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4 DICIEMBRE 2016
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Vivir bajo los bombardeos

Amer Matar | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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En las primeras etapas de la revolución siria solo el régimen de Damasco era capaz de utilizar la aviación pero, al mismo tiempo que el aumento de las influencias externas y el ascenso del Estado Islámico, las incursiones de otros actores internacionales en el espacio aéreo nacional fueron en aumento. Los aviones de la coalición dirigidos por los americanos (operación Inherent Resolve) empezaron a golpear en septiembre de 2014 las posiciones del Isis en Siria. El empeño ruso siguió a la petición de ayuda por parte del presidente sirio en septiembre de 2015, mientras los franceses aumentaron su esfuerzo enviando el portaaviones Charles De Gaulle al Golfo Pérsico en noviembre. Al mes siguiente se produjeron los primeros ataques en Siria por parte del Reino Unido. Dese que empezaron las operaciones, la coalición, excluida Rusia, ha realizado sobre Siria más de 3.000 bombardeos. Todas las fuerzas sobre el terreno tienen el objetivo declarado de combatir al Estado Islámico pero las zonas atacadas son de lo más diverso.

Los rusos han insistido principalmente en la zona noroccidental y en los alrededores de Idlib, mientras la coalición americana se ha concentrado en los territorios controlados por el Isis y más cercanos a Iraq, al noreste. Especialmente son los franceses, inmediatamente después de los atentados de París el pasado 13 de noviembre, los que han concentrado sus bombardeos sobre Raqqa, la “capital” del Isis y ciudad de Amer Matar, un joven escritor sirio que ahora vive en Berlín. Su nombre es Amer Matar y a continuación proponemos un texto que ha publicado en las páginas de Al-Quds al-Arabi, donde describe las condiciones en las que tiene que vivir la población que ha quedado atrapada por este conflicto:

Una corona de moscas muertas

Acumulo aviones como moscas en pequeños recipientes. Cada vez que agarro una mosca por las alas, intenta liberarse. Entonces la bloqueo contra el muro de la habitación hasta que oigo el rumor sordo de la pequeña explosión de su cuerpo y puedo admirar el color oscuro de su sangre en mis uñas.

Me echo a tierra, el sol del verano en Raqqa machaca más que las bombas. Las llamas salen del suelo. Me hago el muerto, rezo para que las moscas no se reúnan en mi rostro, como las he visto hacer con los muertos del barrio. No vienen. Busco un insecto al vuelo y lo mato. Me gusta matar.

Meto las moscas en un recipiente transparente, cerca de la ventana, y las dejo secar lentamente, a la luz del sol. Bajo la calle, merodeo por el contenedor verde de basura, tiendo mis emboscadas, regreso con un tarro lleno de moscas vivas.

Los aviones sobrevuelan la ciudad. Me meto debajo de la cama, guardo los recipientes con las moscas, cerca de la ventana, no quiero que las maten los aviones, cuando se vayan las mataré yo.

Me duermo, en sueños veo mi propio cuerpo, altísimo, que emerge de las casas, agarra los aviones y los echa al recipiente de las moscas. En la habitación he escondido muchos tarros, con las moscas muertas he pensado fabricar coronas para distribuirlas entre todos por la ciudad y repartir así la autoridad en estos bajos mundos. Decido dejar de cazar moscas. Tal vez, me digo, cesen así también los bombardeos.

Me tumbo en la calle, cierro los ojos, espero que las lombrices vengan a caminar sobre mi cuerpo. No vienen. Me tapo medio cuerpo con piedras y tierra, como los muertos que encontramos de pronto entre los escombros, pero las lombrices no vienen. Tal vez tendrían que encontrarme bajo tierra a mí también para decidirse a venir. Declaro fracasada la caza de lombrices.

Del cielo cae un barril, veo a lo lejos el humo, me arrepiento de haber interrumpido la guerra a las moscas. La próxima vez seré despiadado. Subo a la habitación, echo resina en un tarro grande y me fabrico una corona. Vuelvo a casa, intento imitar el ruido de los aviones para asustar a los vecinos, pero nadie me hace caso. Saben reconocer perfectamente un avión de Assad y uno ruso o americano.

Me duermo, y en el sueño corro en busca de alguien, como cuando cazo moscas por la calle: imito su zumbido, me ajusto la corona en la cabeza. Corro, y grito cada vez más fuerte, con la esperanza de asustar a los aviones.

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