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3 DICIEMBRE 2016
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A propósito de 'La tierra que pisamos', de Jesús Carrasco

Guadalupe Arbona Abascal | 0 comentarios valoración: 3  26 votos
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Llegó la nueva novela de Jesús Carrasco. Después de su magnífica opera prima, Intemperie, era esperada. Se publicaba el día 16 de febrero, con una fuerte cobertura de entrevistas en la prensa. La leo de un tirón; como también leo algunas de las entrevistas que el escritor ha concedido. Descubro el dolor de Carrasco por la historia reciente y sus matanzas: la guerra civil española, los totalitarismos europeos, la colonización. Estos terribles acontecimientos no tienen nombre en la obra. Los que sí los tienen son los personajes que los padecen y asumen. La tierra que pisamos es una novela sobre el dolor. El dolor terrible, el dolor humillante, el dolor ignorante, el dolor sangriento, el dolor ignominioso, el dolor vejatorio, el dolor denigrante. El dolor que se entierra en las entrañas del suelo que pisamos.

Eva Holman y Leva: de la extrañeza a la unidad

En una aldea española, se concentra el drama atroz de sus dos personajes protagonistas: Eva Holman y Leva. Eva pertenece al mundo de los poderosos del relato, se ha trasladado a la Extremadura española con su marido enfermo, Iosif, en premio por sus contribuciones con un Imperio imaginario que ha dominado el mundo a base de desjarretarlo a su capricho. Refugiada en una casa de campo a las afueras de una aldea extremeña, recibe la visita de un ‘indígena’ que, tras haber padecido vejaciones terribles, vuelve a su tierra. La historia que se cuenta es la de la relación de estos dos personajes que van entretejiendo sus historias y llegan a hacerse uno, desafiando las normas de un mundo que, para mantenerse, debe petrificarse en el odio entre amos y esclavos. Eva rompe esa dinámica y, lentamente, casi sin quererlo, va encontrando su voz y su sitio al lado de Leva. El humillado nativo es la víctima más hiriente de este Imperio, su historia, que Eva va descubriendo y desgranando en sus páginas, se hace a veces intolerable. Eva, en la convivencia con Leva (hay un juego con los nombres), ve cómo van cayendo los ‘valores’ formales e impuestos por el Imperio (un dios que percibe ausente, una patria que pide el sacrificio del hijo, una falsedad de lo que se llama bien). Al mismo tiempo, comienza el descubrimiento de sí misma a partir de la relación con Leva, la víctima. Empieza a cambiar (se derrumba su ideología), a descubrir gestos de piedad (muy diferentes a los del deber), a percibir la unidad con lo otro. Entre dos términos se mueve esta nueva Eva: por un lado, el deseo de unidad con Leva, “si no le denuncié nada más verle fue por la fascinación de su presencia. Si no lo hago ahora es porque hay algo que nos une y debo tratar de averiguar qué es antes de que los soldados entren y se lo lleven, como se llevaría a un basurero los desechos de una cocina” (p. 122). Por otro lado, el hallazgo de que lo que los reúne es la necesidad porque ella renace en la percepción de su debilidad que la prepotencia del Imperio ha aplastado: “¿Cómo podría haber sabido que sería mi debilidad la que me salvara?” (p. 195). Ahora bien, la relación no tiene la densidad humana que tenía ‘ese cosido de pespuntes apretados’ que se presentaba en la novela anterior de Carrasco. Tampoco ofrece el horizonte inmenso que se abría a través de la relación entre el Viejo y el Chico en Intemperie que, atravesando dolores y vejaciones inmensas, se abrían a un sentido más allá de esas circunstancias aplastantes. En esta segunda novela de Carrasco, la tierra no es intemperie y pesa demasiado.

¿Dónde apaciguar el dolor?

Carrasco ha querido proponer un punto de llegada al problema del dolor. No ha renunciado a que los dos personajes converjan en un afecto común. Y este es la tierra: la tierra que pisamos. En el consuelo de la tierra los dos coinciden: Leva toma puñados de tierra y absorbe su olor, pasa los días recostado sobre la tierra e incluso excava un agujero donde descansar dentro de la tierra; Eva, por su parte, busca en sus “tiestos aromas humosos, trazas de madera podrida, vetas minerales. Compases de una melodía oculta que me hablan de la humedad, de la consistencia o de la estructura de la tierra” (p. 34).

A ellos dos se suman otros y así, a medida que la historia de Leva se hace de Eva, se presentan otras historias, las de los desplazados, las de compañeros en el campo, las de los vecinos, víctimas de las matanzas en el pueblo… Casi todos ellos acaban volviendo a la tierra, como Leva. Todos después de una muerte cruel o una vida resiliente.

