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9 DICIEMBRE 2016
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>Un debate cultural sobre el aborto

Nadar contra corriente

Nicolás Jouve | 0 comentarios valoración: 3  43 votos
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En el siglo XVIII la esclavitud era una práctica aceptada y legal en Gran Bretaña y en la mayor parte del mundo, incluida España y sus territorios de ultramar, mantenida hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, en 1863, el presidente Abraham Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación y declaró la libertad de los esclavos de la Confederación de los Estados Unidos y poco a poco la esclavitud y la discriminación en función del color de la piel fue desapareciendo como un derecho en los principales países de occidente, con algunas excepciones. Hubo que esperar hasta casi finales del siglo XX para la abolición del apartheid que discriminaba a los negros en Sudáfrica, terminando así uno de los episodios racistas más ignominiosos de la historia de la humanidad.

Los tremendos episodios de mitad del siglo pasado, especialmente en la Alemania nazi, dieron paso a un gran debate cultural que desembocó, al menos temporalmente, en una vuelta a la racionalidad. El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó como un ideal común la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en cuyos primeros artículos se señalaban unos principios básicos: «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona»… «Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas», y así sucesivamente. Un año después, la Unesco acordó que el 2 de diciembre de todos los años se celebrara el día Internacional para la Abolición de la Esclavitud que incluye la lucha contra la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución.

Todo esto son pasos en la buena dirección, aunque desgraciadamente no se haya acabado en la práctica ni con la esclavitud, ni con el racismo, ni con la explotación de niños o adultos. Pero al menos sí se ha dado un giro cultural en contra de estas prácticas consideradas hoy crímenes contra la humanidad.

No parece pasar lo mismo con el aborto. Los datos de las últimas décadas nos revelan una tendencia general a su implantación en muchos países, en los que hasta hace poco estaba prohibido e incluso penado. Hoy, casi dos tercios de la población mundial viven en países cuya legislación permite el aborto por diversas causas. ¿Qué ha sucedido para la promulgación de leyes que llegan incluso a convertir el aborto en un derecho? En el Congreso Mundial de las Familias, celebrado en Madrid en 2012, tuve la ocasión de exponer las principales razones de este fenómeno: unas de orden socio-económico y otras de carácter ideológico. Por un lado un control injustificado del crecimiento de la población con el fin de paliar las dificultades de abastecimiento de los recursos necesarios para la alimentación y el bienestar de una población en continuo crecimiento. En segundo lugar por las corrientes ideológicas de la liberación de la mujer y de la ideología de género, que implican, entre otras cosas, que las mujeres puedan tomar la decisión inicial sobre su embarazo y que esa decisión sea respetada, incluso anteponiéndola al derecho a la vida de su propio hijo, el concebido no nacido.

El 25 de noviembre de 2014, el Papa Francisco pronunció un sugestivo discurso en la sede de Estrasburgo del Parlamento Europeo, en el que puso de manifiesto los males que aquejan y la inconsciencia en la que parece moverse la vieja Europa, inmersa en un invierno demográfico sin precedentes hasta el punto de convertirse en un continente que le ha dado la espalda a la familia, con un gran déficit de natalidad y con cada vez menos matrimonios y más matrimonios rotos. En su discurso señaló el Papa que “hoy los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos”.

Hasta aquí, el análisis de la situación. La pregunta ahora es qué tenemos que hacer para darle la vuelta a esta situación, y lo primero de todo es no perder la esperanza y seguir luchando por aquello de lo que estamos convencidos. Siempre hay motivos para la esperanza y algún día, tal vez no muy lejano, volverá la cordura y las aguas encontrarán de nuevo el cauce del que no debieron salir. Veamos algunos indicios positivos.

De acuerdo con la última encuesta del instituto Gallup de opinión pública, la práctica del aborto en el momento presente se encuentra en el nivel más bajo de aceptación desde comienzos del siglo XXI en los Estados Unidos. En 2015, solo un 34% de los americanos aprueban las leyes del aborto vigentes, lo que representa el índice más bajo de aceptación del aborto desde 2001 en dicho país. Entre otras cuestiones, el sondeo del instituto Gallup solicitaba a los encuestados una posición respecto al grado de satisfacción de la regulación del aborto. La respuesta, repartida en cuatro tramos, fue desde el 34% de quienes manifestaban su total satisfacción hasta un 48% que decían estar totalmente insatisfechos. Contrastan estos resultados con la respuesta a la misma pregunta que el mismo instituto hizo tan solo hace dos años, con un resultado más ajustado del 44% y 46%, respectivamente. Estos datos y la serie de sondeos de años anteriores demuestran que en la opinión pública americana hay una tendencia clara hacia un descenso de quienes apoyan el aborto mientras crecen los defensores de la vida. Esta tendencia es muy clara entre los votantes republicanos, con tan solo un 21% a favor del aborto, pero también entre quienes votan a los demócratas por debajo del 50% de aceptación.

