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9 DICIEMBRE 2016
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Fanatismo

Nikolaj Berdjaev | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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La revista “La nueva Europa” ha publicado un texto inédito del filósofo ruso Nikolaj Berdjaev (1874-1948), incluido en 1937 en “Russkie zapiski”. “La nueva Europa” es la publicación bimestral de la Fundación Rusia Cristiana, que después de 55 años ha cambiado radicalmente su imagen de cara a este año 2016. El año nuevo ha traído el nacimiento del portal www.lanuovaeuropa.org, un instrumento actualizado sobre todo lo que sucede en Rusia y en el este europeo. Pero también un portal que custodia el gran patrimonio de la literatura, el arte y el pensamiento ruso de todos los tiempos. Por su interés, publicamos parte de este texto inédito.

El tema del fanatismo, que tiene que ver con la fidelidad a la ortodoxia de la doctrina, es muy actual. La historia tiene su propio ritmo y juego un gran papel en la alternancia de las reacciones psíquicas. Nosotros entramos en este ritmo cuando prevalece el empuje hacia la unidad coercitiva, hacia una ortodoxia que se impone a todos, hacia el orden que suprime la libertad. Se trata de una reacción al siglo XIX, a su amor por la libertad y a su humanidad.

Se produce así una psicología de masas intolerante y fanática. Y al mismo tiempo se rompe el equilibrio y el hombre se deja llevar hacia una obsesión maníaca. El individuo cae víctima de una psicosis colectiva. Se verifica una terrible constricción de la conciencia, quedan abolidos y expulsados muchos rasgos humanos sustanciales, toda la complejidad emotiva e intelectual de la vida personal. La unidad se obtiene no mediante una plenitud sino a través de un creciente empobrecimiento.

La intolerancia tiene un cierto parentesco con los celos, que constituyen una psicosis que hace perder el sentido de la realidad. La vida psíquica da un vuelco y se fija en un punto, pero el punto en que se fija no se percibe de forma real. La persona donde la intolerancia ha alcanzado el nivel del fanatismo, como el hombre celoso, ve por todas partes solo traición, solo infidelidad, solo violación del pacto de unidad; es sospechoso y paranoico, por todas partes descubre complots contra su idea predilecta, contra el objeto de su fe y de su amor. El hombre intolerante y fanático, igual que el hombre celoso, es muy difícil de devolver a la realidad. El fanático, obsesionado por una manía persecutoria, ve en torno a sí las maquinaciones del diablo, pero en cambio es siempre él quien persigue, tortura, ajusticia.

El hombre poseído por una manía persecutoria, que se siente rodeado de enemigos, es una criatura muy peligrosa, siempre se convierte en perseguidor: es él quien persigue, no los demás los que le persiguen a él. Los fanáticos que cometen los mayores crímenes, violencias y crueldades siempre se sienten rodeados de peligros, viven siempre en el miedo. El estado de miedo está íntimamente ligado al fanatismo y a la intolerancia. Sanar del miedo significaría también sanar del fanatismo y de la intolerancia. Al fanático, el diablo le parece cada vez más fuerte y terrible, cree más en él que en Dios. El fanatismo tiene origen religioso, pero pasa fácilmente al ámbito nacional y político.

El fanático nacionalista o político cree en el diablo y en sus intrigas, incluso cuando la categoría religiosa del diablo le resulta completamente ajena. Siempre está en contra de las fuerzas del diablo que crearon la inquisición, el comité de salud pública, la omnipotente policía secreta, la cheka. Estas terribles instituciones siempre han sido creadas por el miedo al diablo. Pero el diablo siempre ha sido más fuerte, ha penetrado en estas instituciones y ha tomado sus riendas. No hay nada peor que el miedo. La curación espiritual del miedo es lo que más necesita el hombre. El intolerante fanático comete violencia, aísla, encarcela y ajusticia, pero él, sustancialmente, es débil y no fuerte, está oprimido por el miedo y su conciencia está terriblemente restringida, su fe en Dios es aún más pequeña que su tolerancia. En cierto sentido, podría decirse que la fe fanática es indicador de debilidad de la fe, es falta de fe. Es una fe negativa.

