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10 DICIEMBRE 2016
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Tres lecciones de los mártires

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  43 votos
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“La historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires; los mártires perseguidos”. Estas recientes palabras del Papa Francisco recuerdan con especial fuerza el “caso serio” que supone la existencia cristiana; el testimonio al que todo bautizado está llamado, incluso ante la persecución, incluso, si Dios lo pide, ante la efusión de sangre. Es una realidad crudamente prevista en el discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo y confirmada por dos mil años de historia. Pero tocarla hoy con nuestras manos, entre los refugiados de Erbil, como me pasó el pasado mes de junio por invitación de los patriarcas Béchara Raï y Louis Sako, es una experiencia que queda impresa para siempre en la memoria y en el corazón. Introduce una luz nueva con la que mirar los trágicos hechos de Oriente Medio –las llamas de una guerra que no cesa– y su repercusión en una Europa demasiado apática y replegada sobre sí misma, que solo recientemente parece despertar del sopor en que se ha precipitado.

San Máximo el Confesor, citando una expresión paulina (1Cor 2,16), afirma que tener “los pensamientos de Cristo” significa pensar según Cristo, pero sobre todo “pensar en Él en todas las cosas”. Este es el sentido de la Encarnación, este es el genio cristiano. ¿Qué quiere decir entonces tener los pensamientos (la mens) de Cristo respecto a lo que está sucediendo en Oriente Medio? Antes que cualquier consideración geopolítica, económica o estratégica, creo que significa estar delante de una sencilla constatación: en esas tierras se está dando en acto un martirio. Estoy convencido de que este dato, que nos cuesta mirar de frente, tiene una relevancia enorme no solo para la Iglesia, sino también para una comprensión más profunda tanto de la raíz de la persistente conflictividad en Oriente Medio, como de la impotencia en que se debate Occidente. El pensamiento de Cristo es el principio explicativo de la realidad, de toda la realidad, y creo que aquí nos lega tres lecciones.

Un tesoro precioso

La primera se refiere al puesto del martirio en la vida de la Iglesia. Sin duda este no es el lugar para recorrer la larga historia del cristianismo oriental. Otros ya lo han hecho de manera excelente. Pero es un hecho que en las últimas décadas se han dado en esta región del mundo dos fenómenos especialmente trágicos. Por un lado, el intento de construir estados más homogéneos, mediante la absorción y la “normalización” de las minorías étnico-religiosas. Por otro, un decidido retorno del fundamentalismo islamista, que desde los años 60 ha vuelto a introducir un lenguaje religioso y praxis discriminatorias que parecían ya superadas definitivamente. Con mucha dificultad habríamos podido imaginar que, a principios del siglo XXI, se volvería a hablar de “jizya”, el impuesto a los no musulmanes, que se da de tortas con cualquier concepción moderna de igualdad en derechos y deberes. Pero así ha sido, mucho antes de que el Isis se convirtiera en un fenómeno mediático. Luego la caída de muchos estados mediorientales, certificado por las revueltas de 2011, desató el último salto cualitativo, y de la discriminación se pasó a la persecución abierta, que obligó a poblaciones enteras a dejar a toda prisa sus casas para no ser masacrados.

A los historiadores les tocará emitir un juicio sobre este proceso de larga duración, a propósito del cual sin duda también las comunidades cristianas han cometido errores de valoración. Pero hoy lo que más llama la atención son los hechos puros y duros. “Pensemos en nuestros hermanos decapitados en la playa de Libia; en ese chaval quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; en esos inmigrantes lanzados al mar por cristianos; en esos etíopes asesinados por cristianos”.

Estos episodios son en primer lugar una provocación para la fe de cada uno. Infunden nuevo vigor a la tensión hacia la santidad y nos obligan a salir de nosotros mismos. Personalmente, al visitar los campos de refugiados de Erbil, me impresionaron las condiciones de privación radical en que los refugiados cristianos –y de otras minorías perseguidas– están obligados a vivir después de que, ante el amenazador avance de los terroristas, en pocas horas se vieran obligados a abandonar su ciudad, su casa y su trabajo. Sin embargo, en esta durísima situación al límite de lo soportable, he visto en ellos una dignidad admirable. Pero lo que más me sigue interrogando y provocando es la fe extraordinaria que anima su esperanza, incluso ante un futuro que se presenta en suspenso.

Desde nuestra limitada perspectiva, no sabemos medir el efecto de estos testimonios, fuera y dentro de la Iglesia. Solo sabemos una cosa con certeza: son un tesoro demasiado precioso para ser dilapidado. Precisamente por esto me parece especialmente urgente la decisión de dedicar una jornada a los nuevos mártires de Oriente Medio. Sin renegar de las particularidades de cada rito y de las demás iglesias y comunidades cristianas que viven en la región, esta celebración podría asumir la forma de una jornada común a las diversas confesiones cristianas, dedicada a celebrar la memoria de los mártires modernos que, en la variedad de su pertenencia, pagan con la vida su fidelidad a Cristo en nuestros días y en Oriente Medio. La jornada sería además una ocasión providencial para pedir perdón por las divisiones entre cristianos, divisiones que en el pasado llevaron también a conflictos sangrientos entre varias comunidades. Es el ecumenismo de la sangre del que habla tan frecuentemente el Papa Francisco. El momento trágico que vive la región podría convertirse así en una ocasión propicia para superar lo que separa y buscar lo que une. Así, incluso el mal de la persecución podría converger hacia el bien de una unidad mayor.

