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5 DICIEMBRE 2016
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Volver a descubrir al otro

Giuseppe Di Fazio | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Entrevistado por una radio francesa, Sébastien, rehén de los terroristas en la discoteca Bataclan, responde así a la pregunta sobre si ha aprendido algo de esa tremenda experiencia: “Que la vida pende de un hilo y que hay que apreciarla, y que no había nada más serio que el hecho de que aún estábamos vivos”. Invitado por el periodista a decir qué sentimiento prevalecía en él a los pocos días de la tragedia, Sébastien añade: “Cada instante que paso con mis familiares es un bonus, una bendición. Los momentos sencillos de la vida forman parte de las cosas más hermosas que podemos tener, y no nos damos cuenta de ello más que cuando nos pasan este tipo de electroshocks como el que yo he vivido”.

El objetivo de los terroristas del Isis es inyectar el virus del miedo en la vida cotidiana de Occidente, no en vano los atentados de París pusieron en el punto de mira ciertos lugares de la convivencia normal y del ocio: una discoteca, un estadio de fútbol, un bar, una pizzería. Pero sus acciones mortales podrían provocar también ese electroshock en la conciencia occidental que evoca este rehén liberado y que nos ayuda a replantearnos las razones del vivir.

Las crónicas de estos días, es verdad, están llenas de nuevos ataques y masacres, como el de Mali, de innumerables mensajes sobre posibles atentados y de muchos episodios de alarma que afortunadamente luego eran infundados. Miedo y odio parecen ser los ingredientes más presentes en nuestras jornadas. Pero, si reflexionamos un momento, el miedo desatado por los terroristas hace palanca sobre un sentimiento ya arraigado en nuestras ciudades. En palabras del psicoanalista Luigi Zoja, nuestro tiempo no solo se caracteriza por la muerte de Dios sino también por la muerte del prójimo. En nuestra vida cotidiana, aparte de los terroristas, el otro ya es alguien de quien defenderse, un intruso, cuando no incluso un enemigo. Basta pensar, sugiere Zoja, en nuestra soledad en los lugares de convivencia: los restaurantes, los medios de transporte, las comunidades de vecinos. El otro, cuando existe, es invisible a nuestros ojos. El terrorismo se provecha de esta debilidad de nuestra convivencia. Y del vacío que caracteriza a nuestras culturas.

La cuestión de la seguridad exige, sin duda, medidas concretas propias de un momento excepcional, pero no podemos pensar que ganaremos nuestra guerra contra el Isis solo con bombas sobre los campos de los terroristas en Siria ni con el cierre de fronteras en Europa. Los terroristas que han atacado París, tanto a principios de enero como el pasado 13 de noviembre, son hijos de nuestra ideología.

Por este motivo, Julia Kristeva, una de las voces más destacadas de la cultura francesa contemporánea, ha lanzado una propuesta muy provocadora. “Para sustraer al islam de la instrumentalización del terrorismo, nosotros occidentales también podemos hacer algo, por ejemplo cambiar la actitud de la Ilustración que se construyó en contraposición a la religión y reevaluar el patrimonio espiritual del cristianismo, del judaísmo y del islam, tomarlo en serio y preparar a nuestros jóvenes para hacer frente a la propaganda yihadista”. Kristeva trabaja como psicoanalista en la “Casa de los adolescentes”, dentro de un gran hospital de París, dedicada desde hace años a chavales con problemas, algunos de ellos tentados también por el integrismo religioso. En virtud de su experiencia sobre el terreno, esta intelectual francesa, laica y de izquierdas, ha llegado a la conclusión de que “si negamos la necesidad de creer, el deseo de espiritualidad de los chavales, les dejamos en manos de los manipuladores de internet o de las mezquitas radicales”. En otros términos, si eliminamos del espacio público las preguntas últimas y las experiencias religiosas, no quedará más que individualismo, soledad y la ley del consumo y del beneficio.

El electroshock de la conciencia provocado por estos atentados nos lleva, por tanto, a considerar no solo la opción militar sino sobre todo la cultural. Es la “sagrada nada” de nuestra cultura –generada por una actitud ilustrada que contrapone razón y deseo, razón y religión–, el terreno donde hoy crecen toda las formas de integrismo.

Sébastien, el rehén que pudo hablar durante dos horas con los terroristas, se ha hecho esta idea de los fanáticos del Isis con los que tuvo que tratar: “Necesitaban un ideal pero el mundo occidental en que vivían –pues claramente eran franceses, hablaban en francés– (…) no les ofrecía ninguno. Y han encontrado un ideal mortífero, de venganza, de odio y de terror”.

Por tanto, para desafiar verdaderamente al integrismo religioso, Occidente debe replantearse su propia Ilustración y reanudar una relación positiva entre razón y fe. Porque la necesidad de creer es constitutiva del ser humano. Si por principio se elimina a Dios del horizonte de la vida, el hombre termina por convertirse en esclavo de las modas y de los fanáticos del momento.

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