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5 DICIEMBRE 2016
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Un milagro de improbabilidades infinitas

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  66 votos
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No hay paz como en los tiempos de Augusto, y por eso quizás la profecía sigue hablando de la necesidad de un milagro. La globalización tiene poco que ver con lo que sucedía en la época de la Pax Romana, cuando el primer emperador impuso el orden en todo el mundo conocido. También, como entonces, estamos conectados. Hace 20 siglos era fácil llegar desde un pueblecito como Cafarnaún, de una región perdida, al corazón del Imperio. Muy cerca de aquel pueblo de cincuenta casas pasaba la “Via Maris”. Bastaba seguirla con decisión para plantarse en relativamente poco tiempo a las puertas de Roma. El idioma no suponía un grave problema, porque entonces, como ahora, se manejaban una o dos lenguas francas. La gran diferencia era el orden, una cierta tranquilidad. El centro estaba claro, la ley imperante también.

Ahora no hay un solo eje y tampoco hay paz. Hace un siglo estalló el equilibrio dominante durante el XIX y no hemos vuelto a encontrar quietud. El final de esa gran novela que es "El puente sobre el río Drina" de Ivo Andrich refleja ese instante en el que todo saltó por los aires. El relato acaba en el momento en el que la primera bomba de la I Guerra Mundial cae sobre uno de los pilares del histórico puente. Acaba el libro y acaba una historia de cinco siglos en la que los pueblos del Imperio Austro-húngaro han vivido en relativa concordia, sabiendo a qué atenerse. Las bombas siguen cayendo sobre ese Río Drina en el que se ha convertido el planeta a comienzos del siglo XXI. Aunque Hillary Clinton gane las elecciones en 2016, Estados Unidos no volverá a ejercer la vieja hegemonía. Rusia, ya lo sabemos, seguirá pugnando por su viejo protagonismo, intentando hacerse espacio frente a Europay a Turquía (que también se mira en el espejo del pasado otomano). Todos estamos deseando que China no renuncie a sus ambiciones financieras y esperamos que siga creciendo con tasas superiores al 5 por ciento y comprando la deuda de Occidente. El imperio del capitalismo comunista, viejo por su política de natalidad, compite con la joven y democrática India y se extiende en África y América Latina buscando materias primas. El yihadismo recorre como un fantasma el Sahel, desestabiliza el Cuerno de África, sueña con restablecer el Califato de Sokoto en Nigeria, domina parte de Siria e Iraq, determina los destinos de Pakistán, no está vencido en Afganistán y amenaza el corazón de Europa… No,decididamente estos no son tiempos como los de Augusto, cuando José subió a Belén.

Si hay que buscar paralelismos quizás haya que remontarse hasta el siglo VIII A.C. Un siglo de evidente transición. Cuando nacieron los grandes relatos de Homero y cuando se redactaron parte de las escrituras sagradas del hinduismo. El tiempo en el que los reinos pequeños dieron paso al ciclo de los grandes imperios universales que se sucedieron unos a otros: Asiria, Babilonia, Grecia y Roma. A mediados del siglo VIII, en Oriente Próximo, los asirios todavía no han impuesto su ley. El rey asirio Tiglath-Pileser III lucha contra una insurrección en los estados sirio-palestinos. Los reyes de Siria y de Israel se unen para combatir contra él y pretenden que el reino de Judá, con capital en Israel, se sume a la alianza. El rey de Judá, Acaz, no sabe qué hacer y en un gesto de realpolitik se pone del lado de Asiria. Israel cae en manos los asirios y empieza el exilio para el reino del norte. Jerusalén todavía resiste. Es el momento en el que Isaías anuncia que la Virgen va a dar a luz un hijo, el Misterio se hará compañero de los hombres. Exilio, reinos en lucha, cosmovisiones que emergen… Parece que hay similitudes. ¿También de la profecía?

Quizás en Occidente, la parte más resistente del planeta a aceptar lo gratuito, lo inesperado, haya algunos signos de una apertura antes desconocida. El viejo orden ha desaparecido. La multipolaridad política, la falta de un centro, incluso el peso de la levedad sirve para despejar aquella barrera cultural que durante los últimos siglos nos hizo pensar que cuando algo sucedía era como consecuencia de causas suficientes. Es difícil seguir pensando que si algo ocurre es hijo de la necesidad, una necesidad que se puede explicar por motivos claros y distintos. La ética de unos valores suficientes en sí mismos, ahora desaparecida, ya no es obstáculo. Estamos ante terreno abonado para el triunfo de la nada. Pero también un mundo en el que emerge con más fuerza el deseo desgarrado de lo que Hannah Arendt llamaba “un milagro de improbabilidades infinitas”. Un deseo que, por el solo hecho de existir, es ya una profecía, la señal de lo esperado va a suceder o está sucediendo. Estamos en una condición en la que -como dice Arendt- sabemos que “nada que nos sea conocido determina y determinará el curso del mundo, por eso podemos decir que solo sucederá un cambio decisivo para nuestra salvación por medio de una especie de milagro”.

Es la única condición que permite reconocer el milagro de improbabilidades infinitas anunciado por la Navidad.

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