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10 DICIEMBRE 2016
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Iniciativa social, laicidad positiva y cohesión nacional

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  59 votos
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Hace pocos días he identificado en un artículo tres problemas culturales y sociales de fondo con profundas raíces en nuestra historia, que debemos poner sobre la mesa a la hora de tomar postura ante las próximas elecciones generales del 20-D. Me refería a la censura de la religiosidad y el laicismo, la desmemoria y aversión a nuestra historia, y el estatalismo y marginación de los sujetos sociales. Y ya entonces advertía que sería inútil esperar del nuevo Parlamento y del nuevo Gobierno que surgirán de las elecciones del 20-D, una solución al respecto. Sin embargo, del resultado electoral sí va a depender, y mucho, que puedan afrontarse mejor o peor. Y reitero que aquellas fórmulas que tienden a demoler los fundamentos del pacto constitucional del 78 radicalizarán estos problemas, e incluso nos privarán de un dique político y legal frente a un sectarismo que ya está presente y que sería absurdo despreciar.

Parece un hecho incontestable a estas alturas que el nuevo parlamento contará con cuatro grandes grupos políticos, ninguno de los cuales dispondrá de mayoría suficiente para gobernar en solitario. Esto implica que la reflexión debe tener presente la complejidad del nuevo escenario y las posibles hipótesis de coalición o pactos de legislatura que permitan conformar un gobierno estable.

La extrema izquierda coagulada en torno a Podemos ha realizado un interesante viaje hacia la moderación, aunque es legítimo preguntarnos si es sincero, o si forma parte de una vieja táctica leninista. El mundo de Podemos ha pasado de jalear la violencia en la calle contra la policía a acariciar el modelo socialdemócrata escandinavo, de publicar tuits ofensivos contra las víctimas del terrorismo a pisar la moqueta en la Carrera de San Jerónimo. Su látigo de siete colas contra la casta corrupta ya sólo restalla cuando se trata del PP. Y por lo que se refiere a la Constitución del 78, antes vituperada, ahora se celebra como un hito, aun sin esconder la necesidad de modificarla radicalmente. En todo caso, no vayamos a confundir a Pablo Iglesias con Willy Brand. Iglesias mantiene (y es perfectamente legítimo) su discurso estatalista y laicista agresivo, y cuestiona las bases del sistema económico de libre mercado y de la unidad europea. Pero es buena noticia que ya no pretenda asaltar el cielo sino llamar a la puerta de La Moncloa.

En cuanto al PSOE, su ambigüedad e indefinición siguen siendo su tumba. Pedro Sánchez dice querer emular a Felipe González pero navega siempre entre dos aguas: en la regla de oro del déficit pactada con Bruselas, en el federalismo y su aplicación a Cataluña, y en la saludable norma no escrita de permitir que gobierne la fuerza más votada. Su estrategia tras las municipales y autonómicas consistió en revivir el cinturón sanitario contra el PP, entregando alcaldías y comunidades a los muchachos de Podemos, sin embridar ni exigir contrapartidas. Ahí tiene el resultado, su partido se desfonda más aún. Podemos le muerde por su izquierda y Ciudadanos por el centro. La sangría es imparable, pero Sánchez no resulta nada original cuando abre campaña desterrando la clase de Religión y pidiendo hablar “del Estado laico que vamos a conseguir”.

Está claro que Ciudadanos es el astro ascendente y, aunque resulte difícil, Rivera aspira incluso a superar al PSOE y colocarse segundo… entonces todo sería posible. Lo que pasa es que el tiempo de las ambigüedades y los discursos genéricos también se acaba para el joven líder que encarna sobre todo sensaciones: frescura, desinhibición, limpieza… algo nuevo, aunque nadie sepa muy bien qué. Está claro que su rampa de lanzamiento ha sido la valiente defensa de la Constitución y de la unidad de España llevada a cabo por C’s en Cataluña durante los últimos años. Ciudadanos, al igual que Podemos, llega a la cita del 20-D casi limpio de casos de corrupción (no en vano, hasta ahora, no han tocado poder) y con encendido discurso regenerador. Será importante verificar cómo se sostiene ese discurso en el ajedrez postelectoral. Rivera dice que no apoyará a ningún partido para formar gobierno, curiosa forma de entender la responsabilidad. Sólo se apoyará a sí mismo. Y de ahí la sospecha extendida de que aceptaría presidir un gobierno de perdedores, con el apoyo del PSOE y la tolerancia de Podemos. Todo con tal de expulsar al centro-derecha, que según las últimas encuestas sacaría ocho puntos a su inmediato perseguidor. Claro que la operación tendría un cierto aroma de los vicios de la casta, tan abominables para el partido naranja.

