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3 DICIEMBRE 2016
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Gestos de humanidad

Julián Carrón | 0 comentarios valoración: 3  48 votos
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Cada vez es más frecuente que la gente se asombre de gestos sencillos de humanidad a los que ya casi no damos valor, pues nos parecen normales, habituales. En un centro de acogida un voluntario llama por su nombre a un refugiado paquistaní, y ante la pregunta de si prefiere pasta con o sin salsa, carne o pescado, este rompe a llorar por la conmoción. Una joven manda un SMS a un búlgaro que acaba de conocer: «¿Cómo estás?»; el hombre se asombra de que una persona casi desconocida se interese por él. Podría contar episodios de este tipo hasta el infinito. Parece nada frente a la enormidad de los problemas, y sin embargo su efecto es tan impactante en los que lo reciben, como banal, insignificante y obvio puede parecernos a nosotros, que vemos suceder estos episodios.

Un simple gesto de buena educación, ¿es suficiente para explicar su sorpresa? Para poder mirar así a un refugiado y para poderse dirigir así a un extraño se necesita algo de lo que ya casi no somos conscientes. Después de llorar un rato, el refugiado habla sobre los años que ha pasado en otra parte del mundo, en donde su empleador nunca le había llamado por su nombre y en donde mitigaba su hambre con un cuenco de arroz. Pero ahora alguien le llama por su nombre y le pregunta incluso qué desea comer.

Hace demasiado tiempo que hemos perdido la conciencia del origen de esta mirada sobre el hombre, y de este modo podemos perder también la familiaridad con los gestos que nacen de ella. Por eso necesitamos que otro vuelva a darnos a través del asombro de su rostro la conciencia de nuestra historia y de lo que llevamos en nosotros.

¿Qué es lo que ha generado esta mirada y esta estima sobre el otro que despierta en él tanta maravilla? Ciertamente, no depende de que seamos «más capaces». Sencillamente, pertenecemos a una historia de preferencia que comenzó con el antiguo pueblo de Israel. Fue esta preferencia, experimentada en la liberación de Egipto, lo que le permitió a Israel mirar al forastero de forma nada habitual para el mundo antiguo: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto» (Dt 10,9). Y tal preferencia culminó cuando el Verbo se hizo carne y porque vive entre nosotros, genera en la vida de la Iglesia un sujeto que mira al otro con un interés total por su destino. ¡Sin la conciencia de esta mirada llena de predilección por mí y por ti no existe Navidad! Sería tan solo un rito formal, como tantas cosas que hacemos sin que nada se alegre en nosotros.

Reconocer el modo con el que Dios nos llama –a través del rostro más desconocido– es la única posibilidad de no hacer vano Su designio de misericordia sobre nosotros y de seguir siendo testigos de esa mirada que nos hace verdaderamente libres en cualquier situación.

Publicado en La Razón el 26 de diciembre

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