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9 DICIEMBRE 2016
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Para no olvidar a nadie

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Para Marx y Engels era el “proletariado andrajoso”: parados crónicos, personas sin residencia fija y empleos intermitentes. Esta realidad, gracias a la crisis económica, ha vuelto a la palestra, a esa zona del “malestar social” que, a pesar de los pequeños signos de recuperación económica, sigue creciendo constantemente.

El continuo esfuerzo por reducir la pobreza y la desigualdad forman parte de nuestra identidad, y esperemos que nadie renuncie a ello. Sin embargo, la situación del déficit público, el aumento de la esperanza de vida, así como de la cantidad y calidad de las necesidades, hace que resulte utópico pensar que el Estado pueda hacerse cargo de una financiación creciente y capaz de responder a todas las necesidades en este ámbito.

Hay varios aspectos que considerar para intentar reducir esa zona de malestar que está asumiendo unas dimensiones preocupantes. Para empezar, el mercado del bienestar no puede sustituir a la intervención pública si el objetivo es un sistema de bienestar universal. Eso solo sería concebible en sectores “ricos”, pero incluso en estos casos con muchas cautelas, pues el lucro puede hacer estallar los costes. De hecho, por poner algún ejemplo, junto sistemas sanitarios mixtos, público-privado, como el lombardo, donde la incidencia del gasto sanitario sobre el PIB está muy por debajo de la media nacional (5,7% frente a 7,1%), hay otros donde la presencia prevalente del mercado significa costes más elevados, como el estadounidense, donde la incidencia del gasto sanitario sobre el PIB está por encima del 16% y donde los menos pudientes quedan excluidos.

Por lo tanto, hay que repensar el sistema, sin pensar que el mercado puede sustituir totalmente al Estado, en los sectores del bienestar (discapacidad, menores, formación profesional, enfermedades raras…), que por definición no son lucrativos. Pero en este momento no es posible sin recursos privados. ¿Cómo hacer entonces?

Tal vez ha llegado el momento de considerar seriamente los mejores caminos que se han tomado en el mundo en este campo, como por ejemplo los vinculados a la llamada economía social. Países como Reino Unido, Estados Unidos y Canadá llevan tiempo a la vanguardia. Se trata de elaborar relaciones de partenariado público-privado donde la financiación sostiene inversiones sociales con un bajo retorno económico, o con un retorno que se mide en función de los resultados sociales alcanzados, pero en todo caso con restitución del capital.

Queda superada así la lógica del fondo perdido, con la ventaja que supone valorar la responsabilidad, evitando fenómenos de asistencialismo que no crean desarrollo. Este tipo de intervenciones pueden ser sostenibles siempre y cuando impliquen a las entidades non profit con un alto nivel de eficiencia y eficacia en su compromiso social. Resumiendo, ante un retorno económico para los que invierten capitales, se obtiene un beneficio social concreto para los más necesitados, lo que permite un ahorro al Estado.

Un segundo filón sería el incremento del Segundo Bienestar, que consiste en una serie de intervenciones, sobre todo en forma de servicios que impliquen a múltiples actores (empresas, sindicatos, cooperativas, asociaciones, etc) que integran, sin sustituirlo, al Primer Bienestar, el público. A fin de cuentas, se trata de la elaboración moderna de intuiciones que están en el ADN de nuestra iniciativa social.

Hubo un tiempo en que algunos grandes empresarios, con amplitud de miras, aparte de intentar no hacer a sus trabajadores el contrato más precario posible, le ofrecían una serie de servicios, como guarderías, escuelas, lugares de vacaciones… El empleado era alguien a quien tutelar, no algo que utilizar y olvidar cuando pasaran los tiempos de abundancia. Hace falta remangarse para dar vida a una nueva innovación social y económica que vea la iniciativa social privada como un aliado de las instituciones, donde la financiación sea tanto estatal como privada, uniendo intereses e ideales. El interés no solo tiene que ser lucrativo, también puede estar al servicio de la comunidad. De hecho, eso es lo que hizo posible históricamente el bienestar universal. Y solo así podrá permanecer.

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