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3 DICIEMBRE 2016
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2016. Un año de esferas perplejas

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  59 votos
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Nunca se ha podido hacer, con rigor absoluto, ese ejercicio que el periodismo tradicionalmente nos exige por estas fechas: una previsión de cómo puede ser el año que entra. Pero en este 2016 cualquier pronóstico se ha convertido en una temeridad. Vivimos en un mundo sin centro alguno, a merced del juego de esferas ¬¬-viejos y nuevos imperios- de diferente tamaño, esferas dominadas todas ellas por la perplejidad.

La esfera estadounidense, imperio maduro, celebra elecciones presidenciales después del ciclo Obama. Lo hace en una situación de desconcierto del que están siendo buena prueba las primarias. La subida de tipos de la Reserva Federal del pasado mes de diciembre certifica que la crisis iniciada con la quiebra de Lehman Brothers queda atrás. Siete años después del estallido de la burbuja de las subprime, después de haber gastado billones de dólares en el rescate del sector financiero y en inyectar liquidez, la decisión de Janet Yellen certifica que la recuperación se ha encarrilado. La primera economía del mundo ha superado una difícil prueba. Solo arriesgadas decisiones en favor de una política monetaria expansiva la han mantenido a flote.

Pero la hazaña no parece contar mucho en la campaña electoral. De hecho, el fenómeno Donald Trump solo se entiende porque una parte relevante de la población blanca se siente fuera del sistema. Tiene la percepción de que la mejora de los números solo beneficia a otros, tiene miedo del peso de los inmigrantes (en un país construido con la gente que llegaba de fuera), tiene la sensación de que vive en una América que ya no es la suya. Todos esperábamos que Trump, con sus mensajes xenófobos, fuera un fenómeno pasajero, pero sigue en la carrera. Desafía a los republicanos y toda la arquitectura institucional. Siempre ha habido outsiders pero no con tanto peso. Lo ideal hubiera sido un duelo de viejos apellidos: Bush (Jed) y Clinton (Hillary). Estados Unidos sale de la crisis extrañamente polarizado, con un proyecto nacional poco claro y sin saber cómo representar su papel de imperio maduro en un mundo multipolar. Los errores en Siria o en Egipto, la relación con Rusia y el sí pero no constante de Obama son el mejor ejemplo (en su balance positivo se puede apuntar la cuestión cubana) de la falta de rumbo. Si la victoria de Hillary supone la vuelta de los equipos de su marido a la Casa Blanca, las cosas podrían mejorar.

Al otro lado del Pacífico, la otra gran esfera, China, está convencida de que el “siglo de la humillación”, el que comenzó con la Guerra del Opio de 1840, ha quedado definitivamente superado. Xi Jinping ha construido una auténtica diplomacia económica que pretende ser la alternativa a la de Estados Unidos. El Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras se ha levantado con la intención de hacer sombra al FMI. El Gigante Asiático ha construido dos nuevas rutas de la seda, una por el trazado tradicional, y otra que atraviesa África. Las utiliza para abastecerse de tierra, materias primas y energía. Vuelve a revindicar además su hegemonía en el Mar del Este y en el Mar de China. Pero el Imperio Amarillo sufre no pocas perplejidades. Ha sido víctima de una burbuja inmobiliaria y de crédito. Y ya ha dado las primeras señales de desaceleración. Nadie sabe si su economía simplemente tiene que modernizarse o reestructurarse, si se desacelera mucho o poco. Si el crecimiento de su PIB se queda por debajo del 5 por ciento los efectos mundiales pueden ser devastadores. China consume el 15 por ciento del petróleo del mundo, la mitad del cobre, la mitad del aluminio y la mitad del hierro. Las consecuencias de una menor demanda de materias primas serían nefastas para los emergentes. Sea cual sea la situación de su economía, China empezará pronto a sentir los efectos del envejecimiento de su población. Hace unas semanas se levantaba la prohibición de tener más de un hijo. Llega tarde. Las mujeres chinas no quieren tener más porque la Seguridad Social no paga la baja de maternidad. El gran banco del mundo se ha convertido de forma prematura en una esfera envejecida.

Rusia es un imperio antiguo que sigue reclamando espacio como si estuviéramos a comienzos del XX. La guerra en Siria le ha permitido recuperar protagonismo en el Mediterráneo. Consigue, desde el Mar Mediterráneo y desde el Mar Negro hacerle pinza a su viejo rival: el Imperio Turco. Putin, a pesar de la pobreza de la población, sigue empeñado en cumplir su plan de rearme iniciado en 2010. Más que perpleja su posición es débil porque está a merced del precio del petróleo. Pero lo ocurrido en Oriente Próximo y en Ucrania refleja hasta qué punto no se puede minusvalorar el nacionalismo ruso. Turquía es otra de las esferas de segundo tamaño que también juega un papel de peso. Alejada de Bruselas por voluntad propia, aliada de suníes, puerta de Occidente, utiliza a los refugiados como arma. Jugará siempre un doble juego con el Daesh. La debilidad de la Unión Europea nos pone a merced de las intenciones de Erdogan.

La esfera suní, liderada por Arabia Saudí y por los países del Golfo es determinante para comprender la guerra del yihadismo. Los saudíes no se van a quedar quietos mientras Irán, al frente de los chiitas, se acerca a Occidente tras el acuerdo para contener su programa nuclear. Sin el apoyo de los chiitas no hay victoria posible sobre el Daesh, sin una implosión interna dentro del sunismo, que aleje al autodenominado Estado Islámico de sus bases, no habrá paz estable.

Demasiadas esferas en danza sin un baile claro. Estamos en un universo en el que es muy necesario el imposible relieve de la Unión Europea. En un cosmos donde el protagonismo de la persona lo es todo.

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