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4 DICIEMBRE 2016
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El genocidio armenio, una memoria acallada pero emergente

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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En el centenario del genocidio armenio no faltan las publicaciones. Pero el libro de Bozarslan, Duclert y Kévorkian destaca, aparte de por su abundante documentación, por su capacidad para leer los acontecimientos en perspectiva, hasta el punto de constituir –puede decirse sin exagerar– una lectura esencial no solo para los que quieran conocer los hechos de 1915 sino también para los que deseen comprender algo de las contradicciones en que se debate la Turquía contemporánea. Un elemento nada irrelevante en un momento en que la cuestión kurda ha vuelto a estallar con violencia inaudita y Ankara parece cada vez más implicada en el conflicto sirio.

Es notable la procedencia geográfica y cultural de los autores, un kurdo de Turquía, un francés y un armenio. A diferencia de muchos libros a varias manos, donde los capítulos se yuxtaponen sin dialogar realmente entre sí, aquí los autores entran en una conversación fecunda entre sus diversas especializaciones y disciplinas, a partir de una convicción compartida: que los acontecimientos de 1915, el primer genocidio del siglo XX, contienen una lección que trasciende las circunstancias históricas en que se produjo.

Empecemos por los hechos. Los presenta Raymond Kévorkian en la primera parte, “La destrucción de los armenios otomanos”. Durante la Primera Guerra Mundial, fueron exterminados dos tercios de la población armenia del imperio, entre 1,2 y 1,5 millones de personas. La masacre hunde sus raíces en los pogromos ordenados entre 1894 y 1896 por el sultán Abdülhamid (unos 200.000 muertos), tras los cuales la federación revolucionaria armenia se puso como objetivo el derrocamiento del sultán. Por una paradoja de la historia, fue precisamente el movimiento armenio lo que inspiró a los jóvenes turcos del Comité Unión y Progreso para preparar la revolución de 1908. Pero aunque los dos actores del drama se conocían especialmente bien, las relaciones se deterioraron muy rápidamente. La primera guerra balcánica acentuó en dicho Comité el síndrome del cerco, la teoría del complot y la insistencia en la necesidad de crear una nación étnicamente homogénea.

Tras la desastrosa ofensiva contra los rusos en el Cáucaso, ordenada por Enver Pasha personalmente contra la opinión de los altos grados del ejército y que terminó con una sonora derrota (diciembre-enero 1915), la cuestión armenia se hizo prioritaria en los planes del Comité. Se creó la “organización especial” y los soldados armenios en el frente fueron desarmados y reasignados a unidades especiales de trabajos civiles, empezando así a “desaparecer” gradualmente. La señal llegó el 24 de abril con el arresto de varios exponentes de la élite armenia de Constantinopla. Oficialmente, se preparó una deportación para alejar a los armenios, sospechosos de connivencia con las tropas zaristas, de las zonas de frontera. En realidad, se despojó inmediatamente a los civiles de todos sus bienes, la mayoría fueron asesinados por el camino, sobre todo con ahogamientos colectivos. Los que sobrevivían eran internados en campos de concentración en el desierto sirio, donde las enfermedades, el hambre y las torturas hacían el resto.

Después de la guerra, los liberales otomanos que controlaban lo que quedaba de imperio después de la fuga de los principales líderes unionistas a bordo de un transbordador alemán prepararon un proceso contra los responsables de las masacres, bajo la presión de las potencias aliadas. Pero ya en 1923 esas mismas potencias, exhaustas por la guerra en Europa y preocupadas por el avance soviético, negociaron con Kemal Atatürk el tratado de Lausana, archivando de hecho la “cuestión armenia” y garantizando la impunidad para las masacres.

Con la traición de los aliados empieza la tercera parte, “El genocidio de los armenios, una historia mundial”, a cargo de Vincent Duclert. De hecho, se informó a las opiniones públicas europeas casi inmediatamente de las masacres, gracias especialmente a la red de misioneros americanos que, siendo todavía neutrales en 1915 en el conflicto mundial, pudieron permanecer en Anatolia. No sale en el libro, pero los archivos vaticanos conservan la angustiosa exclamación del mismo León XIII, en el consistorio secreto del 6 de diciembre de 1915: “Miserrima Armenorum gens ad interitum prope ducitur” (el infelicísimo pueblo armenio es conducido casi a la aniquilación). Ante las alarmantes informaciones procedentes de Anatolia, ya el 24 de mayo de 1915, es decir solo un mes después del comienzo de las masacres, “los gobiernos aliados informan públicamente a la Sublime Puerta que considerarán personalmente responsables a todos los miembros del gobierno turco así como a los funcionarios que hayan participado en estas masacres”.

