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9 DICIEMBRE 2016
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La vía mexicana del Papa Francisco

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Llama la atención, en el espléndido discurso del Papa Francisco a los obispos en la catedral de Ciudad de México, el uso continuo de palabras como “mirar”, “mirada” y “rostro”. El verbo “ver”, en forma activa y pasiva, es el hilo rojo de un texto clave en el magisterio pastoral del Pontífice e ilumina una perspectiva que ya se había manifestado con anterioridad. Por ejemplo, en la conversación con el padre Antonio Spadaro que se publicó primero en “La Civiltà Cattolica” y luego en el libro “Mi puerta está siempre abierta”. El Papa cuenta sus visitas a la iglesia de San Luis de los Franceses cuando estaba en Roma y describe sus impresiones frente al cuadro de “La Vocación de San Mateo”, de Caravaggio: “Ese dedo de Jesús, apuntando así… a Mateo. Así estoy yo. Así me siento. Como Mateo. (…) Me impresiona el gesto de Mateo. Se aferra a su dinero, como diciendo: “¡No, no a mí! No, ¡este dinero es mío!”. Esto es lo que yo soy: un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada…”.

La mirada de Cristo está relacionada en este caso con la conciencia del pecado que solo se manifiesta en relación con la misericordia, al encontrarse con un rostro que lo ama. En la entrevista con Andrea Tornielli, “El nombre de Dios es misericordia”, Francisco explica por qué eligió como lema de su episcopado la frase “miserando atque eligendo” y afirma: “A mí me gusta traducir miserando, con un gerundio que no existe, misericordiando, regalándole misericordia. Así pues, misericordiándolo y escogiéndolo, para describir la mirada de Jesús que da misericordia y elige, se lleva consigo”. La misericordia se capta en una “mirada”, está “contenida” en una mirada, en el rostro del otro, del Otro. Esta proximidad es la condición trascendental mediante la cual el cristianismo se hace histórico, capaz de comunicarse. A pesar de que Francisco no cita usualmente al gran teólogo Hans Urs von Balthasar, es innegable que su fenomenología de la percepción corresponde plenamente, como en Balthasar, a la manifestación “sensible” de la “forma” (Gestalt) gloriosa del Misterio. Para comprender la fe hay que introducirse en la dinámica con la que Jesús, el Verbo de Dios, se ha manifestado en el mundo. En el discurso a los participantes en el V Congreso de la Iglesia italiana, en la catedral de Santa María del Fiore, en Florencia, Francisco observa primero que “no debemos domesticar la potencia del rostro de Jesús. El rostro es la imagen de su trascendencia. Es el misericordiae vultus. Dejémonos mirar por Él”, y luego afirma: Y contemplemos una vez más los rasgos del rostro de Jesús y sus gestos. Vemos a Jesús que come y bebe con los pecadores (Mc 2, 16; Mt 11, 19); contemplémoslo mientras conversa con la samaritana (Jn 4, 7-26); espiémoslo mientras se encuentra de noche con Nicodemo (Jn 3, 1-21); gustemos con afecto la escena en la que se deja ungir los pies por una prostituta (cf. Lc 7, 36-50).

El Papa adopta aquí una perspectiva fílmica, desde la cual la introducción al cristianismo no es una operación arqueológica ni meramente histórico-erudita. Se trata, también en la catequesis, de volver a encontrar a Cristo en su realidad, viéndolo actuar, caminar por las calles, curar a los enfermos, consolar a los afligidos, abrazar a los niños. El cristianismo no puede prescindir, en su percepción y en su comunicación, del elemento visual ni del auditivo ni del táctil. Francisco retoma aquí, al pie de la letra, la modalidad “empírica”, la “estética teológica” de Juan en su primera Carta, cuando se refiere a la experiencia del Verbo. Esto es lo que explica la metáfora de la Iglesia como “hospital de campaña”: “A mí, la imagen que me viene es la del enfermero, de la enfermera en un hospital: cura las heridas una a una, pero con sus manos. Dios se implica, se mete en nuestras miserias, se acerca a nuestras llagas y las cura con sus manos, y para tener manos se ha hecho hombre. Es un trabajo personal de Jesús. Un hombre ha cometido el pecado, un hombre viene a curarlo. Cercanía. Dios no nos salva solo por un decreto, una ley; nos salva con ternura, nos salva con caricias, nos salva con su vida, por nosotros”.

Esta perspectiva, cuya justificación filosófica es el primado de la realidad sobre la idea, constantemente repetido por Bergoglio, la ejemplificó también de una manera peculiar en el discurso a los obispos de México. Aquí la mirada de la que todo proviene es la mirada de la Virgen de Guadalupe, el corazón de la fe del pueblo mexicano.

“¿Podría el Sucesor de Pedro, llamado del lejano sur latinoamericano, privarse de poder posar la propia mirada sobre la «Virgen Morenita»? (…) Sé que mirando los ojos de la Virgen alcanzo la mirada de vuestra gente que, en Ella, ha aprendido a manifestarse. Por eso –agrega Francisco– también el Papa cultivaba desde hace tiempo el deseo de mirarla. Más aún, quería yo mismo ser alcanzado por su mirada materna. He reflexionado mucho sobre el misterio de esta mirada y les ruego acojan cuanto brota de mi corazón de Pastor en este momento. Ante todo, la «Virgen Morenita» nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia”.

