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4 DICIEMBRE 2016
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La vida en viñetas

Giuseppe Di Fazio | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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“El dibujo y las palabras son un hilo sin fin. Se suceden, y nos pasamos la vida buscando el sentido”. Joann Sfar, dibujante y cineasta francés, usa la palabra y el dibujo para bajar a las profundidades de la realidad e indagan en los dramáticos hechos que han roto el corazón de Francia en 2015. Sus cuadernos parisinos, con el significativo título “Si Dios existe” han llegado a las librerías un año después del atentado yihadista contra la redacción de Charlie Hebdo, la revista satírica en la que el propio Sfar trabajó durante un tiempo. Pero basta comparar la portada de Charlie del aniversario de la matanza del 7 de enero de 2015 con la portada del libro de Sfar para darse cuenta de dos modos muy distintos de entender la sátira y leer la actualidad.

La portada de Charlie Hebdo representaba a un dios con el kalashnikov a la espalda paseándose amenazante por el mundo. La portada del libro con los diarios de Sfar representa, en cambio, a un joven que busca, caminando, por una ciudad desierta. Sfar expresa el deseo de “reencontrarse”, de recuperar una razón para vivir y comprometerse con la realidad. “Tengo la impresión –anota– de estar en la misma situación que mi país: quiero reencontrarme”.

Para evitar equívocos, conviene aclarar que el autor no ofrece justificación alguna a quien mata por un dibujo, ni a quien usa la religión como arma contra los enemigos. “Si Dios existe, es fácil que haya algo que reiterar sobre el comportamiento de los creyentes, ¡¡pues la religión debería traer la paz!!”. Además, Sfar tampoco comparte la posición de ciertos colegas suyos que sostienen la necesidad de que los dibujantes se autocensuren. Este intelectual francés, hijo de un abogado sefardí y de una cantante askenazí, defiende a capa y espada la libertad de pensamiento y de expresión. Pero explicita el modo en que él ha decidido ejercer esta libertad: “Yo quiero reírme ‘con’. No quiero reírme ‘contra’”.

De esta posición emerge una capacidad para ahondar dentro de la realidad sin prisa por catalogar a las personas, por cerrar antes de tiempo la discusión o detener la búsqueda. “Si dejamos de hacernos preguntas –dice en su diario– morimos, como civilización”.

Después de los atentados de enero de 2015 en París, muchos tuvieron prisa por cerrar pronto la cuestión, contentándose con identificar al enemigo con el terrorismo islámico. Sfar contesta a esta posición: “El terrorismo –escribe– no es un enemigo, es un modo de actuar. (…) Nuestros enemigos son aquellos que aman la muerte”. Por eso, los enemigos son sin duda los terroristas del Isis pero también los occidentales que “aman” y trabajan para la muerte.

En una serie de viñetas sobre el momento tan dramático que está atravesando Francia, el protagonista del diario sueña con el general De Gaulle, que le regaña con estas palabras: “¡Es todo culpa suya, imbécil! ¡Usted ya no cree en nada!”. Sfar vuelve una y otra vez sobre esta debilidad interna del pueblo francés. “Hemos creado –dice en un cierto punto– opiniones carentes de pensamiento”.

Dejando a un lado la cuestión de la verdad y la pregunta sobre Dios, todo se reduce a opinión, sin peso específico. Pero observando la realidad, y observándose en la existencia concreta, Sfar llega a una conclusión inusual en un ateo: para vivir hace falta creer en algo o en alguien. “Vueltas y vueltas, y todo es cuestión de fe”. Con gran agudeza, el dibujante francés señala que la “fe puede existir incluso sin Dios, sin corpus religioso”, pero sin ella no se puede vivir concretamente. “La fe (de hecho) consiste en una esperanza que da calma a la vida: que si doy un paso adelante, la tierra no desaparecerá bajo mis pies”. En cambio, la imagen de los franceses de hoy, para el maestro satírico, está más cerca de la de una persona que se pasa la vida con las manos delante de la cara por miedo a recibir un golpe en la nariz.

Sumergirse en la lectura de los diarios y dibujos de Sfar permite saborear el gusto de volver a abrazar la realidad, con la seguridad de que –como dice el autor en la conclusión del libro– “al final el amor vence”. Pero, atención, no se trata del típico final feliz para edulcorar una situación trágica. Es la intuición de un hombre que ha profundizado dentro de sí mismo y dentro de la realidad, llegando a captar las razones para vivir. Como un laico, es decir, abierto a las grandes preguntas de la vida.

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