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5 DICIEMBRE 2016
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Bolonia: el riesgo del formalismo I

Ramón Rodríguez Pons-Esparver

La Declaración de Bolonia, junio 1999, es una declaración conjunta de los ministros europeos de Educación en la que se establecen las bases para lograr que el sistema universitario europeo (Espacio Europeo de Educación Superior, EEES) sea una referencia mundial y contribuya a la construcción de Europa. Para ello hace hincapié, fundamentalmente, en tres cuestiones:

  • - Promoción de la movilidad internacional durante la etapa universitaria y durante la etapa laboral a través de un sistema de reconocimiento de los títulos europeos.
  • - Sistema de títulos basado en dos niveles, grado y postgrado -master y doctorado-.
  • - Sistema de créditos denominado ECTS -European Credit Transfer System- que valore todo el trabajo del estudiante necesario para adquirir los conocimientos de cada titulación y permita su reconocimiento.

El plazo máximo previsto para poner en marcha las nuevas titulaciones tipo Bolonia es el curso 2010-11. En ese curso todos los alumnos que comiencen sus estudios universitarios lo harán bajo el paraguas de Bolonia. En general, en España las titulaciones de grado tendrán una duración de cuatro años -con la consiguiente reducción de contenidos respecto de los estudios actuales de cinco años- y las de máster, de entre uno y dos años, dependiendo de los estudios previos de grado realizados por los estudiantes.

Movilidad y construcción común

Las tres cuestiones citadas son positivas. Se podría decir que las dos últimas están al servicio y en función de la primera. La movilidad de estudiantes, profesores y personal de administración y servicios permite "quitarnos recíprocamente la boina" y descubrir que el mundo, que Europa, es más grande que nuestra universidad o ciudad, permite ver dónde se hacen las cosas mejor y peor, y por tanto permite compartir criterios, metodologías y conocimientos. Permite crear redes que favorecen el enriquecimiento mutuo de toda la comunidad universitaria. Todo esto ha quedado demostrado por programas de intercambio como el programa Erasmus. Así se construye la Universidad, así se construye Europa. Así se valora más lo que nos une que lo que nos separa, como hicieron en su día los Padres de Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Flexibilidad

El riesgo que existe es el formalismo, que todo este proceso de adaptación al EEES quiera hacerse apoyados fundamentalmente en una maquinaria burocrática que resulte asfixiante para el profesorado. En un modelo pedagógico cerrado. Que se confíe más en una burocracia oficial que en la libertad responsable de profesores y alumnos. En este sentido, es fundamental que el resultado final de este proceso, dentro de un marco global previamente definido, sea flexible y permita a cada universidad y a cada facultad buscar sus soluciones y no tratar de dar soluciones rígidas, sino que sea una ocasión para que cada Facultad, cada Escuela arriesgue y decida qué quiere ser.

Dentro de la flexibilidad del sistema, es preciso que, en las universidades que así lo quieran, se favorezca una investigación de calidad, con la creación de institutos de investigación y parques tecnológicos. Para ello, los programas de postgrado deben ser mucho más exigentes que los programas de grado y por ello estarán dirigidos a un grupo de alumnos más reducido. Esta flexibilidad del sistema conllevará que existan universidades con titulaciones de grado muy reconocidas en el mundo laboral, otras con estudios de postgrado de máxima excelencia y con vocación a la investigación. No todas las universidades tienen que ser iguales. Cada una debe definir dónde quiere situarse, de qué alumnos quiere nutrirse -se puede acudir a estudiar a la universidad varias veces a lo largo de la vida- y en qué quiere ser la mejor. Eso sí, si el sistema es flexible pronto se hará patente qué universidades están aprovechando la oportunidad de adaptación al EEES y cuáles prefieren dejarse llevar por una inercia paralizante.

Ramón Rodríguez Pons-Esparver es profesor titular de la Universidad Politécnica de Madrid

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