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8 DICIEMBRE 2016
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'Todos hablan por los musulmanes, pero nadie habla con ellos'

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Hablamos con el musulmán Wael Farouq, profesor egipcio de la Universidad Católica de Milán y de la American University de El Cairo, a propósito del debate sobre la retirada de los belenes y símbolos religiosos en los centros educativos para celebrar la Navidad.

Como musulmán, ¿a usted le ofende el belén?

El nacimiento de Jesús es un milagro divino reconocido por los musulmanes y, aunque no tengamos la tradición de celebrarlo religiosamente, para nosotros también es un momento sagrado en la historia del hombre. Como musulmanes, reconocemos la particularidad de Jesús y el milagro de su nacimiento. Para los musulmanes, el belén no es en absoluto ofensivo, de hecho es un homenaje a algo que reconocemos también nosotros. En el Corán, Jesucristo posee un status superior que el resto de los seres humanos ordinario, que los profetas y enviados de Dios, incluso que el profeta Mahoma. Jesucristo es, de hecho, la Palabra de Dios y un Espíritu que proviene de Él, depositado en el seno de María Virgen.

¿Entonces no hay diferencias entre cristianos y musulmanes a este respecto?

Existe una diferencia que se refiere a la naturaleza de Dios y de Jesús. Pero entiendo que todo este background teológico no debería estar implicado en el debate sobre el belén y sobre la celebración de la Navidad en las escuelas. El verdadero problema es la integración por medio de la “eliminación”. Es decir, para integrar a los musulmanes, hay quien piensa que hay que eliminar la cruz, o que para integrar a los homosexuales hay que agredir a la literatura y cultura de la familia. Es un modo de ver restringido y rígido, que considera el espacio cultural como un espacio limitado donde, a causa de la “superpoblación” de culturas, hay que recortar un poco el espacio de unos para dárselo a otros. Pero la naturaleza del espacio cultural humano es precisamente la de no tener límites. En vez de buscar algo que eliminar, deberíamos buscar lo que hay que añadir y ver cómo construir puentes. Así, en mi opinión, los que piden eliminar la cruz para respetar los sentimientos de los musulmanes no son más que la otra cara de los que ven en los musulmanes un peligro para la cruz.

¿Quiere usted decir que ningún musulmán debería sentirse ofendido por el belén?

Hay cientos de casos de familias musulmanas que han participado en los belenes vivientes de las fiestas navideñas y que no han tenido ningún problema. Incluso sé de una escuela donde el niño Jesús fue representado por un niño musulmán. Por tanto, el problema real no es qué piensan los musulmanes de Jesucristo. Más bien, la cuestión es si alguien ha preguntado a los musulmanes cómo se sienten ellos con respecto a la Navidad, antes de decidir no poner el belén para no ofenderles. Hoy todos instrumentalizan a los musulmanes, los terroristas, los políticos y ciertos portadores de una posición ideológica. Todos hablan por los musulmanes, pero nadie habla con ellos.

¿Cree que prohibir los belenes es también signo de ignorancia?

Quien prohíbe los belenes probablemente no sabe que en Egipto, Túnez, Marruecos y en la mayoría de los países islámicos se celebra la Navidad, y numerosas familias musulmanas ponen el árbol de Navidad en sus casas. Hay una gran diferencia entre religión y cultura. Si la religión es un credo que podemos aceptar o rechazar, la cultura es el fruto del movimiento de las sociedades a lo largo de la historia, una fórmula humana que no puede separarse del corazón ni de la lengua. Un cristiano egipcio dice: “Yo soy de religión cristiana y de cultura musulmana”. Y creo que los musulmanes en Europa también son así. Su pertenencia cultural –nos guste o no– está determinada por la lengua, la vestimenta, la alimentación, el arte, la tecnología, el lenguaje de la vida cotidiana, un mar en el que navegan con el navío de sus valores religiosos. Quedarse en tierra o ser tragado por el mar son dos cosas que contrastan con el papel y el objetivo de este navío.

El niño Jesús nació pobre y lejos de casa. ¿Lo podríamos ver como un pequeño refugiado?

Sí, no en vano la primera experiencia de refugiado la vivió el propio Jesucristo. No solo desde el momento en que nació, sino también cuando huyó a Egipto para escapar del rey Herodes que quería matarlo. Sus primeros años de vida transcurrieron junto a los egipcios. Por tanto, Jesús fue un inmigrante en el sentido literal de la palabra. Si los hombres de entonces fueran como los de hoy, la historia del cristianismo habría cambiado totalmente.

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