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4 DICIEMBRE 2016
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'Los errores de los partidos clásicos explican el éxito de Podemos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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En este periódico Carlos Bueno aseguraba hace unos días que “hasta la llegada de Podemos, teníamos la sensación de que las fuerzas políticas que se habían estado turnando en el gobierno cada ocho años dirigían sus discursos a la economía y a los mercados, dos conceptos abstractos y volátiles” […] “Vuestros valores son abstractos, no significan nada, no los queremos”, gritan los votantes de Podemos. ¿Por qué asciende Podemos?

Uno puede tener el defecto de considerar el marxismo una buena guía para la praxis política, por eso me escandaliza que se declare a la economía y los mercados “conceptos abstractos y volátiles”. ¿Qué mayor materialismo que utilizar ambos conceptos en la formulación de las políticas? Me temo que la progresía actual padece una inversión hacia el idealismo que supera el posicionamiento del clásico anarquismo español. Sencillamente, tal tipo de consideración me parece además de frívola de gran ignorancia.

Por lo tanto, si este es el tipo de ideas de las que surge Podemos, sería achacable su éxito a los tremendos errores de los partidos clásicos. Estos se podrían centrar en su excesivo poder e influencia, incapacitando a la sociedad para participar en la vida política, favoreciendo, por el contrario, la enorme corrupción en la que acabaron, producto de ese monopolio del poder. También es achacable el éxito de Podemos a la espectacularización de la información por parte de los medios de masas. El proceso que conduce al poder a una fuerza como Podemos es tan viejo como la historia de la caída de la democracia ateniense: corrupción, que provoca demagogia para movilizar a la plebe, demagogia que provoca tiranía.

¿Cree que este crecimiento puede tener que ver también con un fracaso educativo? En el sentido más profundo de la palabra educación, entendida como transmisión de una hipótesis cultural que busque dar respuesta a la exigencia de significado en la vida.

Es evidente que la baja calidad de la educación favorece este descoyuntado proceso de indignación que puede acabar con el sistema democrático mediante Podemos. Pero sobre todo la educación, la mala educación política, la han ejercitado los todopoderosos partidos tradicionales en el monopolio de la política degradando al ciudadano en un mero consumidor de los beneficios de la democracia. Cuando en una crisis los partidos no tienen beneficios que repartir, al individuo en su desamparo le ciega la indignación por verse abandonado. Jamás cantarán la Marsellesa para defender un sistema al que no fueron llamados por los partidos.

Usted ha apostado por una coalición PP-PSOE para “iniciar positivamente una nueva etapa desde una actitud constructiva, una manera, por demás, de detener los profundos retos con que los avances antisistema y secesionistas están amenazando nuestro futuro”. Sin embargo, la política en los últimos años en España ha estado marcada por la desconfianza entre los partidos, el otro es concebido como un enemigo, algo que se había superado en la Transición. ¿Cuál es el camino para poder construir un diálogo fructífero entre los partidos en España, para poder volver al “espíritu de la transición”? A día de hoy, ¿ve aún posible esta alianza?

La confianza entre los partidos sólo existió durante la Transición, el distanciamiento se fue produciendo paulatinamente, según los partidos se iban convirtiendo en un fin en sí mismos fomentando su sectarización. Tal proceso se ha ido acentuando mediante determinados hitos, que van desde la utilización del GAL por el PP contra el PSOE, el 11M utilizado por el PSOE contra el PP, la Ley de Memoria Histórica, etc., hasta el punto de poner en riesgo, como lo estamos viendo ahora, el marco de convivencia acordado en la Constitución. De hecho Sánchez plantea en la actualidad un acuerdo para su investidura como presidente con fuerzas identificadas por su ruptura con la Carta Magna.

Para volver al marco del encuentro político habrá que pasar por una profunda crisis en cada uno de los viejos partidos y su refundación, junto a una serie de reformas legales que enmarque de una manera democrática el papel de los partidos. De motu propio lo partidos son incapaces de hacer frente a sus defectos, sólo su crisis, e incluso su desaparición, daría lugar, durante otro periodo, a otros protagonistas más adecuados a la defensa de los intereses generales de la ciudadanía.

¿Por qué buena parte de la izquierda en España suele tener una visión negativa de la historia de España?

Porque la izquierda en España es fundamentalmente anarquista, le pesa demasiado el idealismo religioso del pasado, las ideologías de solidaridad como el obrerismo, “la gente”, pero carece de la cultura del republicanismo que busca, como en el Reino Unido, Francia, Italia o Alemania, la convivencia pacífica bajo el imperio de la ley. Esa concepción idealista es, además, dicotómica, como el viejo catolicismo, si existe es por enfrentar a los buenos con los malos, nosotros, los buenos; ellos, el PP, los malos. Pura bazofia reaccionaria.

En pos de una regeneración de la vida política española, ¿qué medidas ve más urgentes? En este sentido, ¿una reforma de nuestra Carta Magna puede resultar positiva o contraproducente dada la falta de capacidad de diálogo que muestra nuestra clase política?

Las constituciones no fracasan, fracasan sus gestores. El Reino Unido ni siquiera tiene constitución pero inauguraron el republicanismo moderno, la búsqueda del encuentro mediante un parlamentarismo deliberativo. Creo que nuestra Constitución, por la incapacidad de su paulatina adecuación por parte de nuestros partidos, se ha quedado vieja y necesita su actualización mediante un proceso “reconstituyente”. El tema territorial es muy importante, por ello no estaría mal un modelo federal similar al norteamericano o, mejor, al alemán. Pero federal, no confederal, modelos antagónicos que peligrosamente confunden Sánchez y algunos nacionalistas. Y si hay que darle impulso a nuestra política es evidente que una reforma constitucional, como fecha inaugural de otra nueva época, como lo han hecho en Francia repetidamente, otorgaría el impulso político del que nos encontramos tan faltos.

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