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26 MARZO 2017
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'Cada religión debe depurar constantemente su cuerpo de creencias'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  39 votos
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¿Hemos fracasado en la integración de los inmigrantes especialmente en la inmigración musulmana? O en otras palabras, ¿ha fracasado el multiculturalismo?

La integración social, además de igualdad de derechos, implica igualdad de oportunidad social. La concesión de derechos no constituye por sí misma la integración, sino un reconocimiento jurídico de la dignidad. Lograda ya cierta exigencia jurídica en nuestra sociedad, queda pendiente la igualdad de hecho, al menos en lo salarial y en vivienda. Y en esto se ha avanzado poquísimo. España ha resultado ser un país donde un inmigrante africano que lleve ya 15 años aquí y haya obtenido la nacionalidad española, tenga dos hijos y haya trabajado infatigablemente desde que vino, gane hoy todavía 700 euros mensuales y pague 400 por su vivienda. ¿Puede decirse sin sonrojo ni vergüenza que ese español negro sea uno más de nosotros? Ese africano está sindicado y ha obtenido a expensas de su sacrificio y de sus ahorros el carnet de conducir camiones y hasta de autobuses. Incluso ha hecho una suplencia de transporte escolar pero no dispone de ningún ahorro. ¿Quién diría que ese español al que yo conozco bien, un negro que habla perfectamente el francés, bien el inglés y el castellano, esté integrado socialmente? Resulta que ese africano respetuoso de nuestra cultura y tan amante de ella que defiende nuestro sistema escolar y critica recio el islamismo, es musulmán pero ciudadano íntegro. ¿Por qué acaba de marcharse a Francia por si allá pudiese mejorar su condición económica? Arouna Camara es mi amigo, es el especimen de africano más susceptible de ser integrado socialmente, pero ha fracasado en España. O mejor, España ha fracasado con él. Y como con él, con la mayoría de los africanos. Las condiciones laborales y de vivienda en España impiden prácticamente la integración social de los africanos. También sucede que las condiciones sanitarias y escolares palian en parte ese impedimento económico. Lo que ha fracasado no es el multiculturalismo sino los Gobiernos de la nación.

Pero en nuestra sociedad occidental, ¿tenemos algo que ofrecer a los inmigrantes como hipótesis cultural? ¿O hemos sido vencidos por el relativismo cultural?

Más allá de una mejora económica, sanitaria y escolar, el apresto cultural que tienen nuestras sociedades europeas para ofrecer a los inmigrantes es la libertad individual, la igualdad de sexos y el pluralismo religioso, es decir, el modo de vida democrático, una manera de ser enraizada en la civilidad. Sus características esenciales son: 1ª, ser ciudadanos, todos iguales ante la ley y cumplidores de las leyes, de todas ellas. 2ª, ser jurídicamente iguales, pero para ser todo lo diferente que queramos ser en nuestra vida privada. 3ª, ser ciudadanos que participan en la elección del Gobierno pero aceptando su autoridad, así como la justicia que emana de la legitimidad constitucional. 4ª, ser ciudadanos pluralistas, o sea, respetuosos de otras creencias distintas a las de uno. 5ª, construir una vida propia y familiar según el modelo que uno elige para sí sin quebranto de la vida privada de los demás.

Los europeos de hoy somos en todo esto similares, poseemos la misma cultura y estamos en disposición de vivir una vida intercambiable en Estocolmo, Almería, Dijon, Roma o Canterbury. Lo único que nos faltaría para ello es poder hablar uno las lenguas de esos otros ciudadanos. Por tanto este es el mínimo común denominador cultural en cuanto conjunto de ideas, valores y propensiones a la acción que configurarían el obstáculo que la ciudadanía europea opone al cambio de nuestras creencias por obra de otros grupos que quieran venir a donde nosotros. Este nuestro cuerpo democrático de creencias es irrenunciable pero está a disposición del extranjero que quiera sumarse a él libre y voluntariamente.

