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6 DICIEMBRE 2016
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Mejor hombres que abejas

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  27 votos
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“Hacer juntos”: dos palabras sencillas, de uso común, pero que marcan una revolución. El título dado al Jubileo con los empresarios, donde el Papa Francisco se reunió con la agrupación empresarial italiana, Confindustria, muy lejos de ser una exhortación buenista, va al corazón de una pregunta capital: ¿qué significa hacer empresa en una sociedad madura y post-capitalista?

La concepción dominante, la más difundida, la que casi todos los diarios económicos del mundo dan por descontado como única, sostiene, según el dictado del liberal Milton Friedman, que la misión de la empresa es principalmente la de crear valor para sus accionistas. En su visión más reducida, Friedman hablaba de “felicidad de los accionistas”. La empresa se convierte por tanto en una especie de átomo anárquico de la sociedad global, que actúa por su cuenta, que no debe tener en cuenta nada más que el máximo beneficio.

Es la reproposición en clave moderna de la fábula del siglo XVIII sobre las abejas de Mandeville. Del egoísmo de los individuos (las abejas), mediante la mano invisible del mercado, se obtiene el bienestar colectivo (la colmena). Desde esta óptica “racional”, es el empresario quien busca el máximo beneficio en un tiempo mínimo y a cualquier precio. De esta concepción, de este “reduccionismo”, nace lo que se da en llamar “privatismo”.

Según esta perspectiva, son variables secundarias tanto la relación de la empresa con una visión más amplia de la política industrial que afecta a todo el país, como la relación con el territorio en el que trabaja. Por lo que se refiere a las relaciones internas de la empresa, la ocupación solo puede estar sujeta a la llamada “racionalización” periódica, es decir, a la precariedad vinculada a los ciclos del mercado. Este tipo de empresa, que se ha desarrollado mucho en el ámbito bancario, muchos economistas no lo ven como el prototipo de la “empresa irresponsable” sino de la “responsable”.

Hay otra manera de concebir una actividad empresarial, lejos de los clichés habituales, que antes incluso que una forma distinta de actuar, sugiere una idea de ser empresario. No una figura aislada, sino una persona que vive de relaciones con los demás, de los que aprende y con los que construye: los empleados, a los que no explota porque los considera aliados y no enemigos de clase; los clientes, portadores de necesidades a las que él quiere responder; los proveedores, que le dan la posibilidad de hacer lo que hace; todas las personas implicadas y el territorio, puesto que su trabajo crea oportunidades y servicios.

Lo del “hacer juntos” o “hacer con”, según el reclamo que hacía Luigi Giussani a la Compañía de las Obras desde sus inicios, consiste en una empresa que, al producir riqueza, quiere crear empleo, llevar, con los ingresos obtenidos, los frutos de su trabajo por todo el territorio, por toda la comunidad. Esa empresa donde prevalece una idea realista y racional del hombre, que considera al hombre como un ser relacional, que puede –junto a– evitar que su horizonte mental y de acción quede reducido al materialismo y al egoísmo individualista. En una palabra, que sabe “trabajar con”, colaborando incluso con una política de participación democrática, que debe corregir inevitablemente las distorsiones del mercado.

Por desgracia, a mediados de los años setenta, cuando un cierto capitalismo empezó a comprender que el socialismo real estaba perdiendo la gran partida de la guerra fría, el primer modelo de empresa, el individualista, fue asumido acríticamente por todos en Occidentes, también por la izquierda.

Es importante tomar en consideración que la izquierda no comprendió este contraste. Se llegó a la idea de “empresa responsable” dando por supuesto que de por sí una empresa es irresponsable, es decir, absorbe energías de la sociedad y no introduce otras nuevas, acusándola de “paternalismo” cuando la empresa promovía, como sucedió, iniciativas como el bienestar empresarial. Más tarde, cuando la URSS estalló, casi toda la izquierda se hizo ultraliberal.

Este giro de los años setenta no se basaba solo en un ataque a la presencia del estado en la economía. Era mucho más elaborada y, a nivel teórico, fue precedida por un trabajo científico de indudable alto nivel. Los nombres más conocidos son los de Friedrik Von Hayek y Milton Friedman. Pero probablemente la vanguardia más significativa y radical de esta concepción fuera la escuela americana de las llamadas decisiones colectivas. Su cuna estuvo en la Universidad de Blackbourg, en Virginia. Siguiendo las huellas de precursores como Downs y Olson, un grupo de jóvenes y no tan jóvenes economistas americanos desarrolló un rico, coherente y riguroso replanteamiento del individualismo económico. Sus presupuestos conciben que la sociedad no existe como sujeto (Margaret Thatcher expresó este concepto con una frase despiadada, “la sociedad no existe”), sino solo como agregación de individuos y suma de intereses individuales, y un economicismo radical, según el cual el comportamiento de los hombres está regulado por el principio de la optimización del beneficio individual.

Para entender si este liberalismo desenfrenado tiene razón de ser, basta con mirar los devastadores efectos de la crisis financiera, que parece que no terminan nunca y que, por segunda vez en la historia después de la gran crisis del 29, llevan al empobrecimiento de grandes partes del mundo. Por si no fuera suficiente, podemos mirar sus efectos en el medio ambiente, por fin objeto de tratados entre los estados. Pero aún hay más. ¿Acaso la tercera guerra mundial no declarada no tiene, más allá de los contrastes ideológicos, profundas razones en la lucha por las materias primas, el petróleo y sus derivados? Podríamos seguir, pero está claro que las abejas individualistas se están matando mutuamente. Nada que ver con la armonía de la colmena.

Tal vez todo esto se podría evitar si no hubiéramos olvidado las enseñanzas del Premio Nobel Kenneth Arrow que, ya en 1955, con su teorema de la imposibilidad, demostró en términos matemáticos que si el hombre quiere realizar su utilidad individual sin límites, el resultado es el monopolio en la economía y la dictadura en la política. En la segunda parte de su tratado, quizás voluntariamente ignorado, añade que solo si prevalecen los deseos socializantes (¡hacer con!), esos en que todos renuncian a algo del propio interés, es posible afirmar un sistema donde domine el bien común. Después de la orgía ideológica liberal financiera se puede acudir en busca de remedios. Hace falta que economistas, intelectuales, políticos y empresarios traduzcan a la praxis y a nuevas teorías el “movimiento económico” de personas relacionales. El error no está en las teorías ni en los modelos. Ellos también dependen de las hipótesis que están en su base. Más que una colmena, necesitamos una nueva aldea acogedora –también global– hecha de gente que ama y razona.

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