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4 DICIEMBRE 2016
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Los musulmanes también son París

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  41 votos
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Tras los atentados del pasado viernes en París, inevitablemente se instala en muchos el odio, o al menos la sospecha hacia los musulmanes. Casi como un acto reflejo los miramos con recelo por la calle y nos sentimos incómodos cuando coincidimos con ellos en una sala de espera o en el vagón del tren. Sin embargo, las comunidades musulmanas con las que convivimos son las que más sufren en estas circunstancias, puesto que además de compartir el horror y el dolor que nos ha provocado a todos la noticia de los atentados de París, ellos tienen la sensación de que les van a juzgar por algo en lo que no han tenido nada que ver. Es más, también están amenazados. La gran mayoría de las víctimas de la barbarie yihadista son musulmanes.

José Buades Fuste, director de la Fundación CeiMigra de Valencia, cuenta cómo lo viven sus amigos musulmanes: “están hechos polvo por la barbarie, por tantas vidas humanas segadas brutalmente, están hechos polvo por la blasfemia de matar invocando el nombre de Dios, están preocupados por la manipulación ideológica de los textos religiosos por parte de determinados grupos, están cansados de que se les suponga connivencia o simpatía con los terroristas, cansados de tener que justificarse constantemente por el hecho de ser musulmanes”.

En España hay muchos ejemplos de que la convivencia con los musulmanes no sólo no es una amenaza sino que es enriquecedora, con estas mismas palabras lo confirma Manuel Hervás, profesor del colegio católico Padre Piquer de Madrid. Algunos alumnos musulmanes de este colegio preparan con Manuel y otros profesores un encuentro durante el recreo para hablar de los atentados. Estos mismos alumnos hicieron una oración por la paz en árabe, tras el ataque al semanario satírico Charlie Hebdo el pasado mes de enero, en la que citaban algunas partes del Corán que invitan a la promoción de la paz y al respeto a los diferentes. Otros días se encargan de proponer un tema para la oración de la mañana, preocupados por los conflictos de su tierra y por la familia que aún tienen allí.

En Fuenlabrada, Ana y Ángel, junto con otros amigos, atienden desde hace diez años a 200 familias musulmanas. Las acogen en casas para personas sin hogar, y les acompañan en la reinserción a través de diferentes cursos y talleres. Ana define esta experiencia como “un aprender a acoger la diferencia” que es posible por la amistad que ha surgido con ellos. “Han nacido relaciones preciosas que no quiero perder, amigos que sufren como nosotros los estragos del odio, mujeres que cuando hablan de su vida me dicen que ¡desean lo mismo que yo!, chicos que por la calle te saludan... comemos juntos, nos reímos, hablamos y trabajamos juntos en la parroquia”.

Sin embargo la integración no siempre es fácil: su estructura familiar y lo que escuchan en las mezquitas contradice el modo de vida occidental; lo que se une a su desconocimiento del español. Pero no es imposible, Ana revela cómo afrontan el reto de la integración: “es indispensable empezar a educar en lo que salva la vida, en el amor a la verdad. Una verdad que no mata en nombre de Dios, que no maltrata en nombre de Dios, que no siembra el pánico y la muerte. Un Amor que abraza a todo hombre por igual”. Por su parte Buades cree que nuestra tarea es limitar la desigualdad y respetar las diferencias en torno a un núcleo de valores que tocan la comprensión del ser humano y por medio de los cuales cristianos y musulmanes podemos reconocer que tenemos muchísimo en común.

Ellos desean que sus hijos estudien, trabajen y se inserten en una sociedad plural. La misma que se une en estos días en el sufrimiento y la incomprensión frente a unos hechos que vuelven a despertar todo nuestro deseo de vida. Una mujer musulmana, amiga de Ana, le dice: “Si tú tienes un corazón que llora por el dolor, imagina cuando el daño lo hacen aquellos que son como yo y rezan, según ellos, al mismo que rezo yo. No tengo un corazón amiga porque se me ha roto”.

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