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3 DICIEMBRE 2016

Una globalización de hermanos (VI)

Angel Satué | 0 comentarios valoración: 3  22 votos
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 Una sociedad global de hermanos. Esta es la cuestión y no otra cuando estudiamos las bondades y maldades de la globalización, y la herencia de Occidente. A partir de este punto de origen, alcanzamos a comprender la inscripción que está cincelada en una placa metálica de la Iglesia de la Asunción, en Blackheath, de Londres, que lanza un mensaje para la gobernabilidad de la sociedad global (diferente a la gobernabilidad del mundo, o gobierno mundial) al decir: “ Fellowship is life and lack of felloship is death, but in hell there is no brotherhhod but evey man for himself” (John Ball, caudillo de la revuelta campesina de finales del siglo XV). Nuestro papa BXVI nos recuerda algo muy parecido, salvando las distancias entre ambos personajes, al decir que: “La sociedad cada vez más globalizada nos hace vecinos, pero no nos hace hermanos”.

 

 En el ámbito de los asuntos globales no hay duda sobre que la globalización ha sido impulsada por ese ímpetu del hombre que lo empuja a lo infinito, a la exploración, al tan español plus ultra. Occidente, mediante las tecnologías de la información, el aprendizaje de idiomas utilizados como lenguas francas, los medios de transporte, la conquista espacial, la cooperación internacional, las multinacionales,…ha convertido al planeta en una posibilidad más tangible que nunca de ser una única civilización, sustentada en valores comunes, cuando hasta ahora solo había existido una vaga e imprecisa noción de Humanidad real y abordable.

El punto de no retorno que introduce Occidente es la concepción de que compartimos destino con los demás, como parte de nuestro propio destino. Estamos en la tesitura de un nuevo tiempo, de una nueva sociedad. Occidente ha dado un primer paso y un paso necesario, y lo hace con vocación universal, para todos los pueblos y fiel al mandato evangélico. Todo cuadra ahora, y la Historia ha sido un proceso que nos ha llevado a este punto. Es el todo o la nada. Es el momento del hombre o de la nada. Debe surgir en boca de la Humanidad una palabra: gracias Occidente, gracias a los pueblos del Oeste, depositarios de una tradición milenaria que hunde sus raíces en Uruk, allá por el 4.500 antes de Jesús. Sin entrar a valorar los métodos el mundo actual tiene un claro causante: Occidente. Y lleva en su más fuero interno una carga de libertad que aun los pueblos del resto del mundo no atisban a comprender, pero ese caballo de Troya, está ya en ellos. La causa de la libertad está en camino, es imparable, y como le es propio, será la causante de la tensión entre tiranía y libertad que se dará, antes o después, a escala planetaria, en cada hombre.

Si el espíritu de Occidente sigue vivo en cualquiera de los pueblos de la Tierra, la causa de la libertad, que es la de todo hombre y mujer, prevalecerá. Y volvemos al origen de la causa de la libertad en Occidente: la fidelidad al Evangelio.  

 

 Un concepto tan universalmente indeterminado como es la globalización solo comienza a entenderse por tanto desde su más remoto origen, desde un mandato preciso que habla de la unidad de los pueblos de la Tierra. Es la única opción de globalización humana: aquella que genera espacios de encuentro. La libertad cuaja en el anhelo infinito del hombre, y ese anhelo se integra en un mandato universal.

 La lucha que viene, comienza con la superación de todos los anhelos –no supresión- que residen en el ser humano capaces de tiranizarlo y sojuzgarlo sin opción a experimentar lo que es la Humanidad. Una vez librada y ganada esta batalla interior, sólo entonces cabe anticipar una expansión duradera de la causa de la libertad en el mundo y allá donde haya un ser humano, aunque sea en lo más profundo de la galaxia, aunque sea en un nuevo comienzo en un nuevo planeta.

 La libertad actuaría como los bífidos. En proporciones pequeñas llegadas de fuera, coadyuvan a un sistema defensivo adecuado. Cuando viene todo el esfuerzo de fuera, aunque sea por una buena causa, la producción interna de microorganismos se debilita, como sucedería con la causa de la libertad. Depende de nosotros en tanto que es una opción entre lo bueno y lo malo. Entre la libertad y la tiranía. Sin embargo, la llamada de la libertad y los esfuerzos por ella no es una llamada a la ley de la selva, a la ley del más fuerte o a la competencia feroz. Es justo lo contrario. Solo se entiende la libertad desde el Amor, y este es el que nos lleva a la Unidad de los pueblos. Esto es, a la hermandad universal que solo se puede dar desde un compromiso personal y pleno con uno mismo, con la sociedad en que nos desarrollamos, y lo que es más importante, con lo que todos universalmente anhelamos ad infinitum (para siempre, hasta siempre).

 

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Angel Satué, Aitana Sierra y el Alcalde de SanMontemares
Tres autores. Tres visiones. La del jurista abierto a la sociedad global, la de la antropóloga, ensimismada por el corazón del hombre; la del buen hombre de paz, ya anciano y, por eso, sabio y aun idealista, que habla de política.
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