Los inmigrantes deben aceptar ese obstáculo que les ponemos y hacerlo suyo también, pues nosotros no aceptamos a quien considere que la legitimidad socio-política viene de Dios o de un representante suyo. No aceptamos a quien no considere la autoridad como una instancia discutible y controlable y, preferentemente, elegida y cambiada. No aceptamos a quien sostenga que la verdad reside en un libro único y que no hace falta debate alguno para aceptar lo que más convenga creer en cada ocasión. No aceptamos a quien cree que la mujer es inferior al hombre y con derechos sobre ella. Y así podríamos seguir describiendo modos de ser y de pensar ajenos a los nuestros, los cuales destruirían nuestras creencias en la dignidad de la persona, en la libertad del ser humano y en la tolerancia pluralista.

El relativismo cultural tiene como lema que todas las culturas valen lo mismo y no deben compararse sus valores; porque el valor es absoluto en el seno de cada cultura y, por ende, todas las opiniones y proyectos de las comunidades son igual de válidos. Ese relativismo guarda un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París pero pide otro minuto de silencio por las víctimas del bombardeo a los yihadistas. Se trata de una corriente de pensamiento de izquierdas emanado de la hecatombe del comunismo con vistas a destruir nuestro sistema de vida y de creencias. Como los relativistas se han dado cuenta de que no existe el proletariado, tratan de inventarse nuevos sujetos revolucionarios que laboren en la zapa de nuestros cimientos: el inmigrante es uno de ellos. Por eso pregonan formas, camufladas o no, de multiculturalismo en nombre del respeto a la cultura de esos inmigrantes. Y sostienen que, de no aceptar de igual a igual esas otras culturas distintas a las nuestras, seremos racistas. Una de esas formas de racismo actual sería la islamofobia. Casi toda la izquierda española y los nacionalistas están impregnados de este espíritu, lo cual es una auténtica bomba en la línea de flotación de la integración social. Si bien en nuestras escuelas y barrios hay cada vez más iniciativas de relativismo cultural, todavía éste no ha ganado la batalla que tenemos planteada en nuestras sociedades europeas. Pero sí está logrando retorcerles el colmillo a muchos inmigrantes para hacerlos reacios a la integración. El relativismo cultural da ínfulas al islamismo al constituirse en quintacolumnista de la democracia y al preferir explicar el fanatismo yihadista más que condenarlo.

Usted usa la siguiente metáfora: “la única forma de integrarse es a través de un tronco común. Yo hablo de un injerto: de una rosa o de un manzano. Existen hasta treinta tipos de manzano, son diferentes, pero entre ellos tienen un tronco común”. ¿Puede explicar que quiere expresar con esto? ¿Qué sacrificios puede ser razonable pedir a los inmigrantes musulmanes para una adecuada integración sin  menoscabo de su propia identidad?

La integración social es un concepto complejo cuya comprensión ha solido precisar siempre de la ayuda de alguna metáfora. La americana del melting pot ponía de relieve el crisol, un caldero donde el fuego depura y perfecciona los elementos. Muy bonita metáfora pero ocultaba que el caldero no había acrisolado ni la enorme masa social de negros y mestizos originados por la esclavitud, ni tampoco a los aborígenes indios. Además, no ponía de relieve que el combustible del fuego purificador era el modo de ser blanco y protestante.

Los ingleses han solido preferir la metáfora del salad bowl o ensaladera que yuxtapone diversos ingredientes, cada uno de los cuales permanece en su modo de ser prístino pero se impregna de otros gustos a la vez que sazona a los demás elementos. Esta bella metáfora oculta que un ingrediente no es un individuo sino un colectivo y que en la ensaladera se vierten solamente agrupamientos que funcionan de hecho como empresas ávidas de chupar y acaparar. O sea, en la ensaladera hay sólo empresas que buscan bienes, servicios y derechos. Pero ¿de dónde salen los empresarios de bienes, servicios y derechos? De eso no se habla.

Para integrar a los inmigrantes, Holanda recurrió a copiar lo que desde siempre les había servido a los propios holandeses: el pilar o apilamiento de intereses sectoriales de iglesias, asociaciones y clubes, los cuales son la base del respeto mutuo y su reconocimiento público. A los inmigrantes de Surinam, Turquía y Marruecos se les ha declarado pilares o minorías con las mismas prerrogativas que las otras tradicionales, pero al no participar de las formas culturales de éstas, se han convertido en guetos escolares y de vivienda. Esa gran tolerancia de la metáfora oculta de hecho una ortopedia social de frialdad y de represión a partir del proceso escolar mismo mediante la aplicación de dos velocidades en la educación. Pésimas para el acceso al puesto de trabajo de los hijos de los inmigrantes tras acabar la escuela.

