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8 DICIEMBRE 2016
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El valor de la experiencia para recuperar al individuo

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Todo empezó citando a Rosa Montero y su artículo “Corazones que piensan”, publicado en El País unos días antes de la presentación del libro “El individuo sin individualidad”, de Giuseppe Capograssi. Montero se preguntaba: “¿dónde demonios estamos nosotros?”. Una pregunta que remite a otra afirmación de Capograssi: “no estamos contentos con nosotros mismos”.

“Porque perdemos el gusto por vivir y la vida se convierte en un peso”, afirmó David Blázquez, director de Aspen Institute en España. “Pero el tedio del que habla Capograssi es, en cambio, el primer peldaño en la recuperación de la individualidad. Cuando olvidamos y censuramos, cuando nos distraemos y entretenemos, tratamos de evitar el tedio, la incomodidad de la soledad”.

Le siguió Juan José García Norro, catedrático de Metafísica en la Complutense de Madrid, que describió el espíritu emancipador de la Ilustración y la disolución del yo en la post-Ilustración. “Hoy predomina la adolescencia como edad indefinida”, afirmó citando a Francisco Umbral. “Necesitamos comprendernos a partir de un gran relato de nosotros mismos y de la historia”, porque “el yo no es yo sin un mundo en frente. Lo peculiar del mundo es que es siempre ajeno y ancho”.

Esta desproporción entre el yo y el mundo tiene para Norro una doble consecuencia: la religiosidad y el dolor. “Todo ser humano es un ser sufriente, un ser que padece. Nuestra época responde a eso intentando ocultar, censurar o neutralizar ese dolor, impidiendo que el dolor, el sacrificio, pueda servir a un ideal, al bien de la persona. Lo peculiar de la modernidad es que el individuo se ha hecho reemplazable”.

Sobre la religiosidad, el filósofo la define como “estar ante Dios como Presencia”, y para aclararlo, recurre al pensamiento de la última etapa de Horkheimer, quien en sus aforismos no publicados señala que la religiosidad consiste en el anhelo de que el horror que atraviesa la historia no sea la última palabra. “Este anhelo da un sentido unitario a la vida, nos sostiene en la lucha del día a día, a la hora de aportar nuestro granito de arena y de llevar a cabo nuestra tarea”.

Se abre paso así el gran reto del momento actual: la educación. “Todos los males de la humanidad derivan de que no hemos enseñado a nuestros jóvenes a estar sentados en silencio en una silla”, sentenció Norro. A lo que Prado Esteban, educadora infantil, apeló remitiendo sencillamente a su propia experiencia: “Vivimos en un mundo de lenguaje, discursos y doctrina, mientras que lo más valioso está en la vida vivida. Yo lo vi y lo recibí de mi madre y de mi abuela. Para encontrarme a mí misma, no he necesitado explicaciones o teorías, sino verlas vivir. ¿Qué es lo que damos a nuestros hijos? Ellos necesitan ver a sus padres vivir delante de ellos”. Algo que parece nada pero que Prado señala como esencial para ser hombres libres. “Necesitamos pararnos, permitir que las cosas sucedan, silencio. Teniéndonos entretenidos nos roban la posibilidad de vivir auténticamente, y así vivimos alienados, fuera de nosotros mismos, hiperconectados, pero sin vínculo con la realidad. La individualidad se disuelve y la homogeneidad es cada vez mayor: ¡no soportamos la diferencia!”.

Fernando Gil, profesor de la Facultad de Educación, insistió en esta categoría de distracción y señaló una suerte de paradoja: “se nos distrae de la realidad, haciendo que nos centremos totalmente en nosotros mismos. Perdemos la individualidad a base de ser egocéntricos”. En su opinión la experiencia es otra, una ley infalible: “yo me encuentro saliendo de mí mismo, dándome. Me entiendo mejor viviendo, relacionándome, saliendo a entender más el mundo en el que vivo. ¡Hay una realidad que no soy yo y es lo que más me interesa conocer! Así se forma mi individualidad. El modo singular y propio en que afronto la realidad es lo que hace de mí un ser único e irrepetible”.

Por su parte, Ángel López Barahona, director de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria, subrayó el carácter profético del ensayo de Capograssi en este sentido, al describir “un individuo sin identidad” alguna y “fragmentado”, que en la posmodernidad se hace evidente; ese “yo disuelto en la nada y en la masa, sin dignidad personal” que deambula en nuestro tiempo de “nuevo totalitarismo democrático”. Barahona señaló que hoy se echa en falta el concepto de persona y el de comunidad: “cuando el individuo solitario se enfrenta al Estado, tiene todas las de perder. Sólo si pertenece a una comunidad tiene fuerza. Una ideología no se combate con ideas de signo contrario, sino con la experiencia”.

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