Algunos diplomáticos austro-húngaros y alemanes también se desplazaron para intentar disuadir a las autoridades joven-turcas de que prosiguieran con sus planes. Pero la respuesta del canciller Von Bethmann-Hollweg no dejaba espacio a las ambigüedades: “Nuestro único objetivo es mantener a Turquía a nuestro lado hasta el final de la guerra, tengan los armenios que perecer o no”. Después de la guerra, Otto Göppert, consejero privado en los archivos alemanes, pedirá por ello al gobierno que se deshaga urgentemente de los fondos de documentos relacionados al silencio alemán sobre la política de expoliación en perjuicio de los deportados armenios, entre otras cosas para evitar demandas de indemnización.

La razón política y la necesidad de llegar a acuerdos con la potencia kemalista naciente –como, aunque esta opinión no está en el libro, las excesivas peticiones de los armenios en el tratado de Sèvres– llevarán a la Entente a dar marcha atrás respecto a sus rimbombantes declaraciones de 1915. Unas décadas más tarde será Hitler, dispuesto a planificar la solución final, quien extraerá todas las consecuencias del caso, preguntando sarcásticamente a sus colaboradores: “¿Quién sigue hablando del exterminio de los armenios?”. No es en absoluto casual si, precisamente reflexionando sobre la historia armenia, el abogado Raphael Lemkin, hebreo polaco, llevará a 1944 el término genocidio. Por lo demás, ya en 1919 la comisión otomano-aliada, al atribuir los cargos de imputación contra la clase dirigente unionista y a falta de un derecho internacional suficientemente codificado, introdujo el concepto de “crimen contra las leyes de la humanidad”. Según Duclert, “el genocidio no es por tanto un concepto fundamentalmente jurídico, sino una elaboración histórica que llevó a una calificación jurídica”. Y esta elaboración va indisolublemente ligada a la historia armenia.

Abandonados por las potencias europeas, algunos de los supervivientes al genocidio abrazaron el camino de la venganza. En la primera posguerra, los miembros del triunvirato de los Jóvenes Turcos fueron eliminados así en varios atentados, entre los cuales el de Talat Pasha en Berlín en 1921 levantó ampollas especialmente porque el agresor fue capturado por la policía alemana, procesado y absuelto por enfermedad mental. Pero el único camino adecuado es el que se reveló en la batalla cultural por la conservación de la memoria y la calificación jurídica del genocidio. En la última década, varios universitarios e intelectuales turcos se unieron, con grave peligro, a esta obra de verdad histórica que sin embargo –y en esto me permito disentir con los autores– no parece que pueda ser impuesta por ley por una norma contra el negacionismo.

Entre los muchos detalles de esta triste historia de “seducción y traición” entre Occidente y Armenia, llama la atención la actitud de Jean Jaurès, famoso socialista francés. Si bien después de las masacres de 1894-1896 Jaurès asumió la guía en Francia de un vasto frente pro-armenio (al que se adhirieron personajes tan distintos entre sí como Charles Péguy, Georges Clemenceau o Anatole France), resultó mucho más cauta su reacción a las masacres de Adana en 1909, que parecen retrospectivamente la prueba general del genocidio. ¿La razón? Mientras en el primer caso el responsable de la violencia era el “sultán sanguinario”, encarnación del despotismo otomano, en 1909 “los liberales y socialistas europeos todavía querían creer en el adviento de la libertad en el imperio y en el fin del enfermo de Europa”. Por eso ignoraron las advertencias de sus agentes sobre el terreno. El paralelismo con la historia reciente no parece muy forzado. Después de las revoluciones de 2011, la voluntad de creer a toda costa en un, tan deseado y ciertamente necesario, cambio democrático en el mundo árabe, ¿no llevó a muchos observadores y políticos a infravalorar el renacer de ciertas formas de violencia comunitaria?

No es un secreto que la definición de genocidio siempre fue rechazada por los gobiernos turcos, de cualquier orientación. Los 300.000 muertos armenios que Turquía está dispuesta a reconocer oficialmente no serían más excepcionales que los tres millones de turcos desaparecidos en el primer conflicto mundial. Se niega especialmente la existencia de un plan preestablecido de exterminio, ignorando las pruebas recogidas por la administración otomana ya en 1919, y se atribuye la mayoría de las muertes a acciones de bandas irregulares o a las dificultades propias de los tiempos de guerra. La deportación se justifica finalmente sobre la base de la inminente “traición” armenia, amplificando el número de voluntarios en el ejército zarista y atribuyendo a toda la población rural, lejos de toda verosimilitud, la actitud de las vanguardias revolucionarias más politizadas. El origen de esta rigidez turca la explica sin medias tintas Hamit Bozarslan en la segunda parte del libro, sobre “Los fundamentos ideológicos, políticos y organizativos de la destrucción”. “El genocidio constituye el acto naciente de la Turquía republicana”. Señala ante todo un aspecto económico que no conviene infravalorar. “La industria turca está en gran parte construida sobre bienes confiscados (a los armenios) y nunca reclamados, habiendo muerto sus legítimos propietarios. Muchísimos edificios privados o públicos, empezando por el palacio presidencial de Ankara, erigido como símbolo de la nación turca, forman parte de estos bienes”.

