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3 DICIEMBRE 2016
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El descubrimiento de no ser buenos

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 3  21 votos
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Una de las cosas más difícil de aceptar en la vida de un hombre es el descubrimiento de no ser buenos. “Yo no soy bueno”. La tristeza y dramaticidad de esta afirmación llevaron a Martín Lutero lejos de la Iglesia, porque le llevaron a concebir que lo humano, la naturaleza humana conducía al mal. En realidad, toda la tradición católica nos enseña que nuestra naturaleza está herida, sí, y marcada por el pecado, pero no destruida, no corrompida definitivamente. No hay día en que no pueda experimentarse esta herida que nos acompaña siempre. Por mucho que uno se empeñe en hacer el bien y vivir en la luz, las tinieblas se manifiestan y nos invaden, destruyendo toda imagen idealizada de uno mismo, del propio grupo, de los propios amigos.

De hecho, si es verdad que “yo no soy bueno”, también es cierto que “nosotros no somos buenos”, por tanto ni los justos ni –mucho menos– los mejores.

Ha empezado la Cuaresma, un tiempo que nos reclama con fuerza a esta conciencia, devolviéndonos lo que nosotros somos realmente: cenizas, tierra tomada de la tierra, polvo. Pero esta miseria, que en tantas ocasiones se muestra en nosotros mediante pensamientos, palabras, obras y omisiones, no es la palabra definitiva de Dios sobre la existencia. El Papa Francisco, en la Bula de convocación del Jubileo, nos dice que la misericordia es el último y definitivo acto con que Dios nos sale al encuentro. Nosotros no somos buenos, pero somos amados, somos cenizas, sí, pero amados, polvo, sin duda, pero destinados al amor. Lo que Lutero no pudo entender hasta el fondo es que nuestra nada ha sido llamada al Ser, a la vida, a un amor total y gratuito, realmente capaz de cambiarnos, redimirnos, si encuentra una grieta, aunque sea imperceptible, de nuestra libertad.

Diciendo sí a este amor, participando de la Iglesia, la vida se convierte en un camino, una experiencia de libertad, un río que tiene como cauce la maternidad de la tradición y como dique la autoridad de la jerarquía. Los mismos términos tradición y jerarquía dejan así de ser nombres de superestructuras meramente humanas para convertirse en signos tangibles de la misericordia del Padre. Dios no nos ofrece amor para luego dejarnos solos, sino que continuamente nos dona una historia, un seno donde nuestra libertad puede crecer y participar cada vez más del corazón de Cristo. Este es el sentido profundo de esos brotes que se nos proponen en este tiempo cuaresmal: no privaciones temporales fines en sí mismas, sino gestos de libertad con los que volver a apropiarnos de nuestras acciones (ayuno), de nuestro tiempo (oración) y de nuestro corazón (caridad).

El brote es el inicio de un cambio que se propone durar para siempre. No es casual que una oración medieval utilizara como primeras palabras de un himno de Cuaresma la expresión “Tempus adest floridum”, el tiempo que es, que empieza ahora, es propicio, decisivo para volver a decir sí, para responder una vez más a la gracia de un don que Dios ofrece a nuestra nada, a nuestra miseria, para ser tomados y salvados.

Sí, es posible volver a empezar, es posible una nueva oportunidad para mí. No en el horizonte de nuestros pensamientos o en las vibraciones de nuestros sentimientos, sino en la carne de una pertenencia, de un lugar de pecadores tocados por el bien y, por ello, irreversiblemente hijos, dramáticamente libres. Es el Misterio de la Iglesia, la única madre de verdad –históricamente herida pero siempre santa para la eternidad– de nuestra pobre y frágil humanidad.

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