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6 DICIEMBRE 2016
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Evidencias que no lo son y vida en común

Julián Carrón | 0 comentarios valoración: 2  37 votos
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No es evidente que las cuestiones antropológicas esenciales deban convertirse en derecho positivo. Julián Carrón en su reciente libro “La belleza disarmata” recuerda esta frase pronunciada por Benedicto XVI en el Bundestang. Los valores más claros han dejado de ser evidentes. Y eso obliga a repensar el modo en el que el cristiano se pone ante la ley y ante la vida pública. Publicamos, por su interés un fragmento del volumen.

Impresiona en estos tiempos la radicalidad del desafío al que estamos sometidos, la velocidad con que el cambio de mentalidad se está produciendo en los países europeos y en Occidente en general.

Lo que voy a decir no tiene ninguna pretensión de ser completo o exhaustivo. Simplemente quisiera ofrecer algunos puntos de reflexión para tomar conciencia del tiempo que vivimos, siguiendo la percepción, está si realmente consciente, que tienen Benedicto XVI y el Papa Francisco.

Las evidencias y la historia

a) El primer punto con el que hay que medirse es el “derrumbamiento de las evidencias”, por sintetizar en una expresión la situación que describí en mi intervención sobre Europa. Ratzinger hablaba del “desmoronamiento de antiguas certidumbres religiosas” y del consiguiente “desmoronamiento de los sentimientos humanitarios”. ¿De qué se trata? ¿Cómo puede derrumbarse una evidencia? Parece casi una contradicción. ¿Y de qué evidencias estamos hablando?

El punto de partida de este fenómeno, del que queremos ayudarnos a tomar conciencia, hay que buscarlo en el intento ilustrado de sustraer los valores fundamentales que han sostenido a Europa hasta hace pocas décadas de la esfera religiosa y en concreto cristiana en la que habían emergido históricamente. En la época de la “contraposición de las confesiones”, observa Ratzinger, se ha buscado para esos valores y esas normas “una evidencia que los hiciese independientes de las múltiples divisiones e incertezas de las diferentes filosofías y confesiones”. Era un intento comprensible. Después de la división realizada por la Reforma y los consiguientes enfrentamientos, con las llamadas guerras de religión entre los cristianos, se querían “asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad”, más allá de cualquier referencia al cristianismo, sobre un terreno por decirlo así neutro y aparentemente más seguro, a resguardo de la batalla. “En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables”. Se pensó que seguirían siendo válidas aunque Dios no existiera.

¿Cuál ha sido el resultado de tal intento? Ratzinger lo subraya sin medias tintas: “La búsqueda de una certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de todas las diferencias, ha fallado”. Esas convicciones no han superado la prueba de su “autonomía”, aunque nadie habría imaginado la rapidez de su eclipse. “Ni siquiera el esfuerzo, realmente grandioso, de Kant ha sido capaz de crear la necesaria certeza compartida”. Si Kant, negando la cognoscibilidad de Dios en el ámbito de la razón pura, había mantenido a Dios en el papel de un postulado de la razón práctica, implicada en la actuación moral, después de él se desarrolló el intento “plasmar las cosas humanas menospreciando completamente a Dios”. Al contrario de lo que se pensaba, esta separación parece llevarnos “cada vez más a los límites del abismo, al encerramiento total del hombre”.

