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9 DICIEMBRE 2016
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Los destinos de Schengen y la vigencia del pacto europeo

Andrea Pin | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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El escenario que parece consolidarse de un tiempo a esta parte en el cuadrante mediterráneo es descorazonador. Cientos de miles de personas literalmente a la deriva en el mar, los estados europeos atrapados en un dilema entre sostenibilidad financiera, estabilidad social y la necesidad de salvar vidas humanas que acuden a sus fronteras, la dificultad añadida de distinguir entre la locura de los desesperados que dejan sus países presa de una guerra civil y los inmigrantes económicos, evitando ilusionar a estos últimos con que toda barrera de entrada en Europa haya caído. Las normativas europeas e internacionales distinguen de manera rigurosa los estatus de quien llama a las fronteras, asegurándoles una movilidad diferente. Unos, los extranjeros normalmente residentes y mayoritariamente trabajadores, pueden moverse libremente por Europa, dentro del espacio Schengen; mientras que los otros deben permanecer y gozar de protección en el país de primera acogida.

Es casi inútil añadir el efecto boomerang que han tenido estas normas. Puesto que los países de llegada suelen ser también los más pobres, quienes llegan a las costas meridionales del continente tratan de escapar de sus controles para dirigirse al corazón de Europa, llamando oficialmente por primera vez a las puertas de los países más ricos, que se convierten así en los de primera acogida y deben por tanto hacerse cargo de estos refugiados. Esto ayuda a los países más pobres que, en vez de tener que alojarlos, solo tienen que ver a los inmigrantes transitar por ellos. La reacción de naciones como Austria, Alemania y Francia es el cierre de fronteras y, de hecho, la suspensión de Schengen, a pesar de que algunos de ellos inicialmente abrió sus brazos, invitando a los refugiados y desplazados a marcharse, con el efecto de presionar a todos los países limítrofes que, contra su voluntad, se han convertido en vías improvisadas de acceso a dichos territorios.

La Unión Europea no parece estar preparada para responder a este desafío. Ha impuesto, sobre papel, la distribución de refugiados entre sus miembros, pero al hacerlo ha provocado una seria crisis política. Varios países del este se habían opuesto a esta solución, pero las instituciones europeas decidieron imponerse, rompiendo la costumbre de buscar la unanimidad en sus decisiones. Probablemente, esos estados rebeldes alzarán la voz en los próximos días, conscientes de esa especie de ultimátum que Gran Bretaña se ha impuesto a sí misma y a la UE, renegociando su propia presencia en la Unión y convocando un referéndum al respecto. ¿Por qué someterse a las decisiones europeas cuando Gran Bretaña para discutirlas amenaza con marcharse? Resumiendo, es cierto que la Unión ha excluido del pacto de estabilidad europeo los gastos nacionales vinculados con la presencia de refugiados, ¿pero de verdad eso puede calmar los ánimos de los ciudadanos de varios países que ven establecerse a personas desesperadas que intentan llegar a fin de mes en una coyuntura tan crítica para la economía y el estado social? Después de todo, no es tan incomprensible que los nacionalismos, los euroescepticismos y los aislacionismos se unan creando plataformas políticas. Estos fenómenos encuentran su raíz en procesos aparentemente incontrolables y de gran alcance, que comprensiblemente dan miedo.

Sin embargo, todo lo expuesto aquí arriba no es todo. Hay otros hechos que merecerían igualmente una reflexión. No es ni realista ni adecuado transformar procesos de alcance global en complejos de culpa, pero tampoco es razonable dirigir una mirada selectiva a los fenómenos que se vienen sucediendo durante la última década.

Libia, Siria, Iraq y Afganistán –países desde o a través de los cuales sigue llegando una insólita cantidad de refugiados respecto a las masas que en el periodo estival desde hace al menos veinte años surcan el Mediterráneo en busca de un futuro mejor– son también asunto de los occidentales. América y los estados europeos han emprendido acciones, más o menos concertadas y criticadas, que en nombre de la democracia, de la libertad y de la lucha contra el terrorismo han realizado duras intervenciones en esos países africanos o asiáticos. Se pueden conceder diversos grados de simpatía a esas iniciativas, por razones que ahora no vienen al caso. Sin embargo, cada uno de esas acciones ha supuesto las premisas de lo que ahora estamos viendo. En el norte de África y en Oriente Medio, varios estados occidentales han desarrollado un papel importante, cuando no principal; en muchos de estos casos, literalmente, han provocado o incluso guiado el cambio.

Ciertos aspectos de estas historias parecen totalmente indudables, y conviene ponerlos en orden:

a) La desestabilización en algunas áreas podía estar justificada, pero seguramente ha servido como premisa para el desorden actual y ha desatado un proceso que genera millones de refugiados.

b) La decisión de intervenir en cada una de estas zonas no ha sido impuesta por la Unión sino decidida por los estados, concretamente o de manera coordinada, por lo que tan fuera de lugar está inculpar a Europa por su incapacidad para afrontar una crisis generada por otros, como pensar que la dimensión estatal es la única culturalmente capaz de afrontar estas crisis, puesto que ha contribuido a generarlas.

c) Europa es la terminal última de un movimiento humano de millones de personas que está cambiando Oriente Medio de una forma mucho más masiva y duradera de lo que probablemente lo hayan sido sus intervenciones bélicas. Líbano, Jordania y Turquía están desbordados por los refugiados. Y no se ve ni cuándo terminará este flujo ni cómo podrá cambiar de dirección, ya que el conflicto en varias zonas ha exacerbado los ánimos de una forma que solo muy lentamente el tiempo podrá aplacar.

d) Schengen no es un tratado cualquiera. Es uno de os elementos más inmediatamente palpables de la existencia de una sociedad europea. Su fin –o su suspensión prolongada– podría tener un efecto nada indiferente para la autocomprensión de Europa.

e) Europa solo ha crecido institucionalmente gracias a la adhesión constructiva de sus miembros. Si esto se transforma en hostilidad, no se mantendrá.

Después de un itinerario tan oscuro, se hace aún más urgente plantear observaciones constructivas. En primer lugar, la dimensión europea es, se quiera o no, un espacio que afecta a la acción de cada uno. Si los estados se mueven de manera desordenada, habría que preguntarse cuánto tiempo seguirá influyendo su acción en Europa, aparte de la pérdida de ciertos aspectos de la propia identidad europea que se volverán en su contra. En segundo lugar, el esquema que presume de “exportar la libertad y la democracia” –con las armas o de forma no violenta– tal vez pueda funcionar solo si en los países donde se quiera intervenir subsisten ciertos presupuestos sociales sobre los que Europa se sostiene y que hacen que sus palabras clave no sean solo un valor que perseguir sino una praxis cotidiana. No son presupuestos institucionales ni residen en las leyes. Interrogarse sobre estos aspectos solo es posible si una comunidad política, ya sea europea o nacional, no es percibida solo como un proveedor de servicios o una red de seguridad (como sus miembros más recientes y actualmente hostiles parecen concebirla), sino también como una dimensión de su propia existencia como ciudadanos y residentes. Es hora de preguntarse sobre la verdadera riqueza de Europa y sus miembros. Y sobre qué significa sacarle rendimiento.

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