El archimandrita Focio, en tiempos de Alejandro I, creía sobre todo en el diablo y en el anticristo. La fuerza de Dios le parecía insignificante en comparación con el poder del diablo. La Inquisición cree en la fuerza de la verdad cristiana tanto como la KGB cree en la fuerza de la verdad comunista. El fanatismo intolerante representa siempre una profunda falta de fe en el hombre, en la imagen de Dios en el hombre, en la fuerza de la verdad, es decir, al final, una falta de fe en Dios. El propio Lenin no creía en el hombre ni en la fuerza de la verdad, exactamente igual que Pobedonoscev, ambos eran hombres de la misma raza. El hombre que llega a dejarse obsesionar por la idea de la amenaza y la conspiración mundial de masones, hebreos, jesuitas, bolcheviques o de la sociedad secreta de los asesinos, deja de creer en la fuerza de Dios, en la fuerza de la verdad, y solo confía en la propia violencia, crueldad y homicidio.

Este tipo de persona sería sustancialmente un caso de psicopatología y psicoanálisis. Para el fanático no existe el mundo multiforme. Este hombre está obsesionado por lo único. Tiene una actitud despiadada y rabiosa respecto a todo lo que no sea único. Psicológicamente, el fanatismo está vinculado a la idea de salvación o perdición. Es precisamente esta idea la que hace fanática al alma. Existo lo único que salva, todo lo demás mata. Por tanto, debemos entregarnos totalmente a este “unicum” y destruir sin piedad el resto del mundo, todo el mundo múltiple que amenaza con destruirnos. A la muerte, ligada a la multiplicidad del mundo, se conecta también el sentimiento de miedo, que siempre está en el subsuelo del fanatismo.

Los inquisidores estaban firmemente convencidos de que la violencia, la tortura, la hoguera y todo lo demás que llevaban a cabo eran manifestaciones de humanidad. Luchaban contra la muerte por la salvación, defendían las almas de la tentación de las herejías que las amenazaban de muerte. Es mejor causar breves sufrimientos en la vida terrena que la muerte de muchos en la eternidad. Torquemada era un hombre altruista, desinteresado, no deseaba nada para sí, lo hacía todo exclusivamente por la gloria de Dios, en él había incluso una cierta ternura, no alimentaba la rabia ni el odio hacia nadie, era una “buena” persona dentro de su género.

Estoy seguro de que del mismo modo también habrá sido una “buena” persona, un altruista y un creyente Dzeržinskij, que en su juventud fue de hecho un ferviente católico y quería ser monje. Se trata de un interesante problema psicológico. El hombre creyente, desinteresado, idealista, puede ser despiadado, puede cometer las mayores atrocidades. Entregarse uno mismo, sin reservas, a Dios o a una idea que ocupe el puesto de Dios, descuidando a la persona, transformar al hombre en medio e instrumento para la gloria de Dios y para la realización de una idea significa hacerse fanático, despiadado, incluso un monstruo. Precisamente el Evangelio ha mostrado a los hombres que no es posible construir la propia relación con Dios sin entrar en relación con la persona. Si los fariseos ponían el sábado por encima del hombre y fueron avergonzados por Cristo, entonces cualquier hombre que ponga una idea abstracta por encima del hombre profesa la religión del sábado que Cristo rechazó. Ya se trate de la ortodoxia eclesiástica, del Estado, del nacionalismo o de la idea de revolución y del socialismo.

El hombre obsesionado por la búsqueda y la denuncia de las herejías es un hombre desde hace tiempo desenmascarado y condenado por Cristo, aunque no se dé cuenta. El odio patológico a la herejía es la obsesión de la idea, puesta por encima del hombre. Robespierre amaba sin reservas la virtud republicana, era el hombre más virtuoso de la Francia revolucionaria, y quizás el único virtuoso. Él se identificaba con la virtud republicana, con la idea de revolución. Era el tipo clásico de egocéntrico. Y lo más repugnante de él era esta manía por la virtud, esta identificación con la virtud misma. El depravado Danton era mil veces mejor y más humano.

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