Romano Guardini captó claramente la raíz del fenómeno descrito, remarcando el nexo histórico-genético entre la afirmación de los valores fundamentales de lo humano y un cristianismo vivido. “Hemos visto que desde comienzos de la Edad Moderna se trabaja por elaborar una cultura no cristiana. Durante mucho tiempo esta actitud negativa apunta únicamente al contenido mismo de la revelación, no a los valores éticos, sean individuales o sociales, que se han desarrollado bajo la influencia de aquella. Por el contrario, la cultura de la Edad Moderna sostiene que se basa precisamente en estos valores. Según su punto de vista –aceptado en gran medida por los estudios históricos–, los valores, por ejemplo, de la persona, de la libertad, responsabilidad y dignidad individuales, del respeto mutuo y de la mutua ayuda, constituyen posibilidades innatas en el hombre, descubiertas y desarrolladas por la Edad Moderna. Afirma esta tesis que es cierto que la formación humana de los primeros tiempos del cristianismo cuidó de desarrollar esos gérmenes, al igual que la Edad Media fomentó la vida interior y la práctica de la caridad. No obstante, la autonomía de la persona hizo posteriormente su aparición, y se trata de una conquista de orden natural, independiente del cristianismo. Este modo de ver las cosas se acuña en múltiples expresiones; una de ellas, especialmente representativa, la hallamos en los derechos del hombre, proclamados por la revolución Francesa”. Kant compara la trayectoria histórica que conduce a la Ilustración con las etapas evolutivas de un individuo desde la infancia hasta la edad adulta. La humanidad es primero como un niño, que necesita padre y madre, pues no tiene pensamiento autónomo y no elige por sí solo. Pero al hacerse adulto puede prescindir de este vínculo y vivir autónomamente. Es la salida del estado de minoría de edad. Toda la historia hasta la época de las Luces correspondería por tanto a la larga infancia y adolescencia de la humanidad. Eso implica que, una vez llegados a la iluminación, al uso autónomo de la razón, podemos prescindir también de aquello que lo ha hecho posible.

Esto, en otros términos, es lo que se ha intentado: afirmar los valores independientemente de aquello que los ha hecho germinar, desarrollarse y crecer. En esta perspectiva, si la Iglesia ha sido útil para llegar a un cierto nivel de autoconciencia del hombre, una vez que este ha sido alcanzado, se puede –o se debe– prescindir de ella.

Pero este intento, como hemos visto, ha fallado. Guardini invita a medirse con el hecho de que esos valores fundamentales están “vinculados a la revelación”, entraron en la historia con Cristo, por la potencia de su testimonio y por su capacidad para despertar la razón y la libertad del hombre. Gracias al cristianismo “quedan libres en el hombre energías que en sí son ‘naturales’, pero que no se hubieran desarrollado fuera de esa estructura”. Aquí está la clave de bóveda: valores que “son evidentes en sí” (como el valor de la vida o el valor de la persona) se hacen “visibles y pueden ser afirmados por la voluntad” solo en virtud de Cristo y de la fe cristiana, “en esa atmósfera”, y permanecen como tales dentro de ella. El concepto de persona, por ejemplo, considerado en su plenitud, entró en el mundo con Jesús, mediante el testimonio de una forma de relacionarse con el hombre desconocida hasta entonces, tanto que los que se topaban con él exclamaban: “Nunca hemos visto una cosa igual”. “Un factor fundamental de la mirada de Jesucristo es la existencia en el hombre de una realidad superior a cualquier realidad sometida al tiempo y al espacio; la persona humana más pequeña vale más que el mundo entero; no tiene nada que se le pueda comparar en el universo desde el primer instante de su concepción hasta el último paso de su vejez decrépita. Todo hombre posee un principio original e irreducible, fundamento de derechos inalienables y fuente de valores”.

Todo empezó así, a través de un testimonio, dentro de un determinado ambiente cultural y social. Por eso, añade Guardini, “la idea de que estos valores y estas actitudes pertenecen simplemente a la evolución de la naturaleza humana muestra la falta de conocimiento del auténtico estado de las cosas; es más, hay que tener el valor de decirlo abiertamente, conduce a una deslealtad que para un observador atento caracteriza la imagen de la época moderna”. Esta “deslealtad” es lo que puede explicar por qué se pensó que se podía continuar afirmando esos valores rescindiendo el nexo con lo que permitió su aparición histórica.

