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9 DICIEMBRE 2016
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Un éxito que mata

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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En Estados Unidos, el número de jóvenes entre 15 y 24 años de edad que se quitan la vida no deja de aumentar. Entre 2007 y 2013 pasó de 9,6 millones de cada 100.000 a 11,1. Solo en la universidad de Pennsylvania, en los últimos 13 años, se suicidaron seis estudiantes; cuatro en la universidad de Tulane en Nueva Orleans, en el mismo periodo; seis en la universidad de Cornell en Nueva York solo durante el curso académico 2009/10. Los casos de estudiantes que sufren problemas psicológicos ligados a la ansiedad y depresión, según un estudio reciente, han aumentado un 13% en los últimos dos años. Al mismo tiempo, otra cara del mismo malestar son las matanzas en los campus, que en los últimos años han registrado cifras impresionantes.

Cada historia es única, y seguramente los jóvenes occidentales sienten la presión de la competencia, aumentada a causa de la crisis, de la incertidumbre de un mundo que se amplía pero que también parece amenazador, de la soledad de una situación social cada vez más disgregada, con vínculos familiares cada vez más frágiles. No en vano, desde hace tiempo se habla de “crisis del cuarto de vida” para los jóvenes de 25 años.

Además, la actitud de los estudiantes americanos en los últimos años, según los expertos, ha cambiado profundamente. Si antes una mala nota en un examen significaba decepción y deseo de recuperar, ahora se percibe como un error imperdonable. Los estudiantes que están sumidos en la depresión y llegan a pensar en el suicidio hablan de la presión que reciben por parte de sus padres y profesores para ser los mejores, sacar las notas más altas y resultar los más competitivos.

“Todas las mañanas, la administración universitaria envía un e-mail magnificando los resultados obtenidos por un estudiante o docente”, dice Kathryn, una universitaria entrevistada en el New York Times, que ha empezado a hacer depender demasiado su alegría del hecho de que “los demás sean felices con mis resultados y que sus expectativas queden satisfechas”. Problemas, por tanto, de inconsistencia personal y expectativas equivocadas.

El mito de la eficiencia no es una novedad, siempre ha sido típicamente americano, tanto en el estudio como en la vida profesional. Conseguir entrar en las universidades más prestigiosas es el objetivo al que todos aspiran: éxito, privilegio, carrera asegurada. El trabajo concebido como posibilidad de llegar cada vez más alto forma parte de la cultura americana (hoy exportado a todo el mundo). El mito de Horatio Alger, autor del libro "Ragged Dick", publicado en 1867, lleno de ética protestante, representó durante mucho tiempo el ideal del hombre americano, que siendo pobre y miserable llega a ser rico y poderoso, realizando así el famoso “sueño americano”. Pero el sueño americano no era solo esto.

Un amigo me contaba la historia de una cubana, hija de uno de los fundadores del partido comunista, que vivía en la isla con grandes privilegios. A pesar de ello, en un cierto momento huye atravesando a nado un río mexicano hasta la frontera con EE.UU y pide asilo político. Cuando mi amigo la encontró y le preguntó el porqué de lo que había hecho, respondió que había leído en la Declaración de independencia estadounidense que el hombre tiene derecho a perseguir la felicidad, cosa que no estaba escrito ni dicho en ninguna parte en Cuba.

En un mundo tan competitivo como el moderno, la idea de felicidad ha sido sustituida por la del éxito a toda costa, dinero y poder. Es como si esta última generación estuviera lanzando un grito de alarma inédito, que podría significar: “¡pero yo estoy hecho para algo más que ser el mejor estudiante de mi universidad!”.

También están bajo acusación los sistemas educativos, que cada vez descuidan más el objetivo del desarrollo pleno e integral de la personalidad de los jóvenes. Su objetivo debería ser estimular en el alumno la expresión de sus potencialidades, realizando una pedagogía del “éxito” que no signifique selección, sino crecimiento de la personalidad en todas sus dimensiones, más allá del conocimiento y las competencias. La sociedad busca a los “vencedores” de la escuela, el trabajo…; aparentemente no sabe qué hacer con los “mediocres”. ¿Pero mediocres en qué? Muchas experiencias en el ámbito educativo demuestran que se pueden valorar las capacidades e inclinaciones de todos, evitando a muchos jóvenes “adentrarse” en caminos de falta de autoestima y autodestrucción.

Además, ¿quién ha dicho que la competitividad haga que siempre gane el mejor? En la vida real, las tareas más interesantes no siguen el principio de competencia sino el de cooperación.

Un gran educador como Giorgio Pontiggia decía que “chicos que ya no iban a la escuela y habían dejado de estudiar volvían a hacerlo no porque nosotros seamos más capaces de enseñar matemáticas o lengua, sino porque en las matemáticas y en la lengua se les comunicaba un sentido, algo más grande que las matemáticas y la lengua. En otras palabras, se despertaba su persona”.

Aquí el tema va más a fondo: la expulsión en la sociedad actual de una hipótesis de significado global.

“In God we trust” era el lema de América. Ese Dios murió o quedó acartonado, y ha dejado una tradición ética, una religión civil politeísta, como la de los antiguos romanos, aceptada mientras respete el sistema constituido.

El corazón del hombre no puede cambiar, no puede ser reducido, así la vida se encoge. “Miro el reloj en la pared, las manos apenas se mueven, no soporto el estado en que me encuentro, a veces parece que las paredes se encojan. Oh, Señor, qué puedo decir, estoy tan triste desde que te fuiste. El tiempo va tras de mí, sola y en el último lugar en que habría querido estar. Señor, ¿qué puedo decir?”, canta Brandi Carlile, voz de la generación de los Millennials, la que nació a caballo entre este siglo y el pasado.

Hay quien grita como en el cuadro de Munch, hay quien se dirige con una violencia ciega contra los demás, hay quien lo hace incluso contra sí mismo.

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