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10 DICIEMBRE 2016
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La persecución del inmigrante y la muerte de Aristóteles

Ignacio Santa María

Todo el empeño y la rotundidad que puso Rubalcaba en negar que desde su ministerio se hubieran fijado unos cupos mínimos de detenciones de inmigrantes no sirvieron para hacer su versión más creíble frente a la de los sindicatos policiales. Estas cuatro organizaciones han salido unidas en bloque, como pocas veces ha ocurrido, para asegurar que "las detenciones indiscriminadas de jóvenes y extranjeros" son fruto de "instrucciones de responsables políticos". Y no sólo eso. También recordaron estos sindicatos que habían denunciado recientemente estas prácticas "que ponían en riesgo derechos constitucionales" ante la Fiscalía y el Defensor del Pueblo.

Por si fuera poco, José Manuel Sánchez Fornet, secretario general del Sindicato Unificado de Policía, abundó ayer en detalles que ponían más aún en evidencia al ministro en su intento de que estas detenciones en masa de pacíficos inmigrantes engordaran falsamente las estadísticas de actividad policial que elabora el Ministerio de Interior.  

Las artimañas de Rubalcaba ponen de manifiesto una vez más la mutación que ha experimentado el Gobierno Zapatero desde su estreno en el poder hasta ahora. El zapaterismo emergió con planteamientos cercanos al "papeles para todos" y cinco años después usa a los inmigrantes como vulgar mercancía para maquillar las cifras. Para ello detiene a personas que tratan de ganarse la vida pacíficamente. Los policías se ven obligados a hacer redadas a plena luz del día en la boca del metro para coger por sorpresa a pacíficos inmigrantes que tratan de ganarse la vida trabajando. Zapatero y su ministro más poderoso han mutado del idealismo a la inhumanidad.

Esta transformación del utopismo del Gobierno Zapatero ha sido generalizada y especialmente visible en asuntos de gran importancia como la lucha antiterrorista, la política de defensa o el tratamiento de la inmigración, tres campos en los que sus posturas han virado 180 grados. Por suerte, en la lucha antiterrorista y en la política de defensa ha sido un cambio hacia la buena dirección, gracias a que su espíritu de conveniencia ha ido siendo más permeable a las posiciones más realistas frente al idealismo.

Podría oponerse que la política es el arte de lo posible y que su principal virtud es el pragmatismo y el saber recular y rectificar a tiempo. Pero cuando bajo el pragmatismo lo único que se esconde es la nada, entonces estamos ante la mayor degeneración posible de la política.

Rubalcaba, el único superviviente, junto con Manuel Chaves, del felipismo que se ha logrado encaramar en lo más alto del zapaterismo, es un paradigma de política que se mueve por la pura conveniencia, sin más principios ni convicciones que el afán por mantenerse en el poder. De la verdad acomodaticia a la mentira sólo hay un pequeño paso. Y la mentira lleva a otra mentira, de forma que antes de que uno le pueda poner remedio se ha convertido en un mentiroso compulsivo. Esto les ha sucedido a Zapatero y a su ministro del Interior.

Y no es de extrañar, porque tanto Zapatero como Rubalcaba son hijos de la mentalidad surgida de Mayo del 68. Son herederos de la ideología triunfante del 68, que no es el marxismo ortodoxo sino un sucedáneo que, aunque se aprovecha de la ensoñación de los esquemas marxistas, se mueve en el más puro relativismo.

Ambos políticos nos tienen ya acostumbrados a sus giros copernicanos. No se puede decir que rectifiquen porque cambian de posición sin sufrir, simplemente se van acomodando. Se pueden contradecir una y mil veces sin rubor, porque previamente han abolido el principio aristotélico de la no contradicción, como explica André Glucksmann en su libro Mayo del 68. Por la subversión permanente: "La buena nueva una e indivisible: el principio de no contradicción ha quedado abolido, ya podemos cantar negro y blanco, rojo y pardo, todo y su contrario. Vivamos en la posmodernidad, descansemos en lo indecible". Ha sido, continúa Glucksmann, "expulsado como un harapiento el principio supremo del pensamiento (Aristóteles) que prohibía decir y hacer y prescribir al mismo tiempo y en una misma relación una cosa y su contraria".

El filósofo francés sigue abundando en esta idea, que se puede aplicar perfectamente al zapaterismo: "Es una ganga única para una izquierda que se reconcentra en un mundo imaginario, insensible a los hechos y cerrado al exterior. Con el paso de los años, ha demostrado ser incapaz de percibir las novedades, es decir, de modificar sus estructuras mentales".

"La abolición del principio de no contradicción arrastra inevitablemente la del principio de realidad. Es tan bonito vivir en un mundo imaginario. Y así es como se considera la heredera del 68", remata Glucksmann.   

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