Sería bueno concretar algunas cosas sobre la cultura política de Ciudadanos, aunque se esté tejiendo sobre la marcha. Por ejemplo en lo que se refiere a laicidad/libertad religiosa, a la cuestión educativa y a los temas relacionados con serios problemas éticos que pueden dilucidarse en la próxima legislatura. De momento los contornos de la letra son confusos, pero la música se deja oír: ningún entusiasmo por la enseñanza concertada, apertura a los llamados “nuevos derechos”, disposición a abrir el capítulo de la eutanasia, legalización de los úteros de alquiler… En una hipotética reforma constitucional, de la que se habla con notable banalidad, no es difícil imaginar la brújula de Rivera en todos estos asuntos.

Y llegamos al PP, a quien, a pesar de todo, ninguna encuesta regatea el papel de claro (aunque insuficiente) vencedor de las elecciones generales. Su cartel es bien sencillo: la gestión de la crisis ha impedido la debacle de nuestras cuentas públicas y el rescate europeo con los sufrimientos aparejados, y ha conseguido mantener la estructura básica del sistema de bienestar y cohesión social. Además, Rajoy representa experiencia y solvencia frente a bisoñez e inciertas aventuras (la foto electoral lo dice todo). Por supuesto, muchos de sus electores tienen razones para sentirse defraudados. Su rendición a la hora de derogar la ley de aborto libre de Zapatero, su falta de brío e inteligencia a la hora de formular una verdadera política familiar y su escasez de ambición y de calado en la reforma del sistema educativo son la mejor ilustración de la debilidad cultural que arrastra el PP, y que no hace sino aumentar. Y sin embargo, sigue siendo el partido más centrado en lo mejor del pacto del 78, el menos proclive a convertir la política en una maquinaria de ingeniería social.

Las cuatro grandes formaciones políticas que configurarán el nuevo Parlamento español no brotan de la nada, responden a dinámicas internas de la sociedad española y reflejan sus energías y la erosión del tejido profundo de su conciencia. Identificar a los nuevos actores con la frescura y la regeneración, y a los partidos tradicionales con el moho y la desazón me parece de una simpleza extraordinaria. Podemos y Ciudadanos tienen mucho que demostrar y desvelar todavía, para bien o para mal. Partido Popular y PSOE experimentan fatiga y contradicciones, pero no está dicho que vayamos a su entierro. Los torys y los laboristas, los democristianos de la CDU y los socialdemócratas del SPD, llevan muchos más años en la brega y no han dejado de ser instrumentos útiles para sus respectivas sociedades.

Y como de la política no podemos (ni debemos) esperar el cambio ético-cultural profundo que España necesita, de lo que se trata es de discernir con realismo qué solución de gobierno preservará los bienes más preciados de nuestra convivencia, y facilitará más eficazmente el protagonismo de las realidades sociales que pueden operar ese cambio. Volviendo a los núcleos profundos de nuestra conversación nacional (estatalismo, desmemoria y laicismo) a los que me refería al principio, y añadiendo la necesidad de una solvencia en la gestión económica y en la defensa de las instituciones (con el desafío del secesionismo en Cataluña como telón de fondo), pienso que la solución más eficaz será la que podrían conformar PP y Ciudadanos, sea mediante una coalición (a la que no parece propicio Rivera) o mediante un pacto de legislatura. Con una anotación al margen, fría y desapasionada, para quienes busquen este resultado: cuanto mayor sea la proporción que alcance C’s, menos elementos tenemos para saber por cuál alianza se decantará Rivera.

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