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9 DICIEMBRE 2016
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Francisco a los germanos

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  42 votos
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El Papa Francisco ha recibido a los obispos alemanes en Visita ad Limina y hay quienes califican de rapapolvo su discurso. En realidad, Francisco siempre se muestra franco, directo y exigente cuando habla a las diversas realidades de la Iglesia. Pero eso no significa regañina o desafección, al contrario, demuestra la solicitud pastoral que cabe esperar del sucesor de Pedro, expresada lógicamente en los moldes humanos de Jorge Bergoglio.

El Papa se ha referido sin contemplaciones a una “verdadera erosión de la fe católica en Alemania”. No es para asombrarse, porque el dato es bien conocido y ya fue objeto de delicada y profunda atención por parte de Benedicto XVI, que naturalmente se sentía muy concernido por el camino de la Iglesia en su país. Francisco habla de la “fuerte caída de la participación en la misa dominical, y en general en los sacramentos”. También advierte de la necesidad de cuidar la identidad de las numerosas instituciones eclesiales en el ámbito social y caritativo, pero también en las escuelas. Y señala que quienes educan a las nuevas generaciones deben distinguirse especialmente por “sentir con la Iglesia”. En el fondo son llamadas de atención que el Papa habría podido dirigir a muchos episcopados europeos, aunque es cierto que el problema adquiere tintes de especial gravedad en Alemania. Y en este sentido ha recordado a los obispos que sean “maestros de la fe transmitida y vivida en la comunión de la Iglesia universal”.

Pero lo interesante no es tanto el elenco de los problemas sino la perspectiva que adopta Francisco para afrontarlos. Sería inútil permanecer anclados en la nostalgia de los bellos tiempos que no volverán, advirtió a los obispos. Por el contrario, les propuso adoptar la perspectiva de los primeros cristianos que vivían insertos en un mundo completamente pagano. Ellos mostraron “con palabras convincentes, pero sobre todo con su vida, que la verdad fundada sobre el amor de Cristo por su Iglesia es verdaderamente digna de fe”.

Francisco toca verdaderamente el “nudo germano” cuando señala la paradoja de que continuamente se inauguran nuevas estructuras, mientras sin embargo los fieles brillan por su ausencia. Se trata de una tendencia creciente a la institucionalización, que pone su confianza en las estructuras bien engrasadas, algo que ya Benedicto XVI había criticado con dureza en su recordado discurso a las asociaciones católicas en Friburgo. Frente a esta tendencia, Francisco ha recordado que la Iglesia es un cuerpo vivo que se mueve y crece, que busca encontrar a la gente allí donde se desarrolla su vida real. Y eso exige que todos los protagonistas de la pastoral estén “en actitud de salida, para favorecer la respuesta positiva de todos aquellos a los que Jesús ofrece su amistad”.

El discurso de Francisco ha sido un continuo volver a la experiencia del origen, al encuentro con Jesucristo vivo y presente: “de ahí nacerán nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, palabras cargadas de un significado renovado para el mundo actual”. La oración ocupa un lugar esencial, siempre, pero más aún en medio de la inclemencia actual. Es interesante el apunte sobre la pastoral vocacional, cuando señala que ésta comienza siempre con el ardiente deseo, en el corazón de los fieles, de tener sacerdotes.

Significativa ha sido también la invitación a un renovado empeño de la Iglesia en defensa de la vida humana, que debe ser incondicionalmente protegida desde la concepción a la muerte natural. Francisco advierte que este empeño debe ser incansable y no puede experimentar retiradas: “en esto no podemos aceptar jamás compromisos, porque nos convertiríamos también nosotros en culpables de la cultura del descarte… que tantas heridas inflige a nuestra sociedad”.

Las palabras del Papa deben ser un acicate para que el catolicismo germano, tan rico en frutos a lo largo de la historia, y en el que no faltan hoy signos de esperanza, reemprenda su marcha con nuevos bríos, alimentándose del manantial inagotable de la fe común de la Iglesia.

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