La verdadera victoria

Sin embargo, la lección que los cristianos orientales dan al mundo entero no es un mero asunto intra-eclesial. Tiene también enseñanzas políticas muy concretas que ofrecer, que permiten descifrar de un modo más profundo el virus que ha destruido países enteros, desde Siria hasta Iraq. ¿Dónde nace de hecho esta enfermedad? En la búsqueda de la victoria a toda costa, mediante la opresión y la aniquilación del adversario. Hoy en Oriente Medio todo es un frenético firmar alianzas, deshacerlas, llamar en auxilio a protectores extranjeros siempre nuevos, en una escalada de violencia que termina retroalimentándose. Pero nunca ha sido tan claro como ahora que esta vía solo conduce a la muerte y a la destrucción. El consecuente proceso de des-humanización afecta sobre todo al “religiosamente distinto”, pero no se detiene ahí. Después de los no musulmanes, les toca a los musulmanes de diversas confesiones (sunitas contra chiítas y viceversa), luego a los musulmanes “desviados”, y finalmente a todos aquellos que no pueden exhibir una perfecta praxis ortodoxa, según un esquema de intolerancia progresiva que ya hemos visto muchas otras veces.

Ante este proyecto, los mártires de nuestros días dicen claramente “¡no!”. No es este el camino para Oriente Medio. Más homogeneidad no significa menos conflictos, porque siempre habrá alguien “más fundamentalista que yo” que intentará plegarme ante su credo. Y no es esta la victoria que perseguimos, incluso a nivel temporal. La verdadera victoria es de hecho la Pascua, el Crucificado Resucitado, que acepta llevar sobre sí el pecado del mundo y con su obediencia destruye el cuerpo del pecado. Una victoria de alcance universal que llega incluso al que no cree.

Actuando así, el mártir desenmascara de raíz el contra-testimonio del yihadista, del hombre-bomba, mostrando dónde se sitúa el error de todo fundamentalismo, en la pretensión de poder romper el inseparable binomio verdad-libertad. Pero no solo lo desenmascara: también lo sana y lo repara. De hecho, si el hombre-bomba cree poder imponer su verdad prescindiendo del sufrimiento de sus víctimas, el mártir, padeciendo lo que debía sufrir el culpable, quita al mal su carácter irreparable. Hay por tanto en esta historia de martirio en nuestros días una relevancia cultural y política de la Cruz Gloriosa que sigue esperando ser plenamente valorada. Eso, entre otras cosas, podría sugerir una nueva forma de presentar este punto capital de la fe cristiana, siempre motivo de escándalo. De hecho, también hoy la lógica de la Cruz gloriosa sigue siendo la única capaz de iluminar hasta el fondo las decisiones políticas. Y los mártires lo testimonian, no con palabras sino con hechos.

Cambio de paso

Pero la durísima prueba que atraviesan las comunidades orientales también pone despiadadamente al desnudo la abdicación de Occidente de sí mismo. Mientras los Estados Unidos contribuían activamente a la desestabilización de Iraq, Europa ha dado pruebas de toda su impotencia en Siria. Traicionando su propia misión histórica de defender la libertad y los llamados “valores europeos” que ahora querría oponer al terrorismo, la Unión ha preferido volver su mirada hacia otra parte. Presa de su narcisismo, ha ignorado el conflicto, salvo ciertas acciones humanitarias en la frontera, ha fingido no ver el rápido ascenso del odio, las cientos de miles de muertes y los millones de desplazados, y solo ha despertado cuando las columnas de refugiados empezaban a llamar a sus fronteras.

Ahora es una emergencia, y la emergencia nunca es buena consejera, porque confunde fenómenos que son distintos: los refugiados, en gran parte procedentes de Oriente Medio, y los inmigrantes por razones económicas, originarios de otros países y para los que deben regir lógicas diferentes, aunque desde el respeto inderogable de la dignidad de toda persona. A pesar de todos los retrasos y cierres, parece que algo por fin se está moviendo a nivel político, para pasar de una gestión al día, a una visión estructural, consciente de que el proceso es demasiado vasto para poder tenerlo bajo control. Pero por lo que respecta a los refugiados, la obligada acogida sigue siendo en todo caso una solución de repliegue. El verdadero objetivo a largo plazo –los obispos orientales no se cansan de repetirlo– es hacer nuevamente de Oriente Medio una región donde todos puedan vivir, donde sea posible tener un futuro.

Como señalan muchas voces, eso probablemente exige en lo inmediato una acción más valiente para detener al agresor injusto. De hecho, “es un derecho de la humanidad, pero es también un derecho del agresor, ser detenido para no seguir haciendo el mal”. Habrá también que tomar en consideración que en muchos casos los años de guerra han producido heridas tan profundas entre las diversas comunidades que hacen difícil imaginar inmediatamente un camino juntos. Y habrá que empezar a hablar del derecho al retorno por parte de los refugiados.

Sin embargo, para que cualquier iniciativa pueda tener ciertas posibilidades de éxito, es absolutamente prioritario dar vida a una suerte de Plan Marshall que garantice la posibilidad de decidir entre quedarse o volver; exactamente igual que pasó en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando un continente en ruinas encontró en pocos años el camino para renacer de sus cenizas. El enorme poder que la tecnología nos otorga lleva consigo una preocupante capacidad destructiva, de la que Oriente Medio tiene hoy una amarga experiencia. Porque, como escribe el Papa Francisco en la Laudato Si’ (n. 13), “el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común”.

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