b) Este es un punto que afecta a nuestra relación con el contexto presente. De hecho, si no captamos lo suficiente el sentido constitutivo de ese nexo entre cristianismo vivido y valores, pensamos que podemos insistir en la defensa de ciertos valores como si estos fueran evidentes para todos. Ya no es así –ni era así antes del cristianismo–. Desarrollando el hilo de su discurso, Guardini concluye: “El saber acerca de la persona queda ligado a la fe cristiana. La afirmación y el cultivo de la primera sobreviven ciertamente durante algún tiempo a la extinción de esa fe, pero luego van desapareciendo paulatinamente”. En consecuencia, si nos empeñamos en decir que ciertos valores son evidentes por el hecho de que los afirmamos con palabras, acabaremos considerando a los demás como malas personas porque no los aceptan.

En este sentido, pienso en el caso de un grupo de mujeres africanas enfermas de SIDA que conocí en Kampala. ¿Hay algo más evidente que el valor de la salud y de la vida (por no hablar del instinto de supervivencia)? Sin embargo, a esas mujeres no les interesaba conseguir las medicinas de última generación que les darían una mayor perspectiva de supervivencia. Esos valores parecían ausentes, desvanecidos. Fue el encuentro con una enfermera los que le hizo volver a “ver”. Ella les comunicó un gusto de vida, su testimonio volvió a poner en marcha un deseo de vivir que estaba latente, abriendo de nuevo su razón a la consideración de los motivos y al reconocimiento de los valores. Solo cuando, en virtud de aquel encuentro, redescubrieron el valor de su persona, tuvieron una razón de peso para tomarse las medicinas. Valores que son evidentes en sí se hicieron verdaderamente visibles, comprensibles, claros, solo en la atmósfera generada por el encuentro con aquella enfermera.

Pensemos en la historia de Eluana Englaro. No bastaba con decir: “La vida tiene un valor absoluto”, porque es un valor que se puede oscurecer. Entonces dijimos, por tanto, retomando una entrevista de Enzo Jannacci: hace falta “una caricia del Nazareno” para poder descubrir que la vida vale siempre y en todo caso. Es el testimonio que ofrecen a diario tantos médicos y enfermeros que entran en las habitaciones de enfermos terminales, donde ya casi nadie tiene valor para entrar, llevando la mirada que han recibido y que reciben en el encuentro cristiano. Sin la caricia del Nazareno, ciertos valores, que son evidentes en sí, se oscurecen, se ofuscan, y en este sentido caen.

El derrumbe de las evidencias es la clave de la crisis actual, de la condición humana en el Occidente actual. Ante los desafíos que culturalmente se plantean, no se puede dar por descontado lo que ya no es obvio. A este respecto, en muchas ocasiones he citado este pasaje de Benedicto XVI en su discurso al Bundestag: “Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil”. Sorprende que quien pronuncie esta afirmación sea un Papa y no un relativista contumaz. Para dar nuestra contribución como cristianos en el contexto cultural y político actual es pues decisivo captar qué es lo que ha sucedido en las últimas décadas, como resultado de una larga parábola, y qué es lo que realmente está en juego. Estamos ante el derrumbe de esas evidencias que durante siglos han fundamentado nuestra convivencia; y la cuestión que se nos plantea es cuál es el camino de un redescubrimiento positivo de lo que pertenece a la verdad de la experiencia humana, en vista de una renovada fundación de la vida común en nuestra sociedad plural.

Estas referencias a la situación en que nos encontramos nos permiten comprender mejor lo que dice el Papa Francisco cuando nos invita a centrarnos en lo esencial, subrayando que no podemos insistir solo en cuestiones ligadas a la moral, en el ámbito personal y social. “Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús. Tenemos, por tanto, que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio. La propuesta evangélica debe ser más sencilla, más profunda e irradiante. Sólo de esta propuesta surgen luego las consecuencias morales”. Don Giussani puso en el centro la urgencia de redescubrir y comunicar el cristianismo en sus elementos originales, como acontecimiento cargado de atractivo, que aferra al hombre por su belleza, por su correspondencia con las exigencias del corazón.

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