También en EE.UU., hace tan solo unos días el Tribunal Supremo decidió sopesar la ley de la regulación del aborto del estado de Texas. Se trata de exigir a la industria no regulada del aborto un cumplimiento de los estándares básicos requeridos de todas las instalaciones quirúrgicas ambulatorias de salud, y no continuar con su negocio como de costumbre, en la búsqueda de beneficios y no haciendo caso de la salud de mujeres. La decisión del Tribunal Supremo sobre el caso podía tener un efecto dominó en leyes similares en otros estados incluyendo Pensilvania, Michigan, Missouri y Virginia.

Es evidente que algo está pasando en Estados Unidos con la defensa de la vida, que ha dejado de ser un problema secundario para instalarse en el debate cultural y político, y por lo tanto en la sociedad. En cuanto surge un incidente, aparece la discusión con el telón de fondo del desprecio a la dignidad humana, como está ocurriendo tras el descubrimiento del mercado de órganos humanos procedentes de abortos inducidos sustentado por la siniestra organización Planned Parenthood.

Como recordaba recientemente Jaime Mayor Oreja en Barcelona en el X Congreso Nacional de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica, ha habido tanta dejación por quienes defendemos los valores tradicionales del humanismo cristiano que constituyeron la base sobre la que se fundó Europa, que lo que está sucediendo tenía que pasar. Ya no estamos en un debate político, sino en un debate cultural en el que lo que se cuestiona afecta a nuestras raíces más íntimas. Ya no somos espectadores de la crisis de identidad que afecta al concepto de persona, la familia, el matrimonio y el derecho a la vida, sino que somos parte de la crisis. Ante esta realidad actual, no podemos quedarnos quietos, sino seguir luchando por el derecho a la vida de los no nacidos desde todos los frentes posibles, científicos, éticos, antropológicos, sociales y jurídicos, en síntesis, culturales.

Mi admirado y buen amigo Juan Manuel de Prada, autor entre otras muchas obras de un estimulante ensayo titulado «Nadando contra corriente», nos señala, casi como una obligación, que no hay que desanimarse, pues cuando te enfrentas a una corriente cultural muy poderosa, la tentación de atrincherarte, de recluirte en la ciudadela, es muy fuerte. Pero si te recluyes, dejas de tener los instrumentos para desenvolverte en el mundo. Para que tu labor sea eficaz, para que otros se animen a nadar contra corriente, hay que hacer como San Pablo en el areópago, desenvolverse en el mundo con los instrumentos del mundo, cada uno con los suyos.

En unas semanas, el PP tendrá que dar cuenta ante el electorado del incumplimiento de su promesa de derogar la vigente ley de «Salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo», heredada de los gobernantes anteriores, sus principales rivales políticos. Sin duda, el incumplimiento de una promesa electoral es un hecho muy grave, ante el que los electores deben pasar factura. Dejar prácticamente sin tocar la ley del aborto, tras el gran debate que hubo en 2010 y las sucesivas manifestaciones y peticiones de un amplio sector de la sociedad, supone una traición al electorado que ve cómo queda instaurada en España una ley que, entre otros agravios, desoyó una sentencia del Tribunal Constitucional de 1985, que reclamaba el derecho a la vida de los no nacidos, convierte el aborto en un derecho de la mujer y conduce a nuestro país a un punto de difícil retorno en la política del aborto. Todo ello, empeorado por una serie de hechos del partido del gobierno, a cada cual más grave: como que no se haya dado ninguna explicación a la retirada del anteproyecto del ex-ministro Alberto Ruiz-Gallardón, que se haya expulsado de las listas electorales a todos los parlamentarios y senadores que se han declarado a favor de la vida, y que se mantenga en suspenso la decisión sobre el recurso, que el propio partido gobernante presentó ante el Tribunal Constitucional. Un Tribunal Constitucional que al menos para este tema sufre una amnesia –aparentemente política– desde hace más de cuatro años.

Ante estos hechos seguiremos remando contra corriente con la esperanza de que algún día volverá la cordura y se derogarán las leyes que, como en el caso de las que mantuvieron la esclavitud y el racismo como intocables durante muchos años en muchos países, se derrumbarán por su propia iniquidad.

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