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26 MAYO 2017
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Realismo para neutralizar el gen suicida

Fernando de Haro

El asunto se convierte en noticia, como en el caso del lino, cuando están a punto de celebrarse unas elecciones autonómicas muy importantes para el PSOE. Ahora, como en 2003, El País ofrece una cobertura mediática mayúscula, el sumario está filtrado y hay un beneficio político demasiado evidente. Hace seis años el beneficio era para José Bono, candidato a la Junta de Castilla-La Mancha, ahora es para Zapatero, que se ha convertido en el candidato único  de todas las elecciones en las que se presenta su partido, también en las que se celebran el próximo 1 de marzo en el País Vasco y en Galicia. Esperemos que al juez Garzón, el juez que, entre otras muchas cosas, quería procesar a Pinochet, abrir una causa general contra el franquismo y juzgar a Aznar por la Guerra de Iraq, la Audiencia Nacional no acabe diciéndole que su instrucción es una auténtica chapuza y que todos son inocentes. Parece que ha vuelto a la vieja técnica del corta pega de viejos dossieres en los que aparecen personajes cutremente enamorados del dinero fácil, señoras rellenas de silicona y tostadas bajas las lámparas de rayos UVA. Chorizos paletos a los que les parece el  pelotazo del siglo un apartamento en las playas sin alma y sin agua fría de Miami, una moto de marca desconocida o un traje caro. Espuma de segundas legislaturas en las que siempre aparecen sujetos que por una mordida o dos voces en el móvil se creen los dueños del mundo, a pesar de tener más de 30 años y de no haber llorado jamás ante la estatua de Alejandro Magno. Se les ve en la cara, en los andares.

La jugada de Garzón es demasiado evidente. Pero ha hecho falta que El Mundo desvelara que el magistrado y el ministro de justicia Bermejo habían cazado en varias ocasiones juntos para que el PP recuperase el aliento. Eso es lo que diferencia este momento del que se vivió en 2003. El diario que dirige Pedro J. Ramírez le ha dado un respiro a Génova, pero seguramente sólo sea una tregua. Porque ese rotativo, como buena parte de la oposición social y mediática a Zapatero, está dominado por una especie de "gen suicida". Los genes suicidas son genes manipulados en laboratorio que se utilizan en la terapia contra el cáncer para provocar la muerte celular. La fórmula obtiene sus resultados en el ámbito médico pero es sin duda muy pernicioso en el ámbito social. La derecha española había sido siempre cainita pero no revolucionaria. Se ha producido una mutación genética. No es casualidad que muchos de los más activos anti-zapaterianos provengan de la izquierda. Hacen suya la enseñanza de Rousseau: el origen de todos los males está en el totalitarismo, no hay pues ni más responsabilidad que la que se deriva del mal gobernante ni más cambio posible que el de las estructuras. Y no olvidan el gran principio de Lenin: cuanto peor, mejor para acelerar el cambio.

Eso, y que Zapatero sea otro revolucionario, explica que el gen suicida genere cierta complacencia y pasividad en un país en el que nos acercamos a los cuatro millones de parados, en el que el presidente del Gobierno en la comparecencia de esta semana en el Congreso no ha concretado ninguna medida para hacer frente a la crisis y en el que hay demasiados encantados con  que la oposición se derrumbe definitivamente. No sabemos si la crisis se va a llevar a Zapatero por delante, pero no es cierto que cuanto más empeoren las cosas más cerca puede estar el cambio. Como explica Arendt, la gran diferencia entre la revolución francesa y la revolución estadounidense es que la primera quiso provocar un cambio y generó el desastre, y la segunda se limitó a reconocer el cambio que ya estaba presente y consiguió así una democracia  estable. Si el cambio no empieza ya, no llegará nunca. 

No es tampoco verdad que cuanto antes vuele por los aires el PP, más pronto tendremos una nueva oposición más fuerte y más eficaz. A diferencia de los hijos de cierta ilustración francesa, partidarios del gen suicida y de una confianza ciega en la transformación de las estructuras, la tradición católica enseña desde siempre la responsabilidad y el realismo. Responsabilidad indelegable de cada uno para hacer frente a la crisis, para ayudar a los que no tienen trabajo, para crear riqueza sostenible, incluso para esa caridad que nunca dejará de ser necesaria. Realismo para construir con paciencia.

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