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7 DICIEMBRE 2016
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El don de un camino

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 3  48 votos
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El año jubilar ya está a las puertas. El aluvión de palabras y opiniones de las últimas semanas describen a un pueblo, también a un pueblo cristiano, al que le cuesta estar en contacto con su propio dolor, con su propia rabia, con sus propios miedos. Una gran soledad atraviesa Occidente y el uso obsesivo, a veces incluso violento, de las redes sociales evidencia que esta soledad hunde sus raíces en una incapacidad –que ya es crónica– para comunicarse, para narrarse, para acoger.

El otro, tanto en el matrimonio como en las amistades, cada vez resulta más distante, más extraño, no existe iniciativa ni esfuerzo de la voluntad que consigan acercarlo realmente. Los diálogos se vacían de contenido, las palabras pierden su peso y en el escenario de la vida se suele transmitir el temor de desvanecerse en la nada, la sutil pretensión de que “tú seas como yo quiero”, el ansia de afirmarse uno mismo y la propia idea del mundo y de la justicia. Una triste incomunicación que pone los títulos de crédito a un pasado que ya no existe, a batallas que no consiguen sostenernos de verdad cuando el cielo se ha oscurecido, a relaciones que parecía que eran para toda la vida pero que se han esfumado en la primera tempestad seria. De pronto uno gira la cabeza y ve la nada a sus espaldas, un nihilismo trágico que las bromas, la música y el ruido tratan de tapar y sofocar, pero que nada es verdaderamente capaz de acallar. Todos los expertos de la vida, incluso aquellos que usan las palabras justas y las referencias certeras, parecen payasos al término de su espectáculo: demasiado elaborado para ser creíble, demasiado trucado para responder al hambre de autenticidad que habita en nuestro corazón. Ningún pequeño poder, ninguna victoria, ningún cambio, basta realmente. La noche abre paso lentamente a sus secretos y lágrimas, esas lágrimas que siempre están ahí pero que nunca asoman, y que revelan un deseo contenido, negado, reducido.

Mi generación, la generación del Bataclan, de los que murieron en Bataclan y de los que les dispararon, dejó hace demasiado tiempo de desear de verdad y se ha hecho, a imagen de los que la han precedido, incapaz de quererlo todo, incapaz de pedir el infinito.

Por tanto, solo en la remota hipótesis de que este infinito baje del cielo y venga a buscarnos, solo en este caso, algo podría moverse realmente y cambiar. No hay otro camino más que un encuentro para volver a despertar todo el horizonte y todo el grito de la vida. El encuentro con una mirada tan humana que despierte en todos y cada uno esa extraña nostalgia que nos hace estar inquietos, que nos hace estar vivos. Es necesario que vuelva a abrirse una puerta para que toda una generación vuelva a vivir.

Por eso el Papa abre la puerta santa, por eso ofrece a la libertad de cada uno un Jubileo: para permitir que sobre nuestras heridas se extienda el bálsamo de la misericordia y el perfume de un amor eterno que, desde siempre, no hace otra cosa que esperarnos. Porque Él está, siempre está ahí. Mientras que nuestro corazón está en otra parte. Demasiado cansado para volver a casa, pero –últimamente– demasiado frágil para no implorar a las estrellas el “milagro de un cambio”, la alegría de uno que, de pronto, vuelva a amarnos.

Todo el Año Santo de Francisco está aquí, en el deseo de un padre que quiere donar a sus hijos un camino de vida, un camino de resurrección. Quien es un poco honesto consigo mismo no ve la hora de que este Jubileo comience, que esa puerta se abra. Que pueda volver a suceder el milagro de la misericordia. Justo aquí, justo ahora, en este inicio del Adviento que promete una vez más la mirada de Aquel que lo salva todo, la mirada de Aquel para quien todo hombre –en todo tiempo– espera un Jubileo, espera la Navidad.

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