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7 DICIEMBRE 2016
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Elecciones 20-D: sin mantras

Elena Santa María, Yolanda Menéndez, Juan Carlos Hernández, Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  78 votos
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Este domingo estamos llamados a votar. Estas elecciones se celebran en un escenario muy diferente al de comicios anteriores. Si se cumplen los pronósticos de las encuestas, habrá cuatro partidos –y no dos– con más del 15 por ciento de los votos. Parece evidente que tendrán que pactar entre ellos para lograr la mayoría suficiente ya sea para conseguir una coalición o para gobernar en solitario.

El nacimiento y el apoyo masivo a los nuevos partidos son reflejo de una sociedad que ha cambiado, que después de unos muy duros años de crisis y de desafección hacia la política parece implicarse más en la vida común. Llegamos a las elecciones cuando hay un sonoro clamor en favor de una nueva forma de hacer política. Hay un deseo de que prevalezcan palabras verdaderas sobre los reproches y los viejos discursos ideológicos. Hay, también, una gran expectación ante lo que digan las urnas. Y, sobre todo, ha surgido un interés nuevo por contrastar ideas, por que se ponga en juego el ideal que a cada uno le anima a construir la vida democrática. Muchos reclaman a los políticos que respondan en este nivel, que se dejen de confrontaciones infecundas. Afortunadamente, en España, el descontento no ha alimentado, como en países vecinos, una reacción mayoritariamente radical. Se ha despertado un anhelo de diálogo y de profundizar en el significado de la política. En las universidades, en los ámbitos de trabajo, entre los vecinos y en las familias se habla sobre la vida pública como antes no se hablaba.

Estos signos de cambio son una invitación a salir de fórmulas predeterminadas, de ideologías prefijadas. Muchos argumentos del pasado suenan ahora como mantras que no están a la altura de las circunstancias. Los mantras, si no llevan dentro una vida, duran poco y solo generan aburrimiento y descontento. Se hace más claro por eso que, en estas pocas horas que quedan antes de emitir nuestro voto, conviene preguntarnos por qué votamos lo que votamos. No es momento de dejarse llevar por la pereza intelectual. Esta pregunta y sus posibles respuestas, tendrán especial valor para lo que suceda a partir del 21-D, para que el cambio se materialice en el protagonismo personal propio de una democracia, en un mayor peso de la sociedad civil.

Nos parece que hay algunos criterios que deben pesar más que otros al tomar la decisión. No son pocos: subsidiariedad y solidaridad, libertad de educación, libertad de formular propuestas de significado, lucha contra la corrupción, reforma de las instituciones, protección de la ecología de lo humano, sostenibilidad de la Sociedad del Bienestar y del modelo productivo… No vamos desde aquí a sustituir a nadie en el ejercicio de valorar la complejidad de los factores en juego.

Pero hay algo más determinante incluso que esos criterios: la experiencia que los sustenta. Esa experiencia es importante a la hora de votar, pero, sobre todo, es la que permite construir, la que puede ayudar, en positivo, a frenar el mal de la partitocracia. Podemos equivocarnos al escoger unas determinadas siglas el domingo, pero nunca nos equivocaremos si sustituimos los mantras por auténticas razones que nazcan del surco de la vida.

No podemos dar por sentado que detrás de los criterios que utilizamos para votar hay una experiencia personal y social capaz de sostener la fatiga de participar de forma sostenida en la edificación de una sociedad mejor, capaz de aprender de los otros, de dialogar con todos.

Pongamos un ejemplo: ¿por qué nos interesa defender la educación de iniciativa social?, ¿por qué queremos dar protagonismo a las realidades sociales y no al estatalismo? No hay que darse prisa en responderse a esas preguntas. Las frases hechas nos condenan a la infecundidad.

Tenemos por delante un arduo trabajo: valorar al otro, al que piensa distinto, como el bien que es. El otro ayuda a aclarar y madurar cada vez más esa experiencia que está detrás del voto.

Todo esto supone entender que la política, la papeleta que depositemos en la urna el domingo, no sustituye la libertad de la persona. Con el voto no estamos delegando nuestro protagonismo. Así podremos tomarnos radicalmente en serio qué opción favorecemos y, al mismo tiempo, ser radicalmente irónicos sobre el resultado. La libertad debe ser conquistada una y otra vez.

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