Podríamos así seguir analizando la metáfora republicano-laica de Francia y algunas otras, pero veríamos que todas ellas encubren algo a la vez que enfocan algo. Yo he recurrido a mi experiencia de agricultor que hace sidra porque ha plantado manzanos de más de una docena de variedades a base de un patrón común con un injerto en el pie. Un manzano da únicamente manzanas, pero las manzanas dependen de la naturaleza de la yema que se injerte. Incluso un mismo árbol puede dar manzanas reinetas y de muchas otras variedades en caso de injertarse yemas de esa naturaleza en las ramas. Para mí –como habrá ya quedado claro tras la cuestión precedente– el tronco común es incuestionable: el patrón democrático. Ahora bien, la mayor o menor creatividad y potencial imaginativo de los inmigrantes en la participación ciudadana tendrá gran incidencia en la belleza y bondad del árbol democrático. Éste mejorará el vigor de las raíces actuales y dará frutos diferentes a los de hoy, más variados, más untuosos y florales. El futuro de los árboles de la cultura democrática puede ser insospechadamente bueno y bello, pero eso dependerá de la potencia de las yemas injertadas. Esta metáfora calla sobre el agricultor. Sin embargo sí hay agricultor en la sociedad democrática y no es otro que la participación ciudadana y su empuje por controlar el proceso político y cultural de las instituciones.

Un musulmán puede seguir siéndolo si así lo quiere, pero debe permitir que sus hijos no lo sean o se hagan budistas, cristianos o ateos. Debe tratar de que su familia practique la vida privada que más le convenga, pero deberá respetar nuestras formas públicas de la dignidad de la mujer y de los niños. Puede enseñar a sus hijos su cultura pero aceptará para ellos la escuela de todos los españoles y el régimen alimenticio de los escolares. En la sanidad deberá acomodarse a ser uno más de los atendidos, sin exigencias especiales en nombre de su diferencia religiosa. Ésta la alimentará en privado a su antojo, pero dispondrá también del derecho a expresarlo en el ámbito sagrado de su colectivo. A todo musulmán se le pedirá además que se deje ayudar a reflexionar sobre la conveniencia de la libertad, la igualdad y el pluralismo. Es más que dudoso que la izquierda española nos ayude en este aspecto.

Esta violencia atroz, que hemos vivido de forma dramática estos últimos días, es también expresión de jóvenes deseosos de dar sentido a su existencia. Muchas veces se ha acusado a las religiones de ser el origen de esta violencia; esta acusación olvida el hecho de que el pasado siglo vivió dos ideologías, el nazismo y el comunismo, marcadas por el ateísmo. Las religiones se presentan como hipótesis de respuesta a esta exigencia de sentido a la propia existencia. ¿Las religiones son parte del problema o parte de la solución?

