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7 DICIEMBRE 2016
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La ortodoxia de Bruce Marshall y la sonrisa de la Gracia

Laura Cioni | 0 comentarios valoración: 3  82 votos
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No es habitual encontrar en una novela muchas citas en latín. En cambio, Bruce Marshall (1898-1987) usa varias en “El mundo, la carne y el padre Smith”. Será porque el libro fue escribo en 1944, mucho antes de que la reforma del Concilio Vaticano II introdujese en la liturgia las lenguas habituales y, por el beneficio de una mayor comprensión, renunciara a hermosas expresiones latinas seculares.

La vida del padre Smith, sacerdote escocés de la primera mitad del siglo XX, no solo está llena de compromisos pastorales, sino también de oración, y su memoria recurre a expresiones latinas del breviario. De esta manera, podemos leer versículos de salmos, oraciones y citas bíblicas en un latín eclesiástico fácil de comprender incluso para los legos, pues para estos precisamente está escrito, y no solo para los sabios.

Pero este no es el elogio de una escritura fluida, que mezcla de forma natural inglés, francés, italiano y latín. Es ante todo la sorpresa por la ligereza con la que narra la vida de algunas parroquias católicas escocesas en una ciudad de mayoría presbiteriana, sin fantasías sino más bien con austeridad. También es la valoración del alegre humor con que la doctrina de la Iglesia se explica a los fieles, asomando en las conversaciones entre los sacerdotes y muy a menudo en los pensamientos del padre Smith. La frescura de los episodios y personajes podría deberse al hecho de que el autor es un converso a la Iglesia católica y la admira como un niño a su madre. El humor del padre Smith no es un expediente retórico, sino que más bien parece ligado a su mirada poética hacia las cosas, a un candor consciente de la realidad, muchas veces triste, de la vida.

Con toda la gloria dentro, como dice el título original de la novela y uno de los salmos: “Omnis gloria filiae regis ab intus”. Una expresión que indica a la Iglesia, cuya belleza viene de dentro, del corazón nuevo que la dona el Señor.

Tomemos un episodio entre tantos, a pocas páginas del comienzo de la historia. Llaman al padre Smith para que acuda a la cabecera de un viejo marino moribundo y entra corriendo en la pensión donde se aloja, un lugar bastante dudoso en términos de moralidad, “pero no vacilaba en ir allí con el Santísimo Sacramento, porque aun los mayores pecadores sabían siempre respetar a Nuestro Señor y, además, porque Dios mismo había estado en peores antros durante su vida terrena”. Al entrar en la habitación del moribundo vio claro inmediatamente que hacía años que había dejado de ser practicante, a pesar de que le contaba que todas las noches rezaba el Ave María. Pero sobre todo el viejo le confió que había conocido a muchas mujeres viajando por el mundo, y que volvería a hacerlo otra vez si tuviera la ocasión. El padre Smith le contestó que no convenía recordar todo eso al borde de la muerte; era mejor arrepentirse pronto de los propios pecados.

“Repuso que si bien estaba arrepentido de no haber frecuentado los sacramentos y de no haber amado más a Dios, no lo estaba de haber conocido a aquellas mujeres, porque todas eran muy bonitas y algunas habían sido muy amables con él. Desesperado, el padre Smith preguntó al marinero si estaba arrepentido de no estar arrepentido por haber conocido a aquellas mujeres, y el marinero contestó que sí lo estaba y que esperaba que Dios le comprendería. A lo que el padre Smith añadió que también él lo esperaba, y absolvió al marinero de sus pecados, vertiendo los méritos de la Pasión de Cristo sobre su negligencia para con Dios y sobre aquellos vestidos que en otro tiempo hicieron tan delicioso fru-fru”.

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