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7 DICIEMBRE 2016
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Eluana: la urgencia del testimonio

José Mazarico, oncólogo

Eluana se encontraba en estado vegetativo, que la ciencia médica define como un estado de no consciencia de uno mismo ni de su entorno durante el cual se mantienen por ellas mismas las funciones vitales básicas (cardíaca y respiratoria) y en el que pueden existir fenómenos de apertura y cierre ocular que pueden simular períodos de sueño y de vigilia. No existen signos de respuesta a ningún tipo de estímulos o intento de actos voluntarios. Pueden ser personas que sonrían, lloren o se quejen pero serían actos que los expertos atribuyen a actividad inconsciente. Sin embargo es una afirmación arriesgada, ya que no hay pruebas médicas que lo certifiquen. De hecho, a pesar de que aseguraban que Eluana no podía sentir dolor ni sufrir, se le suministraron sedantes.

Cuando este estado se prolonga más allá de un mes se le da el calificativo de persistente y la posibilidad de recuperación es escasa. La supervivencia media de estas personas oscila entre 2 y 5 años.

Delante de estas situaciones se plantean infinidad de interrogantes, la mayoría de los cuales hacen referencia al tratamiento que estos pacientes precisan. Porque, si bien es cierto que la finalidad de la terapia médica es la cura o la mejora, existen momentos en que es aceptable su suspensión o no inicio dado que es previsible que sea fútil y además cause excesivas molestias a un paciente que, por otro lado, se suele encontrar en una fase avanzada de su enfermedad (el llamado encarnizamiento terapéutico). Pero este concepto no es extensible a la alimentación e hidratación, que constituyen cuidados básicos para todo enfermo y que, aun en el caso de precisar medios artificiales para ser suministrados (en el caso de Eluana una sonda que le llegaba al estómago), no suponen sufrimiento para el enfermo. Por lo tanto no es justificable su suspensión. Además, hay que dejar claro que Eluana no era una enferma terminal.

Lo que ha acontecido es un acto de eutanasia en tanto en cuanto se ha suspendido un cuidado con la finalidad de provocar la muerte. Eluana no ha fallecido por su estado sino por la negativa a suministrarle agua y alimentos.

Entonces, Eluana, ¿qué sucedía contigo para que tan afanosamente buscaran tu final? ¿Qué has hecho durante estos 17 años que has permanecido en tu cama para merecer tan dura sentencia? ¿Por qué en nombre de la piedad se te ha prohibido el acceso a lo que ni a los reos de muerte se les niega? Quizá hayas cometido el más grande crimen que el hombre contemporáneo pueda resistir: recordarle día tras día que la vida puede estar marcada por el dolor y el sufrimiento y que en último término somos seres dependientes. Nuestro límite de manera palpable. Además habías perdido una serie de facultades que hacían que quizá ya no fueras una persona. No merecía la pena que siguieras viva. Hasta hace poco nadie se atrevía a dudar de que la dignidad era inherente al hecho de existir. Cada vez más se decide sobre la vida de las personas en función de la presencia/ausencia de ciertas capacidades.

Si la sociedad italiana estaba profundamente dividida en esta cuestión (las encuestas estaban al 50%) no ocurre lo mismo en nuestro país: según las encuestas realizadas en varios medios de comunicación, entre el 80 y 90% de la población española cree que la decisión del tribunal supremo italiano era acertada. La batalla cultural se presenta complicada. No cabe la menor duda de que en cuestión de pocos meses la maquinaria mediática pondrá en marcha sus engranajes para presentarnos algún caso similar y entonces se hará patente la devaluación que la vida humana ha sufrido en nuestro país.

Frente a lo acontecido con Eluana se hace cada vez más urgente el testimonio de que existe algo en este mundo más fuerte que el sufrimiento y la muerte, algo que permite vivir la vida con alegría a pesar de las más penosas condiciones. Ese alguien que lo permite tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Giussani, fundador de Comunión y Liberación, afirma que a los cristianos se nos ha concedido la gracia de reconocerle para que, a través nuestro, otros hombres puedan llegar a Él y experimentar así un amor más fuerte que el dolor. Un amor que experimentó Eluana durante los 15 años que estuvo en Lecco al cuidado de las monjas. Un amor que sentían los mendigos de Calcuta que morían en brazos de la Madre Teresa. Testimonios de que la muerte no es la última palabra. Ésa es la tarea a la que estamos llamados.

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