga española… con el único argumento de que “cómo van a vivir los demás –la UE o la Liga– sin nosotros”. Son posturas de adolescente rebelde que piensa que puede negar a sus padres y las normas del hogar, pero que seguirá gozando de la cobertura paterna y hogareña para todo lo que necesite. Como el adolescente, el secesionista piensa que puede adquirir todos los derechos del independiente adulto pero –por supuesto– conservando los demás todas las obligaciones naturales con él como menor de edad. No es un planteamiento serio y adulto.

Por razones que no logro entender, el Gobierno de España no es capaz de denunciar con eficacia aplastante esta apelación del secesionismo a la mentira. Quizá porque le falta convicción sobre la verdad alternativa.

La subordinación acrítica de la sociedad civil al poder político del momento con técnicas totalitarias de exclusión y muerte civil

Cuando mi voluntad y mis emociones son el único criterio aceptable, quienes no aceptan mi imposición son malos y represores. Es la mentalidad del adolescente rebelde y la del secesionista que convierte en dignos de rechazo total a quienes percibe como contrarios al despliegue de su voluntad; estos no son ya personas que piensan de forma distinta sino que son mis enemigos, los que reprimen el despliegue de mi libertad, son los enemigos a batir y excluir. Esta dinámica se expande ya en la sociedad catalana y aquí reside otro mal moral del secesionismo: el discrepante pasa a ser el enemigo y se vuelven subjetivamente legítimas todas las formas de rechazo al mismo. Así se va creando un clima de exclusión y progromo contra quien no apoya la causa secesionista; el clima de libertad se va extinguiendo en beneficio de una sociedad de buenos y malos, de los nuestros y “los otros”, sembrándose así las semillas de un nuevo totalitarismo aunque se siembren con una aparente sonrisa.

El Gobierno de España y sus apoyos políticos sí han denunciado esta dimensión del secesionismo de forma constante, pero al hacerlo al margen de las anteriores cuestiones, su denuncia ha resultado poco creíble y eficaz.

En varios momentos de este escrito hemos comparado o asimilado la mentalidad subyacente al secesionismo con la que subyace al abortismo y la ideología de género. No tenemos ahora tiempo de profundizar en esta raíz común, pero baste de momento con decir que la misma mayoría política que impulsa el secesionismo catalán ha creado en esa CA la legislación más radical existente en nuestro país contra la vida, la familia y la libertad de educación, estableciendo un marco jurídico de imposición de los postulados de género a toda la sociedad de clara matriz totalitaria. Este hecho no es casualidad y plantea una pregunta digna de ser considerada a esos cristianos secesionistas que nos escriben cartas de publicidad pagada a todos los españoles para intentar convencernos con citas manipuladas de los Papas del carácter cristiano de su opción.

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