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7 DICIEMBRE 2016
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Operación Abrahán, liberación de los ídolos

Luigi Campagner | 0 comentarios valoración: 3  24 votos
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Hay que felicitar al analista Gad Lerner por su largo, difícil y apasionante trabajo, aunque no se hable de él en los medios, un libro de memorias hebreas y personales que aborda con una mezcla de coraje, sinceridad, vergüenza, dolor y deseo, propias de un hipotético paciente en la sala de espera.

“Chispas. Una historia de almas vagabundas” es una meditación que empieza en la infancia y dura cincuenta años, un libro escrito con tiempo, con la paciencia y la determinación de llegar a la meta de ese dramático laberinto de lenguas y nacionalidades, de amnesias y censuras, fragmentos de una memoria dolorosa y luminosa, que componen la historia personal del autor y la de su familia. Y la de millones de familias como la suya. Es también un libro de madurez, donde Lerner sigue la huella de Isaac Baschevis Singer, Shalom Aleichem, Joseph Roth o Bruno Schulz, grandes narradores de la “nueva Tierra Prometida de los judíos, antes de que la invasión de la Unión Soviética, ocasionada por Hitler con el nombre clave de Operación Barbarroja a las tres de la madrugada del 22 de junio de 1941, provocara en la patria yiddish la destrucción del templo de Jerusalén”.

Lerner empieza allí, en el corazón Galitzia Oriental de los Cárpatos, con capital en Leópolis, que Moshè Lerner, el complicado padre de Gad, se obstina en llamar Lemberg, con el nombre yiddish y alemán de la ciudad antes de que se convirtiera en la polaca Lwow, la rusa Lvov y la ucraniana Lviv, tras la caída de la Unión Soviética. Los hebreos llegaron allí a mediados del siglo XV y fundaron una gran civilización, que fue “eliminada de la faz de la tierra” por la perversa colaboración entre nazis y nacionalistas ucranianos.

A medio camino entre biografía, reportaje e historia contemporánea, este libro es una guía en la crisis de los nacionalismos de Occidente y de Oriente Medio, empezando por la desorientación derivada de las nacionalidades estratificadas por el propio autor y su enigmático padre. Gad Lerner nació en Beirut en 1954 solo por “una broma del destino”, porque algunas chispas del hogar hebreo que aún ardían en la nueva casa europea desde hacía cinco siglos volaron sin razón aparente. En los años 30, sus abuelos maternos, los Taragan, procedentes de Lituania con capital en Vilna, “la Jerusalén del norte”, eran ya orgullosos levantinos, perfectamente integrados en la sociedad libanesa acomodada. Mientras que sus abuelos paternos, Elías y Mancia, que partieron en 1925 en un exótico viaje de novios a Palestina, ya no volvieron a Galitzia. Se hicieron un sitio en la siria Alepo, donde Elías Lerner, “el ingeniero polaco judío licenciado en Leópolis, se dedicó al abastecimiento energético” de la ciudad.

El 29 de noviembre de 1947 la declaración de Naciones Unidas sobre el nacimiento del Estado hebrero desencadenó la furia árabe “sobre la milenaria sinagoga”. “El tío Mendel, que por aquel entonces tenía 11 años, recuerda cómo (la abuela) Teta le agarró de la mano, y esa noche (…) se adentró en los muros ennegrecidos por las llamas, participando así en el rescate del Códice Alepo”, un manuscrito de la Torah de valor incalculable. Los vientos volvían a cambiar. Las “chispas” volaron hacia Beirut, el paraíso perdido de la feliz infancia de la madre, Tali. ¿Por qué los abuelos dejaron la comunidad hebrea que se estaba constituyendo en Palestina y prefirieron vivir en Alepo? ¿Por qué, cuando su nueva patria quedó inhóspita, se trasladaron a Beirut y no a Israel? ¿Por qué el padre, judío nacido en Palestina, no se unió al ejército de liberación israelí y prefirió el floreciente negocio de sus suegros?

Se percibe el tormento del autor, que hereda de su padre la condición de apátrida, un multilingüismo caótico y una identidad totalmente por hacer. El amor de Lerner por Israel traspasa cada página, pero como inconscientemente, pues Lerner no es un sionista de una pieza, pero de su identidad hebrea no cabe duda. En este sentido, sus padres y antepasados no escatimaron en su gran herencia, ya desde su propio nombre, Gad, el séptimo hijo de Jacob, el patriarca renombrado después de su lucha con el ángel: Israel. Su libro cita continuamente el cuarto mandamiento de Moisés: honrarás a tu padre y a tu madre. Resulta llamativa la total ausencia de pudor por parte del autor a la hora de insertar su propio pensamiento en el de Abrahán, que para Lerner no representa la autoridad del padre que exige obediencia, sino la libertad del hijo respecto a los ídolos, incluidos los ídolos de sus padres. “A los 13 años no había ido más allá de una lectura, con mi madre, de una versión de la Biblia sobre héroes hebreos. Recuerdo el dibujo de Abrahán que, antes de dejar la casa de su padre, destruye los ídolos. Yo también pensaba que las estatuillas de los ídolos no merecían una consideración divina, pero me parecía que hacía falta mucho coraje, por parte de aquel chaval, para destruirlos”.

También para Freud la herencia hebrea se resumía en dos puntos: la libertad respecto a los prejuicios (ídolos) y la falta de miedo ante la opinión de la “masa compacta”. En el fondo, escribe Freud en su Autobiografía, “nunca pretendí ser diferente de lo que soy: un hebreo moravo, cuyos padre procedían de la Galitzia austriaca”. Con su habitual claridad, Freud indagó en los orígenes del antisemitismo identificando en la persecución de los hebreos el pretexto histórico para la persecución de los cristianos. Tesis que Freud sostiene en su último libre y que la historia reciente se está encargando de confirmar.

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