Y también Eva quiere, después de su descubrimiento de Leva, convertirse en hija de adopción de la tierra: “En las semanas que he convivido con el hombre del huerto me he visto obligada a medirme día tras día. Y mientras él parecía aligerarse, era yo la que iba cargando con su lastre. He podido ver cómo con cada gesto se desvestía, despojándose de cuanto le retenía para desvanecerse, mezclado con la tierra. Con su tierra (…) Cargo con la culpa de haberme dejado embaucar para erigir mi vida sobre una ciénaga. Y, sin embargo, aunque yo nunca podré hacer lo que él ha hecho, regresar al único origen verdadero, elijo este lugar como mi lugar y reclamo para mí el derecho al polvo y a las lombrices y a cuanto haya de pudrirme” (p. 244-45). Una tierra que parece adquirir una apariencia misteriosa en los sueños de Leva, una figura benefactora que le devuelve a la vida. Es parecida a su mujer, Teresa, sin serlo: “Alguien que no es Teresa, que no tiene su cara ni su cuerpo, que ni tan siquiera es una mujer, puede que ni un ser humano, camina sobre cenizas. No es posible distinguirla de fondo, pues sus ropajes son del color del grafito. Tampoco oír sus pasos, amortiguados por la alfombra gris. Pero hay un momento, un instante apenas perceptible, en el que su piel refleja el fulgor final de un ascua a punto de apagarse. Entonces cree reconocerá ese alguien que no es Teresa pero que participa de su mismo ser. El manto de grafito vuelve a disolverse en las cenizas pero ya no es igual porque, al despertar, aunque no pueda ser consciente de ello, hay algo en él capaz de volver a prender fuego” (p. 230). ¿Es la imagen de la tierra? No se desvela. Lo que sí se hace explícito al final de la obra, con la voz de Eva, que habla por los que no tienen voz, es que en la tierra todo se hace uno y se rompe la extrañeza, desaparece la enemistad y violencia que hemos atravesado a lo largo de la novela. La tierra es la respuesta que Carrasco da a la pregunta sobre el dolor infligido de unos sobre otros. Una tierra que devuelve la cercanía y hace todo uno: “Toda la vida huyéndonos. Toda la vida tapando la piel de las mujeres, hurtándoles a los niños las caricias. Y ahora, apagados los alientos, irónicamente mezclados. ¡Qué hermosa hubiera sido esta cercanía en otro tiempo! Hombres, mujeres, ancianos, niños, familiares, amigos, desconocidos, reunidos. Juntos los cuerpos en una aleación indestructible. Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No un solo cuerpo, sino un solo ser. Nosotros, los árboles, las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La tierra” (p. 268).

Un cabo suelto, la balsa de palos

Confieso que la lectura me ha dejado un poso de insatisfacción en la solución. Será cosa personal, pero la tierra como respuesta no me resulta suficiente a la inmensidad de víctimas injustas que se acumulan en el relato. Un sabor agrio que no es solo el que dejan las historias sangrantes. No. Tampoco es esa mezcla anónima de conflictos y horrores, aunque a veces estén algo estereotipados. Tampoco proviene de las voces de Eva y la historia de Leva que me parece un acierto en cuanto reflejo de esa piedad de la convivencia que cambia, se apiada de la víctima y llega a ser parte de sí. Lo que me deja algo perpleja es la solución dada a los dolores sufridos por inocentes fruto de la violencia desenfrenada y el odio asesino. ¿Es la tierra que pisamos respuesta suficiente a este absurdo de la violencia asesina y a su consecuencia más terrible: el sufrimiento de los inocentes? La idea de ser los unos de los otros es hermosa, pero cuando ya no se tiene vida, ¿de qué sirve esa convivencia pura? ¿Quién cura las heridas infringidas? ¿Qué hace que tales dolores no repugnen hasta la desolación? Y en tal caso, ¿por qué no responder con la más sórdida venganza? La posibilidad de una respuesta que se engendre en la tierra y a la vez vaya más allá está cerrada.

En la novela hay una mención a la resurrección, parecería una posible respuesta, se hace en el momento en el que Leva se pregunta por su hija Lola, muerta probablemente durante la masacre, y a la que pide que le espere. Leva piensa: “Y por primera vez en tu vida, a pesar de haber estado en muchos velatorios, sientes que aquello que el cura decía sobre la resurrección y el encuentro tiene que ser cierto” (p. 137). A pesar de todo, el narrador se apresura a decir que es una ilusión: “Y así, el hombre desesperado se tiende y se entrega a la creencia y trasmuta para sí lo ilusorio en cierto” (p. 137). En esta misma línea, la respuesta que podría ofrecer el cristianismo, y que en Intemperie era un horizonte de perdón, de restitución y de bien, en esta novela se ha trocado en una serie de referencias negativas y tópicas: el Dios bíblico es un dios cruel, el cura que aparece es una pieza del status quo del Imperio sangriento, la Pasión de Cristo se lee como el desentendimiento de Dios Padre del sufrimiento del hijo, la resurrección se pinta como una engañifa. Y, de un modo más general, en la práctica el dios de la novela ha muerto porque a él se refiere como el espejismo de la desesperación. La oración se convierte en un aullido desde lo alto de un acantilado que solo devuelve silencio. La definición que se da de la fe es demoledora porque si, por un lado, se reconoce su belleza (“la fe es un diamante engarzado en la carne”), por otro lado, se le atribuye una absoluta irrealidad que no puede llegar a ser conocida, ni siquiera imaginada (“y la carne se aja y enferma. La piel se descuelga y los tendones se vuelven quebradizos y entonces el diamante cae, o se eleva, y se desvanece en la negrura del espacio cuyo final no es conocido, ni tan siquiera imaginado”, p. 176).

Indeterminadamente y de manera muy difusa, queda un cabo suelto en la narración. Los horrores son tales que claman a gritos la restitución del bien. Carrasco no ha renunciado, aspirando a la unidad de la reconciliación en la tierra, a una reconciliación definitiva. Cosa que podría llamarse, así lo hace Habermas, una indestructible ‘nostalgia de la resurrección’. Aunque ciertamente la definitiva no es creíble si no se apoya en algo que ya es experimentable en la tierra. En eso coincidimos. ¿Es tal vez el símbolo de ese cabo suelto la balsa que Leva lleva en las manos? Es por un lado símbolo de la infancia y sus juegos y por otro única pertenencia que acompaña sus días finales. ¿Una balsa para pasar a la otra orilla?

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