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11 DICIEMBRE 2016
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Pros y contras a la nueva intifada, voces palestinas enfrentadas

Mélinée Le Priol | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Si preguntáramos a los palestinos de Cisjordania qué piensan de la violencia homicida que ha estallado desde hace unas semanas en Tierra Santa, la gama de respuestas sería variada, pero es posible describir algunos elementos en común.

Algunos piensan que es la «tercera intifada». Así dice Zayna Usini, de 16 años, desde el salón de su casa en Nablus. «Esta es la definitiva –añade-. Venceremos y liberaremos Palestina». La adolescente no ha salido aún a la calle (sus padres velan por los cinco hijos, porque «no quieren perder a ninguno») pero no esconde el deseo de tomar parte en la sublevación. «También yo quisiera atacar a los soldados israelíes a pedradas –asegura-. Quiero liberarme de la rabia que tengo dentro».

Como muchos de su generación, Zayna no ha vivido ninguna guerra ni intifada, pero conoce la ocupación israelí con toda su gama de frustraciones, expropiaciones de terrenos, demoliciones de casas y abusos cotidianos por parte de colonos y soldados. «Los jóvenes son los primeros en sufrir las humillaciones ligadas a la ocupación», observa el jurista Anuar Abu, de Hebrón. «Para un viejo como yo –dice- los check-point no son una gran molestia. Pero un joven no puede eludir los controles de identidad». Si el objetivo era matar en estos jóvenes la esperanza o el deseo de resistencia, no lo han conseguido, más bien al contrario. En muchos casos no temen ni la muerte ni la violencia.

Para estos jóvenes la palabra intifada no es demasiado incómoda. Como los dirigentes de Hamas en Gaza, no han tenido miedo a evocarla según aumentaba la violencia, en octubre pasado, a diferencia de los líderes de la Autoridad Palestina, que son más cautos. El término está mitificado, con su capacidad de evocar los recuerdos de anteriores sublevaciones palestinas en 1987 y 2000. «Estos chicos conviven con los fantasmas de las dos revueltas anteriores», comenta Fadi Katán. En la sublevación actualmente en curso, el miembro de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) encuentra varias similitudes con la primera intifada, sobre todo en cuanto a la indumentaria: kefie o turbante enrollado en torno a la cabeza, escondiendo el rostro de quien lanza las piedras. La revuelta de 1987, observa Katán, «es lo suficientemente lejana en el tiempo como para asumir el nivel de mito».

La segunda tendencia es la de los palestinos con más edad y con un discurso menos evidente, más alejado, pero que apoyan el movimiento de rabia. Los que lanzan piedras en las calles tienen entre 13 y 20 años. «Respeto a todos esos chicos que salen a la calle», dice Mustafá, un estudiante de 23 años, calvo y un poco gordete, de la Universidad Al Quds. «Si tuviera diez años menos, ¡yo también saldría! Pero no soy muy deportista, ni tampoco muy ágil». Asad, de cuarenta años, participa todos los días en las manifestaciones... como espectador. «Soy demasiado mayor para lanzar piedras –dice-, pero comprendo el sufrimiento de estos jóvenes». La misma música por parte de Bakr, que toca el laúd, de 23 años. «Esta revuelta seguramente no conseguirá gran cosa, pero es necesario desahogar la cólera».

Otra perspectiva es la de quien cree que la violencia no resolverá nada. «¡Será cuestión de edad!», admite Anuar Abu Aishe. «Cuando yo era joven creía solo en la violencia revolucionaria y en la lucha armada, pero hoy estoy en contra de todo tipo de violencia».

Cuarta tendencia, la del palestino que piensa que una nueva intifada no resolvería los problemas. «No estamos preparados –insiste Fadi Katán–. Falta organización a nivel local: en 1987, la organización social alternativa pudo funcionar durante la sublevación, asegurando los servicios sanitarios y de educación, pero hoy es distinto. No tenemos ni siquiera un objetivo claro. ¿Qué mañana imaginamos? Y además una intifada nos haría aparecer ante los ojos del mundo otra vez como terroristas...».

«Es ir a una muerte segura», añaden algunos que piensan en los proyectiles que utilizan las fuerzas armadas israelíes contra los que tiran piedras (ya son una veintena de muertos desde mediados de octubre), pero también en los bombardeos y la destrucción sufridos en el pasado en Cisjordania y Gaza.

Ahmad, arquitecto de 25 años, viaja en breve a Francia, donde terminará sus estudios y buscará su primer empleo. «Hay que preservar estas vidas. ¡La intifada no es la única forma de liberar Palestina!». Ahmad prefiere una resistencia «a lo occidental»: a través de la educación, el diálogo, el conocimiento mutuo. En todo caso, antes de emprenderla con la ocupación israelí, los palestinos deberían, según él, desembarazarse de la Autoridad Palestina, «responsable de nuestro declive».

Finalmente hay quien se niega a «hacer el juego» a Israel, lanzando una nueva intifada. «Israel no cesa de instrumentalizar los santos lugares de Jerusalén», asegura Mustafá, convencido defensor de la laicidad de su país. «Quieren llevar a los palestinos al campo religioso para ganarse las simpatías de los países occidentales, atemorizados por el islam». «Si una nueva revuelta palestina favorecería a Israel –añade Fadi Katán–, ¿por qué hacerles ese regalo?».

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