El cristianismo se comunica por un atractivo. En la Evangelii gaudium, el Papa dice que “la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva”, y a continuación afirma: “Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas” (EG, 39). La vida nueva del cristiano no es el resultado de las tablas de la ley sino de la gracia de Aquel que primerea, que precede, que sostiene y atrae. “Naturalmente, –afirma en la catedral de Ciudad de México– por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso”.

“Aquí la fe es una Presencia en la mirada. Y, precisamente en este mundo, así, Dios les pide tener una mirada capaz de interceptar la pregunta que grita en el corazón de vuestra gente, la única que posee en el propio calendario una «fiesta del grito». A ese grito es necesario responder que Dios existe y está cerca a través de Jesús. Que solo Dios es la realidad sobre la cual se puede construir, porque «Dios es la realidad fundante, no un Dios solo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano». En las miradas de ustedes, el pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial”.

Lo esencial, hoy como ayer, es la mirada de aquellos que “han visto al Señor”. El cristianismo no se comunica por medio de técnicas o con un despliegue de poder, sino en la sencillez de hombres que han tocado con las manos la obra de Dios en la historia. Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías. Quizás expresen la nostalgia de aquellos que no pueden olvidar al Señor, pero de todos modos son solo el balbucear de huérfanos junto al sepulcro. Palabras finalmente incapaces de impedir que el mundo quede abandonado y reducido a la propia potencia desesperada.

Por eso invita a los obispos a hacerse cercanos al pueblo, a la gente humilde, a los jóvenes. “Pienso en la necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan (…) Que las miradas de ustedes, reposadas siempre y solamente en Cristo, sean capaces de contribuir a la unidad de su pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades”. Es sorprendente la perspectiva con la que el Papa intuye el punto esencial, el punto de Arquímedes desde el cual hay que partir para regenerar, para unir, para abrir a la esperanza. No se trata en principio de una doctrina o de una posición cultural. En Florencia había dicho: “No quiero esbozar aquí en abstracto un «nuevo humanismo», una cierta idea del hombre, sino sencillamente presentar algunos rasgos del humanismo cristiano que es el de los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5). La humanidad cristiana no resplandece como una nueva teoría sino como un ser nuevo que se documenta, ostensiblemente, en la esfera del sentir, corporal y espiritual”. Por eso, junto con el pelagianismo, que es la pretensión de prescindir de la gracia, el otro gran peligro sobre el que continuamente advierte el Papa es el gnosticismo, vale decir, la pretensión de prescindir de la “carne” de Cristo, reducir la fe a una mera doctrina abstracta. La fe sin la vida se transforma en una ideología, en un fundamentalismo presuntuoso, en un puritanismo elitista separado de la historia. Por eso en Ciudad de México el Papa afirma: “es necesario para nosotros, pastores, superar la tentación de la distancia –y dejo a cada uno de ustedes el catálogo de las distancias que puedan existir en esta conferencia episcopal– del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autorreferencialidad. Guadalupe nos enseña que Dios es familiar en su rostro, que la proximidad y la condescendencia –agacharse, acercarse– pueden más que la fuerza, que cualquier tipo de fuerza. Como enseña la bella tradición guadalupana, la «Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Nos toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos. Solo una Iglesia que sepa resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, este encuentro se realiza en nuestro corazón de pastores”.

En los ojos de la Virgen de Guadalupe están presentes, incluso físicamente, aquellos que Ella ha “visto” en el momento en que se abre el poncho lleno de flores del indio Juan Diego. La Guadalupana es mirada por el pueblo fiel porque Ella lo ha mirado primero. Del mismo modo los pastores no deben esperar la mirada de los sencillos, en señal de reverencia y de respeto, sino que deben mirarlos primero, abrazarlos con la mirada. En la entrevista del padre Spadaro, Francisco explica que no es natural para él hablar a mucha gente, y confiesa: “Yo suelo dirigir la vista a las personas concretas, una a una, y ponerme en contacto de forma personal con quien tengo delante. No estoy hecho a las masas”. El encuentro cristiano solo es posible como una relación personal, como una relación yo-tu. Se puede mirar a “todos” solo porque se mira a “uno”. En el fondo porque, antes, hemos sido “mirados” y no simplemente “vistos” por alguien. En Ciudad de México, es la mirada de la Virgen de Guadalupe lo que permite mirarla a ella, lo que permite mirar en ella el rostro de todos los que, unidos por esa mirada, se convierten en un pueblo. “Solo mirando a la «Morenita», México se comprende por completo. Por tanto, les invito a comprender que la misión que la Iglesia les confía, y siempre les confió, requiere esta mirada que abarque la totalidad. Y esto no puede realizarse aisladamente, sino solo en comunión. La Guadalupana está ceñida de una cintura que anuncia su fecundidad. Es la Virgen que lleva ya en el vientre el Hijo esperado por los hombres. Es la Madre que ya gesta la humanidad del nuevo mundo naciente. Es la Esposa que prefigura la maternidad fecunda de la Iglesia de Cristo. Ustedes tienen la misión de ceñir toda la nación mexicana con la fecundidad de Dios. Ningún pedazo de esta cinta puede ser despreciado”.

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