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6 DICIEMBRE 2016
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Pasar página y algo más

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  52 votos
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Debate de investidura. Esta semana se celebra la investidura más extraña que se haya conocido desde que el país recuperó la democracia. El candidato es Pedro Sánchez, el secretario general de los socialistas. Lidera la segunda fuerza tras las elecciones del pasado 20 de diciembre. Sabe que no tiene los apoyos necesarios. Rajoy, el líder que ganó los comicios, ha declinado el encargo del Rey y ha perdido la iniciativa. El pacto del PSOE con Ciudadanos ha convertido al PP en partido de oposición, le ha hecho perder el centro y le ha convertido en formación del no. Ser del partido del no en cualquier ámbito de la vida es poco conveniente, pero en política suele llevar aparejada una desventaja mayúscula.

El pacto insuficiente del PSOE con Ciudadanos ha tenido la inmensa virtud de haber dejado a Podemos fuera de juego y de haber centrado a Sánchez, al menos algunas semanas. Pero se ha planteado de un modo que hacía imposible sumar al PP. Tiene su lógica que el partido más votado no facilite un Gobierno del segundo con el cuarto. Mientras Ciudadanos le pedía la abstención al PP, el PSOE insistía en que su pacto tenía como objetivo acabar con todo lo que el PP significa.

Han pasado once semanas escasas desde las elecciones. Un tiempo que a muchos nos parece excesivo pero que en realidad es breve para encajar un nuevo sistema de partidos. Porque eso es lo que ha sucedido: una mutación del sistema de representación. El debate y la votación de esta semana es solo una primera vuelta. La que cuenta es la segunda, esperemos que no haya tercera. Esa segunda vuelta de la investidura se producirá, con toda probabilidad, tras unas nuevas elecciones a finales de junio.

Todos somos lentos en aprender. Esperemos que de cara a la segunda vuelta los tres partidos constitucionales (PP, PSOE y Ciudadanos) hayan aprendido que en el nuevo contexto la política de mutua exclusión no va a ningún lado. Ciudadanos, que es nuevo, lo trae en su ADN. El PSOE tendrá que olvidarse de sus cordones sanitarios contra el PP. El PP del sueño de una hegemonía, fuente de prepotencia, como la que tuvo entre mayo de 2011 y mayo de 2015 (controló casi todas las instituciones).

Es conveniente que unos y otros dejen, cuanto antes, de hacerse daño. Es el momento de eso que los anglosajones llaman “move on”, pasar página en romance. Lo que implica seguramente cambiar personas, pero sobre todo cambiar de actitud. Por tres razones:

1.- Los españoles no quieren vetos. Algunas encuestas indican que un 50 por ciento de los votantes del centro-derecha verían bien una abstención de su partido para facilitar el Gobierno de Sánchez. El PP ha criticado con mucha dureza el pacto del PSOE y Ciudadanos. El acuerdo, en su contenido, podría haber sido más fino y hay aspectos corregibles (uno de ellos el ataque a los Acuerdos Iglesia-Estado, otro la cuestión laboral). Pero como gesto, y en lo sustancial de su contenido (racionalidad económica, preservación de la unidad nacional), podría haber sido suscrito por el PP. No es cierto que suponga la eliminación de todas sus reformas. Gesticular en exceso puede ser contraproducente.

2.- Europa va a exigir más reformas y control del gasto. Grecia nos ha dejado claro que quien decide las políticas económicas, sobre todo de los países del sur, es Bruselas. El informe sobre España hecho público por la Comisión la semana pasada es muy claro: el 3 por ciento de incremento del PIB no permite muchas fiestas. El crecimiento mundial plantea dudas, el paro es intolerable y la exclusión social un problema acuciante. En 2015 se ha aceptado un nuevo incumplimiento del objetivo de déficit (en torno al 5 por ciento). Bruselas va a ser flexible porque el año pasado fue un año electoral pero más tarde o más temprano exigirá la reducción del desequilibrio. España no es Alemania. Y el que gobierne, con la ayuda de los otros dos, no podrá bajar impuestos ni subir el gasto. En este capítulo no hay mucho margen, afortunadamente, para los experimentos.

3.- El otro es un bien, también en política. Lo mejor en la reciente historia de España ha surgido de esta evidencia. Y en el sistema-país, junto a cierto cainismo ambiental, también hay nostalgia por reconocerse sin tener que estar permanentemente enfrentados por imposición de la agenda de los políticos. Para reconocer al otro como un bien el exceso de pasado no suele ser sano. Pasado puede ser la afrenta o el veto de hace un minuto.

Quizás esta última cuestión sea la prioritaria para la presencia pública de los cristianos. Las evidencias de lo que en otro tiempo se llamaba ley natural se han destruido y, en consecuencia, ciertas formas de vida antes habituales solo son posibles ahora por la gracia. El respeto a la libertad recomienda, por otra parte, no pretender que el derecho mantenga en pie lo que la razón no reconoce. Tampoco parece conveniente revindicar ciertas libertades como una suerte de cuota. Pero sí ejercerlas para hacer posible una experiencia intensa de positividad que, en términos civiles, se traduzca en un abrazo al diferente.

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