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8 DICIEMBRE 2016
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La sociedad vasca tiene que mirarse al espejo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  37 votos
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Hace ahora cinco años, José Ignacio Munilla pronunciaba una memorable homilía en la fiesta de San Sebastián, cuando apenas llevaba un año al frente de la diócesis que lleva el mismo nombre de este mártir romano. Corría el mes de enero de 2011 y habían transcurrido pocos días desde el anuncio de una tregua indefinida por parte de la banda terrorista ETA. El obispo Munilla realizó entonces algunas observaciones que conviene traer a la memoria en este momento. Sin ocultar la esperanza latente ante un futuro sin terrorismo, advertía que “es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, alcanzar la deseada paz, sin un verdadero arrepentimiento por la violencia y los daños causados… La paz no tendría unas bases firmes si estuviese fundada en meros cálculos estratégicos de efectividad”.

¿A qué viene recordar esto ahora, cuando aparentemente la normalización se ha establecido, cuando afortunadamente ya nadie espera ser sorprendido por el sonido de las bombas mientras desayuna antes de ir al trabajo, cuando las gentes de ETA empuñan ahora tranquilamente el bastón municipal y manejan los presupuestos… y parece que definitivamente aquí no pasa nada? También el lehendakari Urkullu, dentro de su política de moderación y prudencia en los tiempos y las formas, ha pedido disculpas a las víctimas del terrorismo por la falta de cercanía del nacionalismo vasco durante años. Hace pocos días, treinta y cinco acusados en el macro-juicio contra el entramado de ETA-Batasuna reconocían también el daño causado a las víctimas. Así lograban eludir la cárcel tras un acuerdo con la Fiscalía al que se sumaron varias asociaciones de víctimas. Por último, a finales de marzo, Arnaldo Otegi habrá cumplido su condena por integración en ETA, y aunque de momento ha sido inhabilitado para ejercer cargos públicos, con su salida de la cárcel se habrá completado un ciclo. Entonces, ¿todo está bien?

Las palabras de Munilla de hace un lustro me han venido a la mente al leer unas declaraciones de otra figura de referencia en la sociedad vasca, Joseba Arregi, ex dirigente del PNV, que ha publicado en 2015 “El terror de ETA. La narrativa de las víctimas”. Su análisis tiene especial valor, no sólo por su rigor sino por provenir de alguien que ha participado en las tareas del gobierno vasco en los años de plomo. Más de uno habrá pensado que se trata de un aguafiestas por afirmar que la sociedad vasca “necesita un mínimo de conciencia” y denunciar que “hasta ahora, mira para otro lado, porque ya ha pasado la tormenta y ahora vamos a darnos abrazos y a reconciliarnos”, olvidando que “aquí se ha dado el verdadero terror”.

Hay que inclinarse ante el coraje y la libertad de un intelectual que procede del mundo nacionalista y que hoy se atreve a decir desde Andoáin que “la sociedad vasca no ha vencido a ETA… han sido los poderes del Estado, las fuerzas de seguridad y media docena de resistentes vascos… la sociedad vasca ha pasado y no quiere verlo. Bien haría en mirarse al espejo y preguntarse: ¿dónde he estado yo?”. Y a la pregunta de la entrevistadora sobre qué sucedería si la sociedad vasca no realiza esa catarsis, Arregi sentencia: “creo que no tendremos ningún futuro en libertad; parecerá que somos libres, pero no lo seremos, y seguiremos dejando agujeros que algún día reventarán”.

En su homilía de hace cinco años, Munilla sostenía la necesidad de purificar todas las imágenes idealizadas o románticas elaboradas en torno a la violencia, una tarea que el sociólogo Arregi denuncia que no se ha llevado a cabo. Y es importante, ahora que se elabora una nueva narración que mezcla “todas las violencias”, aclarar que el eje central del drama vivido en el País Vasco ha sido la violencia de ETA, porque se trataba de un terror con un proyecto político claro. Se ha tratado, como bien disecciona Arregi, de un terror propiamente moderno, que utilizaba la violencia de manera precisa y seleccionada contra determinadas personas y grupos para generar el aislamiento y el miedo de todos los suyos, con vistas a implantar un proyecto histórico-político basado en una supuesta superioridad moral. Tan horrendo como cierto.

“La libertad de conciencia es hoy difícil en Euskadi”, sostiene Joseba Arregi. Y bien mirado, tiene su lógica, ya que falta la necesaria catarsis, el necesario dolor. Munilla diría el saludable arrepentimiento. Como el que experimentaron en su día Yoyes o Mario Onaindía, lo llamaran o no de esta manera. Como el expresado por el socialista y antiguo miembro de ETA Teo Uriarte, cuando reconoce que en los años 70 sacralizó la violencia y pide a los jóvenes que no cometan sus mismos errores.

La hermosa tierra vasca tiene pendiente una ardua tarea de incierto final, pero reconozcamos que en ella, a través de un parto especialmente doloroso, han surgido algunas de las voces más libres e interesantes del panorama español.

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