Pero el elemento esencial es de naturaleza ideológica. “Los arquitectos de 1915 pudieron proseguir con su obra más allá de 1918, con pleno reconocimiento de la comunidad internacional, que percibía en la experiencia turca un modelo de modernidad y occidentalización. En ninguna parte del mundo los autores de genocidios fueron celebrados a nivel oficial después de su derrota o desaparición, en ninguna parte del mundo salvo en Turquía”. Fundamento ideológico del régimen de los Jóvenes Turcos fue, según Bozarslan, un darwinismo social que interpreta la historia como una competición entre razas rivales, donde el más fuerte aplasta inexorablemente al más débil. “La guerra pasó del control de los espacios al de las especies”. El Comité Unión y Progreso representa por tanto uno de los primeros ejemplos de regímenes ya no solo autoritarios sino propiamente totalitarios, en cuanto que no reconoce principio ético alguno más allá del devenir histórico y el interés del partido y de la raza. Resulta elocuente uno de sus eslóganes: “Yok kanun? Yap kanun” (¿No hay ley? Ley).

Respecto a esta ideología materialista e historicista, el papel del islam queda subordinado. De hecho, actúa como factor de movilización de las masas populares, aún impregnadas de referencias religiosas pero, como escribió el embajador americano Henry Morgenthau, “los hombres que concibieron el crimen tenían otro objetivo. Siendo casi todos ateos y no respetando el islam más de lo que respetaban el cristianismo, su única razón fue una cuestión de implacable política de estado”. Eso no quita que la referencia al islam “permita legitimar una acción homicida que en sí misma no deriva del ámbito de la creencia”, especialmente mediante la reactivación del concepto y de la praxis de la yihad. En este sentido, Bozarslan se apresta a reconocer una diferencia cualitativa fundamental entre el kemalismo y la ideología unionista. Mientras esta última busca de hecho la aniquilación del diferente, el padre de la Turquía moderna se guiaba sobre todo por la idea de una uniformidad étnica del espacio anatolio, renunciando a toda veleidad imperial más allá de eso. Pero las continuidades son innegables.

Aun condenando las masacres en 1920 con una intervención en el parlamento donde las definió como “acto vergonzoso”, Atatürk dibujó sus propios escenarios a los miembros locales del Comité Unión y Progreso. Ya en 1921, los kemalistas percibía en Talat Pasha a “un gigante de la historia y un genio cuya inmensidad pasará a la posteridad”, y Mustafa Kemal concedió a su viuda una pensión por los servicios prestados a la nación. Siguiendo con la praxis unionista, Atatürk pidió en 1920 a uno de sus generales que aportara toda la ayuda necesaria a los armenios del Cáucaso, pero justo después envió un segundo telegrama cifrado donde le mandaba “destruir Armenia política y físicamente”. La guerra de liberación nacional completó de hecho lo que el genocidio no había podido realizar: la eliminación casi total de la presencia armenia en Turquía.

La continuidad en este caso supera las diferencias partidistas. El propio Erdogan, según Bozarslan, habla de los unionistas como “nuestros antepasados”, aunque quizás demasiado ateos para su gusto. Pero la obsesión uniformadora del kemalismo no se quedaba en las minorías religiosas. En las décadas que siguieron a la proclamación de la República también pagaron las poblaciones turcas, que se encontraban entre los autores materiales del genocidio. En el fondo, la simple existencia del pluralismo se tolera mal en esta ideología ultranacionalista, que ve en todas partes enemigos y traidores, con el riesgo de, perdidas de vista las relaciones de fuerza reales sobre el terreno, dejarse arrastrar en peligrosos avatares. Las dificultades de la Turquía republicana y los límites de su cultura política no nacieron con el AKP ni su megalómano líder.

Al contrario, el genocidio armenio constituye para la Turquía contemporánea un auténtico agujero negro, una memoria constantemente acallada. Pero constantemente emergente. Como afirma Taner Akçam, historiador turco-alemán, uno de los mayores expertos del genocidio, “nuestra existencia significa la ausencia de otra entidad, los cristianos. Aceptar el año 1915 significa aceptar que los cristianos vivieron en estas tierras, lo que equivale a proclamar nuestra inexistencia”. En cambio, como dijo el Papa Francisco en la misa por los fieles de rito armenio, “es necesario recordarlos, es más, es obligado recordarlos, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene aún la herida abierta; esconder o negar el mal es como dejar que una herida siga sangrando sin curarla”.

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