Ya ha quedado claro que, pese al nazismo, al comunismo y a cualquier otra forma de socialismo-nacionalismo no ha ocurrido el crepúsculo de los dioses. Lo religioso ha vuelto a dominar el mundo occidental pese a cierto derrumbe de las religiones. Sin embargo, hoy, lo religioso del catolicismo se nos aparece como caritas y compromiso personal para prestar servicios escolares y hospitalarios a las gentes más pobres del mundo. Lo religioso del budismo toma forma entre nosotros de meditación, paz interior, sosiego personal. ¿Y lo musulmán? Ah, ahí no hay acuerdo alguno. La izquierda está completamente grogui asegurando que la religión musulmana es el refugio para la población que más se resiente de la opresión, llega a asegurar que es la religión de los pobres y de los marginados del sistema imperialista. Incluso ha llegado a comparar el antisemitismo de los años 30 del pasado siglo con la islamofobia de nuestros días. Hasta el filósofo americano Michael Walzer ha deplorado “una izquierda más preocupada en evitar que se le acuse de islamofobia que en condenar el fanatismo islámico” (Dissent, enero 2015). Porque de lo que realmente se trata es de fanatismo. Ni la religión cristiana ni la budista crean hoy fanatismo, como no sea el del amor al otro y la entrega de sí mismo a los demás. En cambio, la situación objetiva del islamismo actual es que centrifuga fanatismo por doquier, desde Pakistán hasta Nigeria genera una capacidad inmensa de asesinar a otros o de morir en su nombre. ¿Tiene algo que ver ese fanatismo religioso con la religión musulmana propiamente dicha? Esta es una primera cuestión que deben esclarecer los propios musulmanes y no nosotros ni los creyentes de otras religiones. Obama erró gravemente cuando dijo aquello de que “los yihadistas no son religiosos sino terroristas” y Hollande erró también cuando afirmó que “los atentados contra Charlie Hebdo no tienen nada que ver con el islam”. Porque está claro que es el Corán lo que da sentido a los yihadistas y les empuja a hacer lo que hacen. ¿Un Corán mal entendido? ¿Un Corán particularmente mitificado? Yo, que procuro leer a los musulmanes más críticos, te diré que el periodista y novelista argelino Kamel Daoud dijo recientemente que la élite musulmana debe ponerse ya a pensar en voz alta y, si sostiene que los terroristas no representan el islam, entonces deberá tener la valentía de decir qué islam encarnan. Aseguraba además que no se podrá erradicar el islamismo sin reformar el islam, pero que esto corresponde a los musulmanes. Y hablaba de un ligamen enfermo el de los musulmanes con el islam. Te hablaría yo también del palestino Waleed al-Huseini, al que lo tuvieron casi un año, bajo tortura, por contar en la red un par de chistes vejatorios contra Mahoma. Él asegura en un libro espectacular que los yihadistas extraen su ideología de ciertos pasajes coránicos que vehiculan el odio y pregonan el asesinato. O incluso te comentaría el libro de Abdelwahab Meddeb, “La enfermedad del islam”, donde escribe que en lugar de distinguir el buen islam del malo, convendría que los musulmanes discutieran y debatieran entre ellos para descubrir así la pluralidad de opiniones al objeto de acondicionar un espacio para el desacuerdo y la diferencia. Nuestro apoyo a ese debate tan necesario entre musulmanes debe ser ideológico a base de defender nuestras ideas de libertad, igualdad y pluralismo. Y siempre deberemos apoyar a esos musulmanes, practicantes o no practicantes, que combaten el fanatismo. Sí, así es, la religión musulmana ha resultado ser hoy un combustible más que problemático para la violencia fanática.

Benedicto XVI, en su discurso en Westminster Hall, hablaba de la fe y  la razón en un papel complementario. "Este papel corrector de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo […] dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana […] Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”. ¿Le parece adecuada esta mutua autolimitación de la que hablaba el Papa emérito?

Yo firmaría esa declaración de Benedicto XVI. Fue dramático para la humanidad el punto de vista “racional” sobre la religión por parte de los laicistas del s.XVIII, de los cientificistas del s.XIX y de todas las ideologías del s.XX. De la misma manera fueron dramáticos el fundamentalismo y el sectarismo cristianos a partir, sobre todo, de las cruzadas del s.XI y de las guerras de religión. La razón del humano no tiene una función exclusivamente cognitiva sino también conativa u orientadora del empuje que necesitamos en los límites de nuestra capacidad analítica, en los límites de nuestra resistencia y en los límites de nuestra visión moral. Las religiones –no todas, evidentemente: no, aquella religión de los últimos aztecas o la de los yanomamis– pueden hacernos más comprensible lo que es la vida y pueden orientarnos ante el dolor y ante el daño que nos hacemos unos a otros. Sin embargo cada forma religiosa debe depurar constantemente su cuerpo de creencias a la luz de los nuevos acuerdos racionales a los que llega el debate de los científicos y de los literatos. Únicamente moverse y cambiar de opinión razonadamente permitirá a las religiones que el humano les deba tanto respeto y veneración como a la ciencia o a la literatura.

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